Abogado por formación, diplomático, periodista, autor de folletín y escritor prolífico, el portugués José Maria Eca de Queiroz (25 de noviembre de 1845-16 de agosto de 1900) inmortalizó con sus personajes el mundo decimonónico portugués. Transcribo las primeras líneas de su cuento José Matías, en el que da cuenta de un amor eterno e imposible.
¡Hermosa tarde, amigo mío!… Estoy esperando el entierro de José Matías… de José Matías de Albuquerque, el sobrino del vizconde de Garmilde… Usted, amigo mío, seguramente lo conoció: un muchacho garboso, rubio como una espiga, con un bigote rizado de caballero andante sobre una boca indecisa de contemplativo, diestro jinete de elegancia sobria y fina. ¡Y espíritu curioso, muy aficionado a las ideas generales!, tan agudo que comprendió mi Defensa de la filosofía hegeliana. Claro que esta imagen de José Matías se remonta a 1865, porque la última vez que lo encontré, metido en un portal de la ruta de San Bento, tiritaba enfundado en una levita de color de miel, con los codos gastados y apestaba a aguardiente.
Pero ahora que caigo, amigo mío, usted cenó con él en el Pazo del Conde una vez que José Matías se detuvo en Coimbra, al volver de Oporto. Hasta Craveiro, que preparaba Las ironías y dolores de Satán, para atizar más la pugna entre la Escuela Purista y la Escuela Satánica, recitó aquel soneto suyo de tan fúnebre idealismo: “En la jaula de mi pecho el corazón…” Y aún recuerdo a José Matías con una gran corbata de satén negro ahuecada entre el chaleco de hilo blanco, sin apartar los ojos de las velas de los candelabros, sonriendo pálidamente a aquel corazón que rugía en su jaula… Era una noche abrileña de luna llena. Paseamos después en grupo, con guitarras, por el puente y por la Alameda. Januario cantó fogosamente las endechas románticas de nuestra época: “Ayer tarde, al ponerse el sol/ contemplaba silenciosa/ la corriente caudalosa/ que borbotaba a tus pies…”
¡Y recuerdo a José Matías, apoyado en el parapeto del puente, con el alma y los ojos perdidos en la luna! ¿Por qué no acompaña, amigo mío, a este joven interesante al cementerio de los placeres? Yo tengo un simón de alquiler, y con número, como corresponde a un profesor de filosofía… ¡Cómo! ¡Por causa de los pantalones claros! ¡Oh, querido amigo! De todas las materializaciones de la simpatía ninguna más groseramente material que el casimir negro. ¡Y el hombre que vamos a enterrar era un gran espiritualista!
Ahí viene el féretro que sale de la iglesia… apenas tres carruajes para acompañarlo. Pero en realidad, querido amigo, José Matías murió hace seis años en la plenitud de su esplendor. Eso que llevamos ahí, medio descompuesto, dentro de esas tablas guarnecidas de galones amarillos, son los restos de un borrachín sin historia y sin nombre, al que el frío del invierno dio muerte en el vano de un portal.
¿Que quién es el individuo de espejuelos de oro que va en aquella berlina?… No lo conozco, amigo mío. Tal vez uno de esos parientes ricos que aparecen en los entierros con el parentesco correctamente vestido de luto, cuando el difunto ya no importuna ni compromete.
Novedades en la mesa
Suspenso y terror en El sepulturero y el crimen de la cripta (Planeta), de Oliver Pötzsch.
