Logró la estabilidad de Inglaterra, convirtiéndola en una potencia naval… y en una nación moderna
Todo parecía conspirar para que Isabel (1533-1603), la hija que el rey Enrique VIII de Inglaterra tuvo con Ana Bolena, no ocupara el trono. Para empezar, a su madre le cortaron la cabeza cuando ella tenía escasos tres años; luego, el monarca la declaró hija ilegítima. En la carrera sucesoria, la antecedían Eduardo y María, también hijos de Enrique VIII.
Eduardo fue coronado, pero murió a los 15 años. Algunos nobles intentaron acabar con la familia Tudor e impulsaron sin éxito a Jean Grey. La nueva reina, María, media hermana de Isabel, resolvió que Jean había participado en un complot para aniquilarla, por lo que la mandó decapitar sin contemplaciones.
Felipe II de España sugirió a María que, más allá de sus antipatías personales, nombraran heredera a Isabel. De otro modo, el trono recaería en María Estuardo, la reina escocesa, a la sazón casada con el delfín de Francia. ¿Quería, acaso, que Francia engullera a Inglaterra?
Cuando María murió, Isabel se convirtió por fin en reina. En los 44 años de su reinado –“la Era Isabelina”–, estuvo dedicada al engrandecimiento de Inglaterra. Ella fue, sin lugar a dudas, la mejor reina que ha gobernado esa nación.
Dado que María había restaurado el catolicismo, a pesar de que Enrique VIII lo había prescrito, la división fue el primer problema que hubo que zanjar. Isabel apostó por la unidad religiosa y, aunque se rodeó de cortesanos competentes, tanto católicos como protestantes, nunca perdió de vista que su propósito implicaba eliminar a aquellos disidentes católicos, que lo intentaron todo para eliminarla.
El Papa Pío V (San Pío V) la excomulgó y prometió que, quien la asesinara, iría directamente al Cielo. La decisión papal radicalizó a Isabel. Con el apoyo de Francis Walshingham, uno de sus más eficientes colaboradores, desplegó una red de espías que no sólo la libraron de la muerte en un sinfín de atentados y conjuras, sino que le permitieron desarticular redes y trampas que los católicos tendían por doquier.
Tuvo distintos pretendientes y con algunos, como Robert Dudley, estuvo a punto de casarse. Pero ella insistió en permanecer soltera: “Estoy casada con Inglaterra”, precisaba cuando William Cecil y otros de sus súbditos le recordaban la importancia de un heredero. Un matrimonio socavaría su fuerza y hasta podría ser preludio para que otras naciones intervinieran en Inglaterra. Pasó a la historia como “la reina virgen” y, cuando Walter Raleig llegó a lo que hoy son Estados Unidos de América, bautizó Virginia a ese territorio en su honor.
Al paso de los años, cuando ya era evidente que no se casaría ni tendría hijos, no sólo se negó a nombrar heredera a su prima -un error que afortunadamente no tuvo mayores consecuencias- sino que, aduciendo una traición de la escocesa, la mandó ejecutar. Stefan Zweig recreó este affaire en María Estuardo, una biografía que hay que leer.
Iracundo ante la ejecución, Felipe II intentó invadir Inglaterra con una enorme flota, pero los vientos no soplaron a favor del español. Neblina y mal tiempo complicaron la operación. Francis Drake y la marina inglesa completaron la obra. Para los súbditos ingleses ya no hubo dudas: Isabel estaba donde estaba por voluntad de Dios. Inglaterra no sólo no iba a desaparecer sino que se fortalecería.
Obsesionada con el ser el centro de atención, Isabel disfrutaba los arranques histriónicos: lo mismo lucir los vestidos ostentosos, que abofetear a una doncella o besar en los labios a alguno de sus capitanes en público. Al volverse vieja, ordenó que se rompieran todos los espejos de palacio para que no reflejaran su decrepitud.
Pero, más allá de estas extravagancias, su gestión dio impulso a la cultura -Shakespeare, Ben Jonson, John Donne, Marlowe, Byrd, Dowland…- que ella completó con un despliegue de propaganda nacionalista. Pero su legado mayor fue haber creado la identidad inglesa. La identidad, la permanencia y, claro, el poderío inglés.
