A manera de despedida, la familia, amigos, colegas, alumnos y lectores de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 28 de febrero de 1946-15 de marzo de 2025) acompañaron al escritor a su último viaje con la lectura simultánea, en todas latitudes, de la primera página de la novela que da cuenta de la guerra de castas en la Península de Yucatán, Península Península (Alfaguara, 2008), con la que obtuvo, entre otros premios, el Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Real Academia Española. Transcribo las primeras líneas.

El Baile Verde.- Corre el agua bajo la piedra blanca, la piedra ocre, piedra caliza, calcárea y porosa, fuego denso y fraguado que emergió como tierra fierme. Corre el agua bajo la tierra caracol, esponja y anémona, bajo la piedra flor, la piedra serpiente, la piedra escrita. Corre en un río de silencios: subterráneo, sagrado, milenario. Corre bajo oscuras cúpulas a través de túneles del tiempo en lo que aún se alcanza a oír el eco de un son lejano. Corre el agua como la historia, libre y prisionera, en meandros, laberíntica. Corre bajo una planicie sin fin que, sin lagos ni montañas, extiende la profusión de su paisaje hasta diluirse en los cponfines del límpido azur, caliente por el sol que, dueño del horizonte, nos acoge y da cobijo. Corre el agua bajo esta sabana misteriosa, atrapada por el mar, pero bajo esa losa pétrea, ahora cubierta de maleza, corre también un río de palabras, de voces y de historias. De haber nacido en otros tiempos tal vez éste sería el momento de la invocación. Diría “Canta musa celeste, canta, inspira mi atribulado corazón”. O tal vez acudiría a Calíope, a Clío o a Erato o, mejor, al propio Apolo (“A ti digo: ¡Oh Sol!”) para que me guiaran por el laberinto en que me encuentro y salir con decoro de la improbable tarea que me he impuesto. Lector suave y carísimo, discreto y prudente, sé tolerante con estas pobres musas que han osado sentarse en mi regazo. Pero lástima, ya nadie se acuerda de las musas y algún desconfiado lector estará mostrando escepticismo por el tono con el que he decidido empezar esta novela. La palabra es el lugar que todos habitamos. ¿Sus fronteras? Labra la palabra y aparecerá un mundo.

Nuestra historia se remonta a 1847, cuando la Península de Yucatán contaba entre quinientos y seiscientos mil habitantes de los cuales blancos y mestizos representaban el 25 por ciento. La mayoría se dedicaba a la agricultura y ganadería en sus haciendas; a la milicia, al sacerdocio o a la administración pública y al trabajo artesanal, mientras el resto lo integraban los mayas que trabajaban como peones de los blancos, como milperos que dedicaban un día de labores al amo en cuyas tierras sembraban o que vivían independientes en regiones selváticas. Las ciudades importantes eran Mérida, la blanca capital; Campeche, el puerto; Valladolid, la cabecera de oriente, Izamal y Tekax. Mérida mantenía estrecha relación con Cuba, con la que ancestralmente existían vínculos comerciales y sociales, y contaba con cerca de cincuenta mil habitantes. Campeche, más en contacto con el resto de la república gracias a su comercio de sal con Veracruz, Tampico y Matamoros, tenía cuarenta mil personas, mientras que Valladolid, la Sultana de Oriente, representaba la frontera con la población indígena independiente y contaba con poco menos de cincuenta mil habitantes.

El novelista se concentra en lo vivido años atrás y surge la priumera escena, ocho calles conducen a la Plaza Mayor, dos desde cada punto cardinal, la ciudad se extiende sobre una vasta porción de terreno calizo […]