El 8 de mayo de 2025, el agustino Robert Prevost fue electo Papa y adoptó el nombre de León XIV. Estadounidense, nacionalizado peruano por mandato de ley de ese país para ser obispo de Chiclayo (2015-2023), llegó a la Silla del Sucesor de Pedro con la expectativa de dar continuidad al pontificado de Francisco y a las lecciones de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM, Aparecida, Brasil, 2007) en el capítulo de la Iglesia misionera. Segundo Papa nacido en el “nuevo mundo” y cuarto sucesivo no italiano, el desafío que afronta es mayúsculo por la sombra de Juan Pablo II, que delimita fronteras entre la Iglesia militante de la “teología de la liberación” y aquella que impulsó el ex Arzobispo de Cracovia de la “opción preferencial por los pobres” (III CELAM, Puebla, 1979). Si esta situación se extrapola a nivel mundial, Prevost encara el doble reto de evitar la ideologización del dogma y avanzar en la reconciliación de la Curia, tras el larguísimo pontificado de Karol Wojtyla, quien en favor de su grupo, sacrificó a dos generaciones de religiosos. El nuevo Obispo de Roma, cuidadoso de las formas, sabe llamar a las cosas por su nombre. Por ello, no parece ser cómplice silente de asuntos que exigen su atención, entre otros la situación de la Iglesia en China, los conflictos en Ucrania y Gaza, Derechos Humanos, migración, inteligencia artificial, diálogo interreligioso y ecumenismo. Aunque ha pasado poco tiempo desde que asumió el Trono, el mayor de sus retos es definir un perfil propio para su reinado, que le permita considerar el alejamiento ecelsiástico de las nuevas generaciones, la crisis de vocaciones religiosas y una coyuntura política universal que demanda sensibilidad diplomática para construir puentes entre actores caprichosos y, con frecuencia, confundidos por los acontecimientos.

Para quienes creen que la nacionalidad estadounidense de Prevost constituye una suerte de lealtad hacia Washington, como podría haber ocurrido con los papas italianos, los pontificados de Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio indican lo contrario, es decir, que su trabajo religioso estuvo al servicio de la Iglesia y el político al de la Santa Sede. Por lo que hace al pontífice polaco, esta aseveración debe matizarse debido a su influencia en el curso de los acontecimientos que derivaron en la caída del Muro de Berlín. Como sea, entre la fallida globalización y el arreglo que la pueda sustituir, la apuesta nacionalista alejaría a León XIV de un ministerio de alcance mundial que, para ser efectivo, exige imparcialidad y no envolverse en una bandera distinta a la que enarbola las llaves del Reino de los Cielos. En esa línea, el Papa puede contribuir a un nuevo entendimiento geopolítico y a una idea de la paz que recupere la centralidad de la persona humana, como sujeta de derechos y obligaciones. En un contexto internacional tenso, frágil y peligroso, Prevost está llamado a impulsar una sinodalidad renovada, que aborde asuntos como los derechos de la comunidad LGBTQ+; familia, salud reproductiva, el derecho de la mujer a acceder a la dignidad sacerdotal y el encubrimiento de abusos clericales. Para ello, como miembro de la Orden de San Agustín, el Papa se respalda en el Santo de Hipona y en su obra De Civitate Dei. Este libro, que vio la caída de Roma (410 DC dixit) como el desmoronamiento de una civilización, seguramente es útil al sucesor de Pedro para explicar hoy la deconstrucción de las instituciones políticas que conocemos y la supervivencia de Dios en el curso de los siglos. Tempore videbimus.

El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.