El ingeniero y escritor japonés Keigo Higgashino (14 de febrero de 1958), uno de los favoritos del género de suspenso, ha vendido ya cinco millones de ejemplares de sus novelas (también adaptadas al cine y la televisión), protagonizadas por Galileo. Transcribo las primeras líneas de la primera aventura de este detective, La devoción del sospechoso X (Debolsillo, 2013), traducida por Antonio Fra Barberán Pelegrín.
Ishigami salió de su apartamento a las siete treinta y cinco de la mañana, como todos los días. Aunque ya era marzo, el viento continuaba siendo frío. Comenzó a andar intentando mantener la barbilla protegida bajo la bufanda. Y antes de encaminarse hacia la vía principal, dirigió la mirada a la zona de estacionamiento de las bicicletas. Había varias aparcadas, pero no la verde que a él le interesaba.
Tras caminar unos veinte metros en dirección sur, llegó a una amplia avenida, la de Shin-Ohashi. Yendo hacia la izquierda, o sea, hacia el este, se encontraba el distrito de Edogawa, mientras que por el oeste se salía a Nihonbashi. Antes de llegar a Nihonbashi estaba el río Sumida, que la avenida de Shin-Ohashi cruzaba a través del puente del mismo nombre.
La forma más rápida que Ishigami tenía para ir de su apartamento al trabajo consistía, simplemente, en caminar así, todo recto, en dirección sur. Tras avanzar unos cientos de metros, se alcanzaba el parque de Kiyosumi Teien, y su lugar de trabajo era el instituto privado que estaba justo antes de llegar a dicho parque. En definitiva, era profesor. Enseñaba matemáticas.
Al ver que el semáforo que tenía enfrente se ponía en rojo, dobló a la derecha y se encaminó hacia el puente de Shin-Ohashi. El viento que soplaba en dirección contraria levantó su abrigo. Ishigami hundió las manos en los bolsillos, encorvó ligeramente el cuerpo y aceleró el paso.
Unas densas nubes cubrían el cielo. El río Sumida las reflejaba, enturbiando el color de sus aguas. Una pequeña embarcación remontaba el curso del río, aguas arriba. Ishigami cruzó el puente de Shin-Ohashi contemplándola.
Al llegar al extremo opuesto del puente, descendió por la escalera, pasó por debajo y anduvo por la rivera del río. En ambas orillas habían construido unos paseos arbolados. Sin embargo, las parejas y las familias preferían pasear por la zona del puente de Kiyosu, y no por esta de Shin-Ohashi, a la que ni siquiera los días de fiesta solía acercarse mucha gente. La razón se comprendía de inmediato si uno iba por allí: una larga hilera de chabolas, cubiertas por plásticos y lonas azules, se extendía a lo largo de la ribera. Como justo por encima de ese lugar pasaba la autopista, debía de ser un sitio ideal para guarecerse del frío y del viento. La prueba de ello era que al otro lado del río no había nada parecido. Por supuesto, también debía de contribuir el hecho de que a sus moradores debía de resultarles más cómodo, a su manera, eso de vivir agrupados.
Ishigami pasó tranquilamente por delante de las chabolas azules. Su altura era, a lo sumo, la de una persona, pero también las había que apenas le llegaban a la cintura. Más que chabolas parecían cajas. De todos modos, si sólo se trataba de dormir dentro de ellas, quizá resultaran suficientes. Al lado de las chabolas había instalados, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, varios tendederos de ropa que delimitaban el espacio vital.
Apoyado en el pasamanos de uno de los extremos del muro de contención, un hombre se cepillaba los dientes. Ishigami ya lo había visto en otras ocasiones […]
Novedades en la mesa
Del chileno Rafael Gumucio, Los parientes pobres (Random House, 2024).
