Después de alcanzar la fama con sus novelas policiacas protagonizadas por Camille Verhoeven, Pierre Lemaitre (París, 19 de abril de 1951), literariamente seguidor de Balzac y de Zolá, logró el preciado Premio Goncurt con Nos vemos allá arriba, primera entrega de un gran mozaico del siglo XX, en la línea del folletín decimonónico, organizado en tres series y diez novelas (hasta ahora lleva seis). La primera serie, “Los hijos del desastre”, inicia al final de la primera guerra mundial, con Nos vemos allá arriba (2014); le siguen Los colores del incendio (2020), entre guerras, y El espejo de nuestras penas, al final de la segunda guerra mundial. La segunda serie: “Los años gloriosos” tiene ya tres novelas El ancho mundo (2022), El silencio y la cólera (2023) y la más reciente, Un futuro prometedor, traducida por José Antonio Soriano Marco (Salamandra, 2025) de la que transcribo las primeras líneas.
Colette observaba la granja con detenimiento, como si la acechara un peligro que no identificaba. Lo tenía delante, lo sabía, pero miró inquieta hacia un lado y aguzó el oído. En el campo, sólo se oía el zumbido de las moscas y el murmullo intermitente de las hojas de los castaños. Lo más ruidoso era su corazón; a punto de estallar, le latía en la sienes. De pronto, se estremeció. El perro debía de haberla olido porque había empezado a ladrar con furia. Esa mala bestia, del tamaño de un ternero, se escapaba constantemente y atacaba sin motivo, y ya había mordido a más de uno. Desde la visita de los gendarmes, Macagne lo ataba durante el día. Era el único que se le podía acercar.
Y Joseph.
El gato de Colette y aquel perro se odiaban. Joseph cruzaba el campo, desafiándolo, y se instalaba en la primera rama de tilo, casi hasta donde daba la cadena. El perro se volvía loco. Luego Joseph procedía a asearse sonriendo y sin dejar de mirarlo fijamente. Colette había visto esa escena muchas veces.
Pero ahora quien debía de preocuparse por la longitud de la cadena era ella.
La granja era un edificio alargado con el granero arriba y un patio grande y polvoriento delante que, en cuanto terminaba la estación seca, se embarraba con el primer chaparrón. A la izquierda tenía un garage para la maquinaria (básicamente, un tractor, un Renault D22, modelo R-752, de un rojo todavía flamante porque sólo llevaba allí un mes); y a la derecha, un conjunto heterogéneo de talleres y cobertizos donde Macagne guardaba sus herramientas.
Y sus productos.
Con cautela, Colette retiró la paja que ocultaba el agujero que había abierto en la alambrada que daba a la parte de atrás de la casa, convencida de que por allí podía entrar en la propiedad sin ser vista.
La primera vez, había intentado levantar la valla para pasar por debajo, pero, aunque era alta para sus diez años, no tenía bastante fuerza. Al día siguiente, con la cizalla de su abuelo, tampoco le había resultado fácil, pero al final había logrado cortar un trozo suficientemente grande de malla metálica para pasar sin desgarrarse la ropa.
Colette se quedó quieta.
El perro se calló.
Le entraron ganas de salir corriendo, pero esperó. El corazón le palpitaba con fuerza y le costaba respirar. Se le nubló la vista; todo daba vueltas a su alrededor. Tuvo que apoyarse en la verja. El frío y la solidez de la verja la calmaron.
El paisaje se estabilizó.
Volvieron los ladridos.
Colette se decidió.
Respiró hondo una vez más, se tumbó boca arriba en el suelo, pasó los pies por la abertura, se arrastró sobre la espalda y se levantó al otro lado.
