Transcribo las primeras líneas del discurso del Premio Nobel de Medicina, Sir Alexander Fleming (6 de agosto de 1881-11 de marzo de 1955), en Estocolmo, el 10 de diciembre de 1945.

[…] Todos sabemos que la casualidad, la fortuna o el destino –llámenlo como quieran– ha desempeñado un papel considerable en muchos de los grandes descubrimientos científicos […] en muchos casos fue una observación casual […]

Desde la introducción del Salvarsan hace 35 años, me he interesado por la quimioterapia y los antisépticos. Pero en realidad era inmunólogo y trabajaba en un laboratorio dedicado casi exclusivamente a la inmunología. En 1922, gracias a una combinación de circunstancias fortuitas, descubrí la lisozima, una de las sustancias antibióticas más interesantes. El extraordinario poder bacteriolítico de la lisozima, un fermento presente en nuestras células y secreciones normales, especialmente en secreciones supuestamente inertes como las lágrimas, me demostró lo potente que podía ser una sustancia antibiótica. Desafortunadamente, la lisozima actuaba con mayor intensidad sobre los microbios nocivos (desde el punto de vista médico), aquellos que no infectaban al ser humano, pero tenía sus usos, ya que allanó el camino para la penicilina, tanto para mí como para mis compañeros en este Premio Nobel, Sir Howard Florey y el doctor Chain.

Luego, en 1928, la contaminación accidental de una placa de cultivo por un moho me llevó por otro camino. Trabajaba en un tema que no tenía relación con mohos ni antisépticos, y si hubiera formado parte de un equipo dedicado a este tema, probablemente habría tenido que ignorar el incidente y trabajar para el equipo, con el resultado de que la penicilina no se habría descrito entonces y yo no estaría aquí hoy como Premio Nobel. Pero, afortunadamente para mí –y quizás para el mundo–, estaba en una situación que me permitió dejar mi anterior línea de investigación y seguir el camino que el destino me había marcado.

Aislé el moho contaminante. Produjo una sustancia antibacteriana a la que bauticé penicilina. La estudié hasta donde pude como bacteriólogo. Tenía la intuición de que allí había algo bueno, pero no podía saber su grado de eficacia, y no contaba con el equipo, especialmente el equipo químico, necesario para concentrar y estabilizar la penicilina.

Diez años más tarde, Florey y Chain formaron un equipo completo en Oxford que logró su objetivo y demostró las maravillosas propiedades quimioterapéuticas de la penicilina.

Entonces la fortuna intervino de nuevo, pues obtuvieron sus resultados en medio de una gran guerra, cuando la economía ordinaria estaba en suspenso y la producción a gran escala pudo continuar como nunca lo habría hecho en tiempos de paz. El resultado es que en un tiempo increíblemente corto se superaron las dificultades de fabricación y la penicilina se está produciendo a gran escala.

He estado tratando de utilizar la penicilina para ilustrar dos puntos.

El primero es que el trabajo en equipo puede inhibir el inicio de algo completamente nuevo, pero una vez que se ha obtenido una pista, el trabajo en equipo puede ser absolutamente necesario para aprovechar al máximo el descubrimiento.

El segundo es que el destino puede desempeñar un papel importante en el descubrimiento. Fue el destino el que contaminó mi placa de cultivo en 1928; fue el destino el que llevó a Chain y Florey en 1938 a investigar la penicilina en lugar de los muchos otros antibióticos que se habían descrito entonces, y fue el destino el que hizo que su trabajo fructificara en tiempos de guerra, cuando la penicilina era más necesaria.