Con un cadáver entre la nieve de una estación de esquí en los Alpes italianos inicia Pista negra (Salamandra, 2015, trad. de Teresa Clavel Lledó). Se trata del primer caso del subjefe Rocco Schiavone, el neurótico detective romano creado por Antonio Manzini (Roma, 7 de agosto de 1964), cuyas aventuras en media docena de libros se adaptaron a serie de televisión y siguen cosechando seguidores. Transcribo las primeras líneas.

jueves. Los esquiadores se habían ido y el sol que acababa de ocultarse tras las cimas rocosas de un gris azulado donde se habían quedado enredadas algunas nubes, teñía la nieve de rosa. La luna esperaba la oscuridad para iluminar todo el valle hasta la mañana siguiente.

Los remontes estaban parados y en las cabañas de alta montaña habían apagado las luces. Sólo se oían los motores de las máquinas pisanieves, que subían y bajaban para acondicionar el fondo de las pistas de esquí excavadas entre los bosques y rocas en las laderas de las montañas.

Al día siguiente empezaría el fin de la semana y la estación Champoluc se llenaría de turistas dispuestos a horadar la nieve con los cantos de los esquís. Había que hacer un trabajo minucioso.

A Amadeo Gunelli le había tocado la pista más larga. La Ostafa. Un kilómetro de largo por unos sesenta metros de ancho. Era la principal en Champoluc, la que utilizaban tanto los monitores de esquí con sus alumnos principiantes como los esquiadores expertos para practicar maniobras difíciles. La que requería más trabajo, la que empezaba a perder el manto blanco ya a la hora de comer. De hecho, estaba sin nieve en varios puntos. Piedras y tierra, sobre todo en el centro, la dejaban en malas condiciones.

Amadeo había empezado desde arriba. Sólo llevaba tres meses en aquel trabajo. No era difícil. Bastaba con aprender a manejar los mandos del mastodonte oruga y estar tranquilo. Aquello era lo más importante. Tranquilidad y nada de prisa.

Se había puesto los auriculares del iPod con los éxitos de Ligabue y había encendido el porro que le había dado Luigi Bionaz, el jefe de los conductores, su mejor amigo. Si Amadeo tenía un trabajo y llevaba mil euros al mes a casa, era gracias a él. En el asiento de al lado había dejado la petaca con grapa y el walkie-talkie. Todo estaba listo para las horas de trabajo.

Amadeo recogía la nieve de los bordes, la extendía sobre las zonas más desprotegidas y la picaba con la fresa, mientras que el cepillo la aplanaba hasta convertir la pista en una mesa de billar. Amadeo era un hombre valiente, pero estar allí solo no le gustaba. Suele creerse que la gente de montaña es amante de la vida solitaria y un poco agreste. Nada más lejos de la realidad. O, al menos, nada más lejos de su caso. A él le gustaban las luces, el jaleo, la gente y charlar hasta el amanecer.

–Una vita da medianooo! –cantaba para hacerse compañía.

Su voz retumbaba en las ventanillas de plexiglás mientras se concentraba en la nieve, que, bajo el resplandor lunar, se volvía cada vez más azul. Si hubiera alzado la mirada, habría visto un espectáculo de los que cortan la respiración. En lo alto, el cielo presentaba un azul oscuro como el de las profundidades marinas. En cambio, alrededor de las cimas de los montes estaba anaranjado. Los últimos rayos oblicuos de sol coloreaban los glaciares eternos de violeta y la panza de las nubes de un gris metálico. Sobre el conjunto dominaban, imponentes, los flancos oscuros de los Alpes. Amadeo bebió un trago de grapa y echó un vistazo hacia abajo: un pesebre lleno de caminos, casitas y luces.