Arnaldur Indridason (Reykjavík, Islandia, el 28 de enero de 1961) es autor de unas 25 novelas negras, de las que se han vendido más de 18 millones de ejemplares y han sido traducidas a más de 40 idiomas, con las que ha obtenido los principales premios internacionales del género. El Rey y el relojero (RBA libros, 2025) traducida por Fabio Teixidó es una fscinante conversación entre dos personajes que poco a poco descubren los mecanismos de un crimen de Estado. Transcribo las primeras líneas.
El tiempo se había detenido. Nadie recordaba que el complejo mecanismo, creado para la gloria de Dios y la Virgen María hacía doscientos años, hubiera dado alguna vez las horas del día y de la noche o hubiera indicado las fases lunares o el movimiento de los astros. Antiguo botín de una guerra hace tiempo olvidada, la reliquia acumulaba polvo en un almacén del palacio de Christiansborg mientras los monarcas se sucedían uno tras otro sin que el tiempo hubiera retomado alguna vez su curso. Hubo una época en que se convocó a los mayores eruditos y a los más destacados ingenieros de todo el mundo para que examinaran el reloj y trataran de poner en funcionamiento aquella intrincada máquina del tiempo, pero todos desistieron, convencidos de que aquella obra de arte, por muy hermnosa que fuera, jamás volvería a dar las horas ni a describir el moviemiento de los cuerpos celestes.
Y allí permaneció hasta que llamaron a palacio a un viejo relojero, cuyo taller no quedaba lejos de la calle Holemensgade, para que examinara otro reloj de la corte. El relojero había oído hablar desde muy joven del autor de la compleja obra que se conservaba en el palacio. Su maestro le había contado la historia cuando comenzó sus estudios de relojería en Comenhague. Por tanto, sabía desde hacía tiempo que el de Christiansborg no era un reloj cualquiera sino una de las obras maestras del mismísimo Issac Habrecht, un maestro relojero suizo que vivió la mayor parte de su vida en la catedral de Estrasburgo, donde construyó un gran reloj astronómico que era admirado por todo el mundo.
Aquel reloj no sólo indicaba las horas con sus manecillas, sino también los días y la semana y los meses. Además, cada hora aparecían los tres reyes magos de Oriente, que se postraban ante la Virgen María antes de que sonara la melodía de un salmo de la época de Habrecht, ahora ya olvidado. Por encima de la escena, se erguía un gallo dorado que, con su canto y su batir de alas, anunciaba la llegada de la nueva hora. Al mismo tiempo, si el mecanismo funcionaba bien, la Luna y las estrellas orbitaban en el firmamento.
Construido en 1592, el reloj tenía algo más de dos siglos de antigüedad, y a nadie le sorprendía que los maestros relojeros de todo el muindo lo consideraran un mecanismo sobrenatural antes que una obra realizada por manos humanas.
Cuando el viejo relojero terminó su tarea, consistente en la reparación de un reloj colocado en la chimenea del despacho de uno de los secretarios del rey, deambuló por los corredores del palacio y se encaminó hacia el almacén donde le habían indicado que se encontraba el antiguo reloj de Habrecht. Su maestro, ya fallecido, había intentado ponerlo en marcha en su juventud, pero había desistido. Sin embargo, poseía una colección de dibujos, esquemas y observaciones que dejó en herencia a su discípulo y que no hicieron sino avivar aún más su interés por la valiosa pieza.
El celador del almacén escuchó en silencio su petición. Le pareció curioso que aquel hombre proveniente de la lejana Islandia mostrara interés por un reloj viejo y lo autorizó amablemente a examinarlo […]
