Novelista, periodista y activista incansable,
fue la primera mujer en recibir el Premio Nobel de la Paz
Conocí a Bertha Von Suttner (1843-1914) frente a la Alameda de Santa María de la Ribera, en la librería de viejo de Polo Duarte. Ahí di con ¡Abajo las armas!, un libro amarillento publicado por la Editorial Tor, de Buenos Aires (1957). Yo debía tener dieciocho años y aquella novela donde la protagonista perdía a su primer marido, al segundo, a sus hijos, a sus hermanos y a sus amigos en las sucesivas batallas de Solferino, Schleswig-Holstein, Sadowa y Sedán, me conmovió.
Me enteré de que su autora había nacido en un castillo rococó, en la Praga del Imperio Austríaco, con el nombre de Bertha Félice Sophie Gräfin Kinsky von Wchinitz und Tettau y que, además de tocar el piano, aprendió francés, italiano e inglés. Intentó ser cantante de ópera, pero fracasó.
Su padre había muerto antes de que ella naciera, por lo que su madre se mudó a Viena para encontrarle un buen partido, pero ella no estaba dispuesta a sacrificar su libertad y se empeñó en casarse con el barón Arthur Von Sutter, a quien le llevaba siete años. Como ella no pertenecía a la nobleza, la familia del novio la rechazó.
Los jóvenes debieron casarse en secreto. Tras tiempos difíciles —9 años en el Cáucaso—, formaron una pareja modélica: “Sin él”, escribió Bertha “Yo no tendría el cimiento que tengo para mí actividad pública”. En esa época, Bertha estudió a Darwin, a Spencer y a diversos filósofos que moldearon su criterio. También escribió novelas —Inventario de una alma, entre ellas— el ensayo La era de la máquina, donde arremetió contra la insensatez del nacionalismo, y algunos artículos periodísticos.
Poco antes de su matrimonio, Bertha había respondido el anuncio que publicó un empresario sueco, solicitando una asistente. Aunque aquel trabajo le llevó una semana escasa —Bertha renunció para contraer nupcias con Arthur—, cambió su vida, la de él y la de la civilización occidental. Pese a la corta experiencia laboral que ambos compartieron, la amistad con aquel sueco se prolongó veinte años.
El empresario en cuestión era Alfredo Nobel y, según todos sus biógrafos, fue Bertha quien influyó en él para que dedicara la ingente fortuna que había hecho con explosivos y armas mortíferas a premiar la innovación científica, la literatura y la paz. Dos años antes de su muerte, Nobel le escribió una carta donde le confiaba: “estoy dispuesto a destinar parte de mis bienes a un premio… al hombre o a la mujer que hubiese inducido a Europa a dar el primer paso hacia el ideal general de la paz”.
Pero, con Alfredo Nobel o sin él, Bertha von Suttner fue una incansable activista por la paz. Le horrorizaban las guerras y dedicó su vida a denunciar su crueldad y sinsentido. En 1886, publicó su novela High Life, denunciando otra estupidez: Los duelos por honor. ¿Cuál era el propósito de aquello?
Las críticas no se hicieron esperar: ¿qué sabía una mujer de guerras y duelos? Ella no se arredró: sabía más que los miserables gobernantes que enviaban a muerte a los jóvenes y mucho más que los imaginaban que matando a quien los había insultado iban a lavar su honor. Además, si alguien salía perjudicada por estos conflictos, colectivos o individuales, eran las mujeres: ellas perdían a padres, hermanos, hijos y maridos… Por su puesto que tenían que opinar y oponerse a aquello con todas sus fuerzas.
La publicación de ¡Abajo las armas! estuvo llena de obstáculos: los editores consideraron el texto audaz y hasta insolente. Aunque muy bien documentada, la novela ponía el dedo en la llaga y eso molestaría a políticos, empresarios y militares. Aun así, la editorial Pierson corrió el riesgo. Tuvo un éxito inmediato y más de treinta reimpresiones, casi de inmediato.
Esto no solo convirtió a Von Sutter en una novelista celebre de Europa sino en una enemiga declarada de la guerra. León Tolstoi se deshizo en elogios y Nobel recomendó su traducción a otras lenguas. Su participación en la asociación Internacional de Arbitraje y Paz y otros organismos que abogaban por solucionar los conflictos de manera pacífica la volvieron incómoda para quienes lucraban con las masacres. Pero la venta de sus libros revelaba que la mayoría de las personas detestaban la guerra, el dolor, la soledad y la devastación que ésta acarreaba. Daba igual que los demagogos se desgañitaran hablando de ella y los deberes con la patria.
Von Sutter incursionó en el periodismo de modo profesional y dirigió una revista que llevaba el mismo nombre de la novela. Se vio involucrada en diversos debates, acudió a cuantos congresos pacifistas pudo y buscó, por todos los medios a su alcance, acabar con los conflictos bélicos. Fundó la asociación Austriaca por la Paz, viajó promoviendo sus ideales y habló y escribió a favor de sus ideales de fraternidad. Pronto se le adjudicó el mote de “generalísima de la paz”. En 1905 —tenía que ocurrir— le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz. Fue la primera mujer en recibirlo.
A pesar de cuanto hizo, en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. Como si lo presintiera, ella murió unos meses antes de que se iniciaran las hostilidades.
