María Teresa de Austria
El príncipe de Bohemia aprovechó el impasse para convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero, a tres semanas de haber sido ungido, María Teresa le arrebató incluso, Múnich, su capital.
El príncipe de Bohemia aprovechó el impasse para convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero, a tres semanas de haber sido ungido, María Teresa le arrebató incluso, Múnich, su capital.
A los veinticinco años, se sintió asfixiada. Deseaba fundar una hermandad de mujeres “con sentimientos elevados” y, mientras eso ocurriera, anunció, se iría a trabajar de ayudante médica al hospital de Salisburg.
Me interesé por su autora, desde luego, y supe que Oriana Fallaci (1929-2006) era una periodista florentina que, desde niña, se había sumado al movimiento partisano, para acabar con la dictadura de Mussolini.
El libro despertó en mi la necesidad de dejar un testimonio de mi época, así fuera desde el pequeño círculo en el que me movía. Ya había publicado un par de novelas, cierto, pero no me había animado a interpretar los tiempos que me tocaba vivir, a criticarlos, a evaluarlos. Después de leer este libro, algo cambió en mí.
Hija de una familia judía de clase media, comenzó su vida profesional como maestra de escuela, pero, cuando se abrieron las puertas de la universidad de Viena a las mujeres, se apuntó a un programa de doctorado.
De acuerdo con algunos historiadores, quería evitar la creación de un Mediterráneo romano. Como descendiente de los Ptolomeos, la familia griega que gobernaba Egipto desde hacía 250 años, consideraba a los romanos un pueblo bárbaro.
Poco antes de su matrimonio, Bertha había respondido el anuncio que publicó un empresario sueco, solicitando una asistente. Aunque aquel trabajo le llevó una semana escasa —Bertha renunció para contraer nupcias con Arthur—, cambió su vida, la de él y la de la civilización occidental.
Tuvo distintos pretendientes y con algunos, como Robert Dudley, estuvo a punto de casarse. Pero ella insistió en permanecer soltera: “Estoy casada con Inglaterra”, precisaba cuando William Cecil y otros de sus súbditos le recordaban la importancia de un heredero.
En el Libro de la vida -su autobiografía – declara que ella era una joven perversa, pues gustaba de vestidos y perfumes. En esa época, la idea del pecado estaba muy arraigada y la amenaza de la condenación eterna aterraba a cualquiera.
Los siguientes 34 años, ella sería el centro de la vida política de Rusia, nación a la que convirtió en interlocutora imprescindible en el panorama internacional.
Su trabajo constituye “una de las voces más altas de la lírica hispanoamericana”. Aunque ubicada dentro del culteranismo de Luis de Góngora, “su obra posee innegable singularidad”, escribió Octavio Paz en Las trampas de la fe…
Fue hija de Gustavo II Adolfo -el hombre que modernizó Suecia y le dotó de identidad- y, cuando su padre murió, durante la Guerra de Treinta Años, quedó a merced de su madre, quien enloqueció al saberse viuda.
Su nombre llegó hasta nosotros por la cantidad de personajes ilustres que citaron su trabajo: Teón de Alejandría, Sinesio de Cirene, Sócrates Escolástico y Juan de Nikiu, por citar a algunos.