Frederick Forsyth (Reino Unido, 25 de agosto de 1938-9 de junio de 2025) perteneció a la fuerza aérea y al servicio secreto británicos y fue periodista antes de dedicarse por completo a la literatura. Desde su primera novela, El día del chacal, se convirtió en autor superventas. Su reciente fallecimiento coincidió con el éxito de la serie basada en la novela, de la que ya existen al menos dos adaptaciones cinematográficas. Transcribo las primeras líneas.
En París, a las seis y cuarenta minutos de una mañana de marzo, hace frío; y el frío parece aún más intenso cuando un hombre está a punto de morir frente al pelotón de ejecución. El día 11 de marzo de 1963, a esa hora, en el patio principal de Fort d’Ivry, un coronel de las Fuerzas Aéreas Francesas se hallaba de pie junto a un poste hundido en la glacial arena mientras le ataban las manos al madero, y miraba con incredulidad lentamente decreciente al pelotón de soldados situado frente a él, a veinte metros de distancia.
Un pie restregó el cascajo del suelo, y el leve ruido alivió un tanto la tensión mientras ceñían la venda alrededor de los ojos del coronel Jean-Marie Bastien-Thiry, cerrándolos a la luz para siempre […]
Al otro lado de los muros, un camión Berliet pedía paso, a bocinazos, a otro vehículo más pequeño que se había cruzado en su camino hacia el centro de la ciudad; el sonido se desvaneció, confundiéndose con la orden de “¡Apunten!” dada por el oficial al mando del pelotón. El estampido de los disparos, cuando sonó, no produjo ni la más mínima alarma en la ciudad que despertaba, aparte el hecho de que una bandada de palomas emprendió el vuelo y se mantuvo en el aire unos instantes. Segundos más tarde, el estampido solitario del coup-de-grâce se perdió en el estruendo creciente del tráfico al otro lado de los muros.
La muerte del oficial, jefe de una banda de asesinos de la Organización del Ejército Secreto que se había propuesto asesinar al presidente de Francia debía haber puesto punto final…, punto final a posteriores intentos de atentar contra la vida del Presidente. Por una jugarreta del destino vino a señalar solamente un principio, para explicar, porque será necesario sin duda explicar, por qué un cadáver acribillado quedó colgado de sus ataduras en el patio de la prisión militar de las afueras de París aquella mañana de marzo…
El sol había descendido por fin detrás de los muros del palacio, y largas sombras se extendían por el patio aportando un bienvenido alivio. A las siete de la tarde del día más caluroso del año, la temperatura era todavía de 23 grados centígrados. En la ciudad achicharrada, los parisienses, acompañados de quejumbrosas esposas y vociferante chiquillería, atestaban coches y trenes, dispuestos a salir de la ciudad para un fin de semana en el campo. Era el día 22 de agosto de 1962, el día en que un puñado de hombres que esperaban fuera de los límites de la ciudad habían decidido que el Presidente, el general Charles de Gaulle, debía morir.
[…] detrás de la adornada fachada del Palacio del Elíseo, proseguía la reunión del Gabinete. Dieciséis Citröen DS negros se hallaban estacionados uno detrás de otro, […] Los choferes estaban ya al volante de sus vehículos cuando el primer grupo de ministros apareció al otro lado de las puertas vidrieras. […] En diez minutos se hubieron alejado todos. Quedaban en el patio dos largos Citröen DS 19 negros que se acercaron lentamente hasta el pie de la escalinata. El primero lucía el gallardete de la Presidencia de la República Francesa […]
