Transcribo la última carta de Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo, 27 de enero de 1756-Viena, 5 de diciembre de 1791) a su padre (m. el 28 de mayo de 1787).

A Leopold Mozart. Viena, 4 de abril de 1787. Mi queridisimo padre:

Siento mucho que, por la tontería de la Storace [Nancy], mi carta no haya llegado a manos de usted […]

Esta cuaresma han estado aquí Ramm y los dos Fischer –el contrabajo y el oboe de Londres–. Si este último, cuando le conocimos en Holanda, no hubiese tocado mejor que ahora, seguramente que no merecería la reputación que tiene (esto dicho sea entre nosotros). Yo no estaba entonces en edad de jurgar y lo único que recuerdo es que me gustaba extraordinariamente como al mundo entero. Es posible que se encuentre natural teniendo en cuenta que el gusto ha cambiado mucho y que toca con arreglo a una vieja escuela. ¡Pero no es eso! Para decirlo en pocas palabras: toca como un pobre discípulo. El joven André que ha estudiado con Fiala, toca mil veces mejor. ¡Qué conciertos, además! Los de su propia cosecha. Cada ritornello dura un cuarto de hora; y allí es precisamente donde asoma el héroe. Uno tras otro, levanta sus pies de plomo y… ¡pum!, los deja caer de golpe. Su sonoridad es absolutamente gangosa, y sus notas tenidas un verdadero trémolo de órgano. ¿Se habría usted imaginado esto? No obstante, es la pura verdad; pero una verdad que sólo le digo a usted.

En este mismo instante me comunican una noticia que me deja abrumado, tanto más cuanto que la última carta de usted me permitía suponer que, gracias a Dios, se encontraba usted muy bien. Me dicen, sin embargo, que está usted seriamente enfermo. No necesito decirle con qué ansia espero de usted mismo una noticia tranquilizadora. No dudo que así será, aunque me he acostumbrado ya a aguardar siempre lo peor en todo. Como la muerte (mirando las cosas de cerca) es el verdadero fin de nuestra vida, desde hace años me he familiarizado de tal modo con esta fiel y perfecta amiga del hombre, que su imagen no sólo no tiene ya para mí nada de espantable, sino que me resulta muy calmante, muy consoladora. Y doy gracias a Dios de haberme concedido la dicha de aprovechar la ocasión (usted me comprende) de aprender a conocerla como la “clave” de nuestra felicidad. Ninguna noche me voy a la cama sin pensar que acaso al día siguiente (por joven que sea todavía) habré dejado de existir. Y, sin embargo, nadie que me conozca podrá decir que soy melancólico o triste en mi trato… Todos los días agradezco a mi Creador esta ventura y la deseo cordialmente a todos mis semejantes.

En la carta que la Storace guardó tan cuidadosamente le exponía yo mi modo de ver este punto (con motivo de la triste desaparición de mi muy querido y excelente amigo el conde de Hatzfeld). Tenía justamente 31 años, como yo. Por otra parte, no le compadezco a él, sino a mi y a cuantos le conocían tan intimamente como yo. Espero y deseo que, mientras escribo esto, se encuentre usted mejor. Si, no obstante, contra todas las previsiones, no fuera así, le suplico, por… que no me lo oculte, escribiéndome, o haciendo que me escriban, la verdad exacta a fin de poder, tan pronto como humanamente me sea posible, correr a abrazarle. Se lo pido por lo más sagrado. Pero espero recibir muy pronto una carta suya tranquilizadora y, con esta grata esperanza, le beso mil veces las manos, con mi mujer y Carl, y soy siempre su obedientísimo hijo. WAM.

 

Novedades en la mesa

La novela Luz de naranjos de César Gándara (Nitro-Press, 2024), ganadora del Concurso del Libro Sonorense 2023.