A pesar de haber sido tachada por sus enemigos de ser una mujer seductora, frívola y cruel, mantuvo la independencia de Egipto durante más de veinte años
Para Heriberto Galindo
Si bien ha sido interpretada por actrices de singular belleza como Vivien Leigh, Sophia Loren, Elizabeth Taylor, Mónica Belluci y Leonor Varela, la reina egipcia Cleopatra VII (69 a.n.e. – 30 a.n.e.) no destacó por su hermosura. Bastaría ver las monedas que se acuñaron durante su reinado para comprobarlo.
Fue, eso sí, una mujer inteligentísima, políglota –hablaba griego, egipcio, latín, hebreo, sirio y etíope– y visionaria. Dotada de una destreza política excepcional, no escatimó esfuerzo ni estratagema alguna para preservar su reino frente a la amenaza romana. Resistió veintidós años.
De acuerdo con algunos historiadores, quería evitar la creación de un Mediterráneo romano. Como descendiente de los Ptolomeos, la familia griega que gobernaba Egipto desde hacía 250 años, consideraba a los romanos un pueblo bárbaro. Su sueño era convertir Alejandría en la capital de un imperio Greco-romano y, si así fue… estuvo a punto de lograrlo.
Sabemos poco de su infancia y juventud –ignoramos hasta el nombre de su madre–, pero sí que su padre fue Ptolomeo XII, a quien Roma humilló un par de veces. Sabemos, asimismo, que recibió una esmerada educación, la cual incluía aritmética, geometría, medicina y astronomía. También canto, dibujo y cosmetología.
Ascendió al trono junto con Ptolomeo XIII, su hermano y marido, cuando ella tenía diecisiete años y él diez. Ante el intento de los eunucos al servicio del niño para asesinarla tras una mala cosecha, ella decidió que iba a gobernar sola. Aprovechó la llegada de Julio César, quien iba persiguiendo a Pompeyo, y se alió con él, convenciéndolo de que Egipto sería más útil y confiable a Roma con ella al frente. Tras una batalla y un incendio, César la impuso como única reina. Ptolomeo XIII murió ahogado en la refriega.
Más tarde, tuvo un hijo con Julio César y acompañó al militar a Roma. Cuando éste fue asesinado, Cleopatra volvió a Egipto de inmediato. Suprimió insurrecciones, construyó una flota, alivió hambrunas, controló la divisa, reconstruyó la célebre biblioteca de Alejandría, mantuvo a raya la costa del Mediterráneo y envenenó a Ptolomeo XIV, su otro hermano, quien ponía en peligro su reino. Para evitar tentaciones, nombró a su hijo corregente. Pero las ansias invasoras de Roma le quitaban el sueño.
Así, en cuanto Marco Antonio fue nombrado miembro del triunvirato que dirigía Roma y se le asignaron seis provincias, ella fue a buscarlo a Tarso, donde lo sedujo y le propuso una alianza política que incluía contraer matrimonio. Lo hicieron y tuvieron dos hijos y una hija. Luego, había que deshacerse de los otros dos triunviros: Octavio y Lépido. Esto ya no resultó tan simple.
Si bien Marco Antonio era mejor soldado que Octavio, carecía de la habilidad política de su rival. No pudo resistir la campaña de desprestigio que éste le orquestó en Roma y, en poco tiempo, consiguió que el Senado le autorizara una flota y un ejército para deponerlo a él y a su mujer. Por añadidura, Octavio contaba con Marco Agripa, el mejor general y almirante de la época. En la batalla de Actium, la flota de Marco Antonio y Cleopatra fue aniquilada.
Antes de rendirse, la reina buscó a Octavio para llegar a algún acuerdo. Fracasó. Resuelta a no ser un trofeo de guerra que se exhibiera en Roma, se suicidó. La leyenda cuenta que azuzó a una cobra para que la mordiera. Tenía treinta y nueve años y, apenas murió, Octavio mandó asesinar al hijo que ella había tenido con Julio César y anexionó Egipto, convirtiéndolo en provincia romana. Volvería a ser independiente hasta 1922, casi dos mil años después.
En una de las mejores biografías que se ha escrito de Cleopatra hasta ahora, Stacy Schiff afirma: “El momento que le tocó vivir fue pésimo. No solo su historia fue escrita por sus enemigos sino que también tuvo la desgracia de estar presente en la mente de todos, justo cuando la poesía escrita en latín alcanzó su esplendor”. Entre sus detractores estuvieron, ni más ni menos, Horacio, Virgilio, Cicerón, Plutarco, Dión Casio y Suetonio… pero a todos sobrevivió.
La vida de Cleopatra, escribió Toby Wilkinsen, “es la vida de una mujer real, una soberana extraordinariamente dotada, que intentó en vano defender su país contra el poder imparable de Roma. Su tragedia fue la tragedia de toda una civilización”.
Su figura sedujo a Shakespeare, a Bernard Shaw, a Hollywood y hasta a Netflix, que sacó una desafortunada serie donde Cleopatra es negra, de lo cual no existe posibilidad alguna. Hasta las autoridades del patrimonio egipcio la denunciaron “por intentar borrar la identidad egipcia”. Pero más allá de las críticas y de si tenía la piel clara u oscura, hoy Cleopatra es emblema de resistencia contra el imperialismo, de liderazgo y empoderamiento femenino.
