Naturalista, aficionado al cómic, el ajedrez y la esgrima, el estadounidense August Derleth (24 de febrero de 1909-4 de julio de 1971) dejó una extensa obra poética y narrativa, tanto de biografías como de novela histórica y policiaca. Fue amigo cercano de H. P. Lovecraft y fundó una editorial para publicar la obra de su maestro. Transcribo las primeras líneas de su cuento “Las aventuras de las perreras de Cloverdale”.
El curioso embrollo de las perreras de Cloverdale atrajo la atención de mi amigo Pons a última hora de una noche del mismo verano en que resolvió el desinflamiento de las grandiosas pretensiones de Arthur Shaplow; el divertido caso de Ivor Allanmain, el estudiante mal dispuesto; el enigma de los arqueros de Sussex, y el singular caso del holandés perdido. En efecto, acababa de terminar la redacción de las notas de dos de esos casos y me preparaba para retirarme a mi domicilio, contento de dejar a Pons inclinado sobre sus retortas como hambrienta ave de presa, ensimismado en un problema químico, cuando sonó el timbre de la puerta de la entrada.
Pons miró al reloj que estaba encima de la repisa de la chimenea.
–Mistress Johns se habrá retirado ya a su habitación –dijo–. ¿Quiere usted hacer el favor de ir a ver quién es, Parker?
El que llamaba a hora tan intempestiva resultó ser el repartidor de telégrafos con un telegrama para Pons.
Le rogué que esperara la contestación.
Pons abrió apresuradamente el telegrama. Sus agudos ojos estudiaron el mensaje antes de alargármelo.
“¿Puede usted venir inmediatamente a Haslemere? Agradecería su ayuda misteriosa muerte Edward Harton”.- Hatherman.
–Hatherman –repetí–. ¿Le conozco?
–Seguramente recordará usted aquella extraordinaria ocasión en que el inspector Jamison me pidió que hablase sobre la ciencia del raciocinio a un grupo de oficiales de la policía, llegados a Londres procedentes del sur del país. El sargento de detectives Hatherman formaba parte del contingente de Surrey, y se acercó a mí, después de la reunión, para hablarme. No debe de tener más de treinta años ahora; pero, aún entonces, me produjo la impresión de ser un joven de brillante y prometedor porvenir.
No había necesidad de preguntar si Pons iría a Haslemere, porque ya había cogido la guía de ferrocarriles y empezaba a pasar las páginas.
–La muerte de Harton ha debido ocurrir hace muy pocas horas –dijo meditativo. Acabamos de perder, por un cuarto de hora, el último tren de Waterloo. El próximo sale a las cinco y veinticinco de la mañana. Si su tarea puede esperar, lo tomaremos.
Su mirada me escudriñó
–¿Qué me contesta usted, Parker?
–Demasiado conoce usted mi contestación, Pons –respondí.
Pons redactó rápidamente un mensaje para el sargento de detectives de Hatherman, que entregué al repartidor que estaba esperando.
Pocos minutos después de la siete de la mañana el tren entraba en las estación de Haslemere, ciudad al sur del condado de Surrey, situada a menos de 80 kilómetros de Londres.
El sargento Hatherman nos esperaba en medio de la fría y nebulosa mañana.
Era un muchacho delgado, tan alto como Pons, con pelo muy corto y ojos azules. Cuando nos presentaron, me estrechó la mano con verdadero vigor.
–Tengo un coche esperando, míster Pons –dijo–. Éste es un pueblo importante, y tenemos que ir más allá de Haslemere. ¿Han desayunado?
Novedades en la mesa
Deliciosa novela, La trompetilla acústica de Leonora Cárrington (FCE, 2017).
