El francés Éric Fouassier (6 de octubre de 1963) se ha propuesto entretener al lector, eso explica a los cientos de miles de seguidores de sus historias en los distintos formatos: impreso, electrónico, audiolibro, cómic y cine. Acertó al convertir al París decimonónico en personaje y al perfilar al héroe de la policía, Valentín Verne y a su antagonista, el villano Vicario, en la serie policiaca cuya primera entrega es La brigada de los misterios ocultos, (premio Maison de la Presse 2021), traducida por Andrés Lévi para Principal de los Libros, (2023). Transcribo las primeras líneas.

Enfrentarse al miedo.

Cuando el niño rajó la lona de la carpa con el trozo de cristal de una botella rota, pensó que había encontrado un refugio. No imaginaba lo que le esperaba dentro. La espiral del miedo. Esas miradas febriles, esos rostros asustados que le devolvían su propio terror. Ahora yace ahí, con todos los miembros temblorosos, encogido en una densa penumbra. Las pocas velas que hay en el interior no son para disipar la oscuridad, sino para crear un ingenioso juego de luces y sombras. Parece que flotan en el aire, como mariposas de fuego. Ante su inquietante resplandor, el niño habría preferido el negro túnel de la calle. La oscuridad absoluta, la nada. Todo menos las espantosas visiones que lo asaltan bajo esa húmeda lona. Pero no es capaz de moverse. Se limita a cerrar los ojos. Como si la cortina de sus párpados fuera una barrera eficaz y bastara para terminar con lo insoportable.

¿Cuánto tiempo lleva así, como petrificado? ¿Un minuto, una hora, un siglo? No tiene ni la menor idea. Enfrentarse al miedo… Se habia preparado mentalmente para ello. Pensó que sería lo bastante fuerte como para escapar de la trampa. Pero ahora, ya no lo sabe. No es capaz de rescatar ni un solo pensamiento coherente del caos que reina en su cabeza. Un frío glacial se ha apoderado de él. Le destroza los huesos.

Desde lejos, los ecos de la fiesta le llegan como amortiguados. Música, risas, reclamos. Fuera, a pocos metros, hay una muchedumbre despreocupada. Gente que se divierte, que se deja llevar, aunque también podría estar a varios kilómetros de distancia. Al niño ya no le importa. No espera ninguna ayuda por su parte. No mientras siga encerrado en su propia pesadilla.

Justo antes, sin embargo, creyó que aquella alegre multitud sería su salvación. Corría descalzo de noche. El chapoteo de sus pisadas en la alcantarilla abierta acompañaba como un eco a los latidos de su corazón. Ese frenético golpeteo bajo su caja torácica. Corría al azar, sin rumbo fijo, por callejones muy oscuros y estrechos. Tan sólo con una breve oración que respaldaba su esfuerzo: “¡Dios mío! ¡No dejes que me atrape! ¡Prefiero morir antes que caer de nuevo en sus manos!” Aunque entonces no lo sabía, se encontraba en el suburbio que bordea el fielato de Montreuil, no muy lejos de la aldea de Petit-Charonne. Un paisaje de casuchas ruinosas, descampados y huertos.

Con el pecho ardiendo y las sienes palpitantes, intentaba quedarse a la sombra de las fachadas y evitaba con sumo cuidado los espacios abiertos. De vez en cuando se giraba para recuperar el aliento y escudriñar la noche con preocupación. No había nadie detrás de él, pero sabía que el Vicario lo perseguía. Estaba allí, en algún lugar, en la oscuridad. El fugitivo podía estar seguro de que el Otro lo buscaría toda la noche si fuera necesario. No tenía más remedio que seguir corriendo. Consumir las fuerzas que le quedaban.