Anthony Berkeley (UK, 5 de julio de 1893-9 de marzo de 1971) perteneció al grupo de escritores del Club de los Detectives, donde militaban, entre otros, Agatha Christie y G. K.Chesterton. Su relato más famoso y antologado es “El envenenador de sir William”, del que transcribo las primeras líneas.

Roger Sheringham pensaba, después, que el crimen de los bombones envenenados, como lo llamaron los diarios, era, de todos los asesinatos que conocía, el planeado con más perfección. El 15 de noviembre, a las diez y media de la mañana, según su invariable costumbre, sin William Anstruther entró en su club, el muy exclusivo Club Arco Iris, y pidió su correspondencia. El portero le entregó tres cartas y un paquete chico. Sir William se acercó a la chimenea encendida en el gran salón para abrirlos.

Pocos minutos después, otro miembro llegó al club, un señor Graham Beresford, que también recogió una carta y un par de circulares, y se acercó a la chimenea, saludando con la cabeza a sir William, pero sin hablarle. Los dos hombres se conocían apenas, y quizá nunca llegaron a cambiar, en total, una docena de palabras.

Despúes de dar una ojeada a sus cartas, sir William abrió el paquete, y lanzó un fuerte gruñido de disgusto. Beresford lo miró, y con otro gruñido sir William le tendió bruscamente una carta que había sido incluida en el paquete.

Disimulando una sonrisa (pues los modos de sir William eran tema de bromas para sus consocios), Beresford leyó la carta. Provenía de una gan firma de fabricantes de chocolates, Mason e Hijos, y explicaba que querían lanzar al mercado una nueva marca de bombones de licor, destinados especialmente al gusto masculino. ¿Querría sir William hacerles el honor de aceptar esa caja de un kilo y comunicar a la firma su sincera opinión sobre esos bombones?

–¿Me toman por una corista? –dijo, humeando de rabia, sir William– ¡Testimonios sobre sus chocolates! ¡Esto es intolerable!

–Bueno, a mí tampoco me alegra –lo consoló Beresford–. Me recuerda algo. Mi mujer y yo estuvimos en un palco en el Imperial, anoche. Hacia el final del segundo acto le aposté una caja de bombones, contra cien cigarrillos, que no acertaría con el culpable. Y ganó. Tengo que acordarme de comprarlos. ¿La vio usted: La calavera crujiente? No es mala pieza.

Sir William no la había visto, y lo declaró con fuerza.

–¿Necesita una caja de bombones? –añadió más suave–. Bueno, tome esta caja. Yo no la quiero.

Cortés, Beresford vaciló por un momento; luego, desgraciadamente para él, aceptó. El dinero que ahorraba así no significaba nada, pues era un hombre rico, pero valía la pena ahorrarse una molestia.

Por una verdadera casualidad, ni la envoltura de la caja ni el rótulo se quemaron; los dos hombres habían arrojado a las llamas los sobres de sus cartas. Sir William había hecho un lío con el hilo, la envoltura y la carta, y lo había entregado, distraídamente, a Beresford, que dejó caer todo dentro del guardafuego. El portero recogió más tarde este lío y, como era un hombre ordenado, lo metió en el canasto de papeles; ahí lo encontró la policía.

De los tres inconscientes protagonistas de la tragedia, sir William era, sin duda, el más notable. A los cincuenta años, con su llameante cara roja, y su figura altiva, era un típico señor rural de la vieja escuela, y tanto sus modales como su lenguaje concordaban con la tradición. Respecto a las mujeres su actitud concordaba también con la tradición de los buenos y audaces aristócratas.