Jung Chang (China, 23 de marzo de 1952) ha vendido más de 10 millones de ejemplares de su novela Cisnes salvajes, traducida por Gian Castelli Gair (Circe, 1994), donde cuenta la historia de China a lo largo del siglo XX a través de tres generaciones de mujeres: su abuela, su madre y ella misma. Transcribo las priumeras líneas.

Concubina de un general de los señores de la guerra (1909-1933). A los quince años de edad mi abuela se convirtió en concubina de un general de los señores de la guerra quien, por entonces, era jefe de policía del indefinido Gobierno nacional existente en China. Corría el año 1924, y el caos imperaba en el país. Gran parte de su territorio, incluido el de Manchuria, donde vivía mi abuela, se hallaba bajo la autoridad de los señores de la guerra. La relación fue organizada por su padre, funcionario de policía de la ciudad provincial de Yixian, situada en el sudoeste de Manchuria, a unos 160 kilómetros al norte de la Gran Muralla y a 400 kilómetros al noreste de Pekín.

Al igual que la mayor parte de las poblaciones chinas, Yixian estaba construida como una fortaleza. Se hallaba rodeada por una muralla de nueve metros de altura y más de tres metros y medio de espesor que, edificada durante la dinastía Tang (618-907 d. C.), rematada por almenas y provista de 16 fortificaciones construidas a intervalos regulares, era lo bastante ancha como para desplazarse a caballo sin dificultad a lo largo de su parte superior. En cada uno de los puntos cardinales se abría una de las cuatro puertas de entrada a la ciudad, todas ellas dotadas de verjas exteriores de protección. Las fortificaciones, por su parte, se hallaban circundadas por un profundo foso.

El rasgo más llamativo de la ciudad era un alto campanario, lujosamente decorado y construido con una oscura arenisca. Había sido edificado originalmente en el siglo VI, coincidiendo con la introducción del budismo en la zona. Todas las noches, se hacía sonar la campana para indicar la hora, y a la vez era empleada como señal de alarma en caso de incendios o inundaciones. Yixian era una próspera ciudad de mercado. Las llanuras que la rodeaban producían algodón, maíz, sorgo, soja, sésamo, peras, manzanas y uvas. En las praderas y las colinas situadas al oeste, los granjeros apacentaban ovejas y ganado vacuno.

Mi bisabuelo, Yang Ru-Shan, había nacido en 1894, cuando China entera se hallaba bajo el dominio de un emperador que residía en Pekín. La familia imperial estaba integrada por los manchúes que habían conquistado China en 1644 procedentes de Manchuria, territorio en el que mantenían su base. Los Yang eran han –chinos étnicos– y se habían aventurado al norte de la Gran Muralla en busca de nuevas oportunidades.

Mi bisabuelo era hijo único, lo que lo convertía en un personaje de suprema importancia para su familia. Tan sólo los hijos podían perpetuar el nombre de las familias: sin ellos, la estirpe familiar se extinguiría, lo que para los chinos representaba la mayor trición a que uno podía someter a sus antepasados. Fue enviado a un buen colegio, con el objetivo de que superara con éxito los exámenes necesarios para convertirse en mandarín o funcionario público, entonces la máxima aspiración de la mayoría de los varones chinos. La categoría de funcionario traía consigo poder, y el poder representaba dinero. Sin poder o dinero ningún chino podía sentirse a salvo de la rapacidad de la burocracia o de imprevisibles actos de violencia […]