Por cinco años Hamnet, la novela de la irlandesa Maggie O’Farrell (27 de mayo de 1972) corrió de lector a lector dando sentido a uno de los personajes más famosos de la literatura. Ahora, la versión cinematográfica llega a la carrera por los óscares. Lectores y espectadores no se cansan de revisitar a Shakespeare. Transcribo las primeras líneas de la novela (Libros del Asteroide, 2021) traducida por Concha Cardeñoso.
Referencia histórica. En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susanna y Hamnet y Judith, que eran gemelos.
Hamnet, el niño, murió en 1596 a los once años.
Cuatro años más tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet.
“Ya se ha ido, ya está muerto muerto
muerto ya, señora mía. Verde hierba a su cabeza,
a su pie una piedra fría.
Hamlet, Acto IV, escena V
Hamnet y Hamlet son en realidad dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre, según consta en los anales de Stratford de finales del siglo XVI y principios del XVII”, Steven Greenblatt, “The death of Hamnet and the making of Hamlet”, New York Review of Books, 21 de octubre de 2004.
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- Un niño baja unas escaleras.
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Es un tramo angosto que se revuelve sobre sí mismo. El niño avanza lentamente, deslizando la espalda por la pared, con un golpe seco de bota en cada escalón.
Casi al final se detiene un momento y se vuelve a mirar el camino andado. De pronto salta resueltamente los tres últimos peldaños, como de costumbre. Al llegar al suelo, tropieza y se cae de rodillas en las losas.
Es un día bochornoso de finales de verano, sin viento, y unos largos haces oblicuos de luz cruzan la estancia de abajo. El sol, amenazante, lo mira desde fuera y por las ventanas estampa una celosía amarilla en la pared.
Se levanta, se frota las piernas. Mira a un lado, hacia las escaleras; mira al otro, no sabe adónde ir.
No hay nadie en la estancia, la lumbre rumia en el hogar: abajo, ascuas anaranjadas; arriba, suaves espirales de humo. El pulso de las rodillas magulladas se acompasa con los latidos del corazón. Pone una mano en el pestillo de la puerta de las escaleras y levanta la punta de la gastada bota de piel como si fuera a moverse, a echar a correr. Tiene el pelo claro, casi dorado; unos mechones alborotados se le levantan por encima de la frente.
Aquí no hay nadie.
Suspira, aspira aire caliente y polvoriento, cruza la habitación y sale a la calle por la puerta principal. No le llega el ruido de los carros, de los caballos, de los tenderos, de la gente que se llama a voces, de un hombre que tira un saco desde una ventana alta. Sigue la fachada de la casa hasta el portal contiguo.
En casa de sus abuelos, el mismo olor de siempre: humo de leña, cera, pieles, lana, todo mezclado. Se parece, pero no del todo, al de la casita de dos habitaciones que hay al lado, la que construyó su abuelo en un hueco estrecho, pegada a la casa grande, en la que vive él con su madre y sus hermanas. A veces no entiende cómo puede ser. Al fin y al cabo sólo una fina pared de cañizo y palos separa las dos viviendas, pero el aire es distinto en cada una, huele distinto, la temperatura es distinta.
En esta casa silban las corrientes y los remolinos, los martillazos de su abuelo en el taller, las llamadas y las voces de los compradores por la ventana, el ruido y el barullo del corral de atrás, las idas y venidas de sus tíos.
Pero hoy no. El niño se queda en el pasillo esperando oír algún ruido de gente. Desde ahí ve el taller, a la derecha: no hay nadie, las banquetas y los bancos están vacíos; las herramientas, ociosas […
