Quienes hemos vivido parte del siglo XX y lo que va del XXI no habíamos presenciado algo parecido a lo que hoy estamos viendo. Es una combinación de locura, cinismo, impunidad, prepotencia, desmemoria y todo lo que cabe para calificar los nuevos lances del trumpismo. Adolfo Hitler, en un primer ejemplo, le ordenó a Goebbels no hacer muchas celebraciones en el primer aniversario de la ocupación de Polonia. El jefe nazi, tal vez sentía un poco de pena y le hizo saber a su genio propagandístico que solo recordara el hecho para campañas publicitarias en torno a las eficacias de la Wehrmacht. Nada más.

Es decir, había un poco de vergüenza por el crimen cometido y eso es mucho si se toma en cuenta que hablamos de Adolfo Hitler. Y actualmente no pasa lo mismo con Donald Trump, quien ya ha hablado de la necesidad de celebrar los aniversarios de la invasión a México y el apoderamiento de más de dos millones de kilómetros cuadrados de territorio mexicano por parte del imperio estadounidense. El silencio de Hitler no se ve mal ante las alharacas de Trump. ¡Ver para creer!…

¡Ver para creer!… porque esos destrampes morales no los conocimos ni siquiera con James Monroe, el del Destino Manifiesto, ni con Teddy Roosevelt. No los conocimos antes ni con Andrew Jackson ni con el presidente Polk, que estuvieron relacionados con el crimen histórico en contra de nuestro país. Inclusive, el presidente Woodrow Wilson, un estadista referente en la historia de los gobiernos en el mundo, llegó a decir que ese episodio lleno de vergüenza era una ofensa incluso contra los habitantes de Estados Unidos.

A las palabras necias más vale poner los oídos sordos… pero no tanto. Hay serias amenazas a la soberanía en general y en el caso de México hubo una ofensa, que hiere a los mexicanos nacionalistas en el sentido correcto del término. Se requiere de una respuesta, pero ésta debe ir más allá de rasgarse las vestiduras o de envolverse en la bandera nacional. Se necesita un sentimiento de identidad y un comportamiento de solidaridad hacia las causas de todos los mexicanos y no solamente de correligionarios en todos los sentidos. El nacionalismo hoy es pensar en las libertades, en la democracia y en mejores condiciones de vida para toda la población. La pluralidad debe ser una fuente para aportar esfuerzos distintos con los mismos fines.

Ciertamente, las amenazas imperiales deben ser frenadas y el esfuerzo nacional debe apuntar también hacia otros países. Ahí tenemos a Cuba como un claro ejemplo de Nación en Peligro. Es importante que nuestro país, como entidad soberana, apoye a los habitantes de esa isla con insumos humanitarios (a la manera de la Dra. Sheinbaum).

Por supuesto, no se debe olvidar que un esquema económico definido llevó a la isla a situaciones de miseria y desesperanza y, sin embargo, les corresponde a los cubanos plantear y realizar los cambios que se requieren para construir la democracia y consolidar las libertades humanas. Es necesario hacer cambios, pero estos no deben llegar de la mano de los marines o en las lanzaderas de los portaaviones. Esos tiempos ya se acabaron o… ya deben quedar muy atrás. Son una vergüenza en el segundo cuarto del Siglo XXI.

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