Los eventos globales discurren entre desafíos de poder y reacomodos hegemónicos inéditos, impredecibles y peligrosos. En poco más de un siglo, contado desde el fin de la Primera Guerra Mundial hasta el presente, la geografía política universal ha mutado notablemente y el sistema de paz y seguridad internacionales también ha debido adaptarse para responder a los retos de diversas coyunturas. En estas condiciones y para entender lo que ahora ocurre, es necesario rememorar la época de la Guerra Fría, cuando los bloques comunista y capitalista se disputaban el dominio del mundo. En efecto, el periodo de la bipolaridad, marcado por ideologías mutuamente excluyentes, conoció una riesgosa carrera armamentista así como altibajos y desencuentros entre las potencias, que zanjaron sus diferencias en teatros de guerra localizados en naciones de la periferia. No fueron tiempos sencillos. Ante frecuentes tensiones y para suerte del género humano, en la ONU se identificó al foro político hábil para dirimir controversias, si bien siempre sujeto al derecho de veto de las cinco grandes potencias que integran el Consejo de Seguridad, que por esta vía acotan, cada vez con menos legitimidad, iniciativas que pueden afectar sus respectivos intereses estratégicos. A pesar de sus limitaciones, la máxima organización sirvió como caja de resonancia de las aspiraciones de los países del denominado Tercer Mundo, lo que facilitó avances en temas sensibles, entre otros la lucha anticolonial, la cooperación para el desarrollo y la codificación progresiva del Derecho Internacional. El balance, siempre positivo, acredita el valor del multilateralismo como espacio deliberativo útil para identificar soluciones colectivas a problemáticas compartidas. En ese sentido, es probable que el mérito de la ONU sea que logró consolidar la tesis de la emancipación solidaria, como columna vertebral de la buena convivencia universal. Paradójicamente y a pesar de sus logros, voces diversas creen que ya no es idónea para operar en las actuales circunstancias.

En efecto, invocando una narrativa de descrédito al sistema multilateral, que replantea las alianzas y compromisos diplomáticos tradicionales de Estados Unidos, el Presidente Donald Trump convocó en septiembre de 2025 a la creación de una “Junta de Paz” (Board of Peace) para solucionar de manera definitiva la situación en Gaza. Para observadores, esta propuesta habría sido una especie de anuncio del fin de la ONU, por su presunta incapacidad para atender ese y otros asuntos que ponen en vilo la paz y seguridad globales. Así, el pasado día 17 y con la participación de representantes de 47 naciones, dicha Junta de Paz tuvo su primera reunión en Washington DC, al término de la cual se anunció que diversos países invitados han contribuido con un total de siete mil millones de dólares para apoyar en el proceso de reconstrucción de la Franja. Ya antes, el 14 de febrero, el Secretario de Estado, Marco Rubio, pronunció un importante discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que invitó a Europa a sumarse al esfuerzo estadounidense para restaurar el orden mundial, aludiendo a su común identidad occidental y cristiana. En esa oportunidad Rubio fue claro al señalar que, sin desmantelar instituciones, es necesario “reformar y reconstruir” el sistema internacional de cooperación. Para apuntalar su señalamiento, afirmó que la ONU no ha sido capaz de ofrecer respuestas a los grandes problemas de hoy, no obstante lo cual tiene un “tremendo potencial”. En efecto, por primera ocasión desde que cayó el Muro de Berlín, Trump y Rubio, explícitamente y en nombre de uno de los principales países arquitectos del ordenamiento liberal de la segunda posguerra, esgrimen que éste se ha agotado. Con ello en mente, es probable que ahora se impulse en Nueva York una agenda dirigida a materializar la reforma de Naciones Unidas. En ese escenario, habría que cuidar que participen todos los Estados, al margen de sus identidades políticas. Si no se garantiza la universalidad del debate y de la membresía de lo que pudiera surgir, el esfuerzo sería efímero y estaría condenado al fracaso. Así ocurrió con la Sociedad de Naciones, que en tiempos aciagos expulsó a estados “incómodos” y con ello aceleró su disolución. Que no se olvide que el mundo es de todos y no de unos cuantos poderosos. Alea iacta est.

El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.