Mujeres Entrañables: Juana de Arco
Juana estaba absolutamente convencida de su misión. Y así lo hizo sentir al monarca, a los nobles y a los militares.
Juana estaba absolutamente convencida de su misión. Y así lo hizo sentir al monarca, a los nobles y a los militares.
En sus novelas Balún Canán (1957), Oficio de tinieblas (1962) y Rito de iniciación (1996), hiló una crítica formidable, donde nadie era completamente inocente y nadie absolutamente culpable de la desigualdad y la marginación en que vivían.
Ella era, sobre todas las cosas, pintora. Derrochaba talento y, a juzgar por sus cuadros, también rabia.
Lo que convirtió en gran actriz a esta mujer, que no podía imaginar la vida fuera de la actuación, que se casó tres veces y que tuvo cuatro hijos – entre ellos Isabella Rossellini –, fue la combinación perfecta de naturalidad (casi no se maquillaba) y versatilidad…
Desafiando el protocolo de los primatólogos del establishment, que asignaban números a los simios para identificarlos, ella comenzó a hacerlo de acuerdo con la personalidad de cada mono.
A los diecinueve años, se casó con el diplomático Erik Staël, embajador de Suecia en Francia, quien tenía treinta y siete. Pronto descubrió que no había entre ellos pasión alguna y, si ella anhelaba algo en la vida, era eso: pasión.
Roma atravesaba, en aquel entonces, un período de escandalosa inestabilidad. Entre los cincuenta años que transcurrieron de 235 a 285, hubo más de treinta emperadores.
Quién convirtió la danza en un lenguaje que logró expresar lo más profundo del ser humano sin palabras y creó un estilo que desafió la tiesura de las formas clásicas, fue la estadounidense Martha Graham (1894-1991).
Hija menor de diez hermanos en una próspera familia de Renania, a los 8 años fue entregada a un monasterio benedictino, de acuerdo con la promesa que habían hechos sus padres a la Iglesia Católica.
El príncipe de Bohemia aprovechó el impasse para convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero, a tres semanas de haber sido ungido, María Teresa le arrebató incluso, Múnich, su capital.
A los veinticinco años, se sintió asfixiada. Deseaba fundar una hermandad de mujeres “con sentimientos elevados” y, mientras eso ocurriera, anunció, se iría a trabajar de ayudante médica al hospital de Salisburg.
Me interesé por su autora, desde luego, y supe que Oriana Fallaci (1929-2006) era una periodista florentina que, desde niña, se había sumado al movimiento partisano, para acabar con la dictadura de Mussolini.
El libro despertó en mi la necesidad de dejar un testimonio de mi época, así fuera desde el pequeño círculo en el que me movía. Ya había publicado un par de novelas, cierto, pero no me había animado a interpretar los tiempos que me tocaba vivir, a criticarlos, a evaluarlos. Después de leer este libro, algo cambió en mí.
Hija de una familia judía de clase media, comenzó su vida profesional como maestra de escuela, pero, cuando se abrieron las puertas de la universidad de Viena a las mujeres, se apuntó a un programa de doctorado.
De acuerdo con algunos historiadores, quería evitar la creación de un Mediterráneo romano. Como descendiente de los Ptolomeos, la familia griega que gobernaba Egipto desde hacía 250 años, consideraba a los romanos un pueblo bárbaro.
Poco antes de su matrimonio, Bertha había respondido el anuncio que publicó un empresario sueco, solicitando una asistente. Aunque aquel trabajo le llevó una semana escasa —Bertha renunció para contraer nupcias con Arthur—, cambió su vida, la de él y la de la civilización occidental.
Tuvo distintos pretendientes y con algunos, como Robert Dudley, estuvo a punto de casarse. Pero ella insistió en permanecer soltera: “Estoy casada con Inglaterra”, precisaba cuando William Cecil y otros de sus súbditos le recordaban la importancia de un heredero.
En el Libro de la vida -su autobiografía – declara que ella era una joven perversa, pues gustaba de vestidos y perfumes. En esa época, la idea del pecado estaba muy arraigada y la amenaza de la condenación eterna aterraba a cualquiera.
Los siguientes 34 años, ella sería el centro de la vida política de Rusia, nación a la que convirtió en interlocutora imprescindible en el panorama internacional.
Su trabajo constituye “una de las voces más altas de la lírica hispanoamericana”. Aunque ubicada dentro del culteranismo de Luis de Góngora, “su obra posee innegable singularidad”, escribió Octavio Paz en Las trampas de la fe…
Fue hija de Gustavo II Adolfo -el hombre que modernizó Suecia y le dotó de identidad- y, cuando su padre murió, durante la Guerra de Treinta Años, quedó a merced de su madre, quien enloqueció al saberse viuda.