El irlandés George Bernard Shaw (26 de julio de 1856-2 de noviembre de 1950), autor de más de 60 obras teatrales, la más famosa de ellas, Pigmalión (1912), había desautorizado (carta del 28 de enero de 1930) a Frank Harris como su biógrafo “Me opongo resueltamente a que escriba mi vida”; sin embargo, cinco meses después (carta del 18 de junio) habla con soltura de su vida amorosa. Transcribo las primeras líneas (trad. de Ricardo Baeza).

Querido Frank Harris: Ante todo, ¡oh biógrafo!, métase bien en la cabeza que no aprenderá nada de su modelo (o biografiado) con una mera lista de sus aventuras galantes. Si bien no tiene usted ningún registro semejante en el caso de Shakespeare, tiene uno bastante completo, y que abarca varios años, en el caso de Pepys; y, sin embargo, sabe usted mucho más acerca de Shakespeare que acerca de Pepys. La explicación es que, en los galanteos, la relación de las partes no es una relación personal. Ésta puede ser irresistiblemente deseada y arrebatadamente consumada por personas que no podrían soportarse un solo día en otro género de relaciones. Si yo debiera contarle a usted todas las aventuras de esa clase que he tenido, no por eso sabría más sobre mi historia personal, ni siquiera sobre mi historia sexual. Lo único que conocería usted es lo que ya sabe: que soy un ser humano.

Si abriga usted alguna duda respecto a la normalidad de mi virilidad, quítesela usted de la cabeza. Yo no era impotente, ni estéril, ni homosexual. Era, en cambio, sumamente impresionable, aunque no me impresionaran todas las mujeres.

Me hallaba también exento totalmente de la neurosis (al menos tal me parece a mí) del Pecado Original. Nunca involucré el comercio sexual con la delincuencia. Lo asociaba siempre al placer, y no padecía escrúpulo, ni remordimientos, ni recelos de conciencia. Claro está que tenía eficaces escrúpulos inhibitorios de comprometer a las mujeres (o más bien, de dejarlas que se comprometieran conmigo) y de engañar a mis amigos. Entiendo que la castidad puede ser una pasión lo mismo que el intelecto es una pasión; pero la de san Pablo ha parecido siempre un caso patologico. La experiencia sexual me parecía un fin necesario en la formación del hombre. No sentía propensión alguna hacia las virgenes: prefería las mujeres bien enteradas de lo que estaban haciendo.

Como ya le he contado a usted, mis aventuras comenzaron a los 29 años. Sería, sin embargo, un tremendo error el fijar en esa fecha el comienzo de mi vida sexual […] Entre Oscar Wilde, que daba los 16 años como la edad en que se revela el sexo, y Rousseau, que declaraba que su sangre bullia de sensualidad en el momento de nacer (aunque se echó a llorar cuando madame de Warens lo inició), mi experiencia confirma a Rousseau y se asombra ante Wilde. Así como no acierto a recordar ninguna edad en que no haya sabido leer y escribir, tampoco acierto a recordar ninguna época en la que no haya ejercitado mi excesiva imaginación contándome historias de mujeres […]

Desde entonces hasta el día de mi matrimonio, dispuse siempre de alguna amiga amable. Ensayé todos los experimentos y aprendí todo cuanto podían enseñarme. Todas ellas me acompañaban por amor, pues a mí no me sobraba el dinero […] No me hacía falta perseguir a las mujeres, eran ellas las que me perseguían a mí […] No todas mis perseguidoras deseaban relaciones sexuales. Muchas buscaban compañía y amistad.