A la memoria de Xavier Torresarpi

Melómamo y cinéfilo que busca obsesivamente películas sobre música o en torno al mundo de la música, siempre recuerdo y vuelvo a ver con placer la hermosísima cinta El maestro de música, de 1988, del belga Gérard Corbiau, protagoniza por el formidable bajo-barítono también belga José van Dam (Ixelles, 1940-2026). El célebre cantante da vida allí a quien podría ser su alter ego, al entonces ya retirado y desahuciado cantante y maestro reverenciado ––y envidiado–– Joachim Dallayrac, y pareciera que el gran director hubiera concebido la cinta pensando precisamente en él, sin nadie más en mente, porque nadie pudo haberle dado vida mejor que José van Dam, el cantante poderoso y con una técnica impecable, el intérprete sabio y elegante. Muy premiado y condecorado a lo largo de su extensa y fructífera carrera, ya había antes interpretado en el cine otro de sus roles de batalla, el Leporello de Don Giovanni, de Mozart, en la conocida versión franco-italiana del realizador estadounidense Joseph Losey, de 1979.

Caso curioso, Van Dam debutaría precisamente con el papel del maestro de música Don Basilio, de El barbero de Sevilla, de Rossini, en la Ópera de París, en 1961, donde permaneció hasta 1965, despidiéndose con su primer protagónico, Escamillo, de la ópera Carmen, de George Bizet. Uno de los intérpretes de cabecera, en su tesitura, de Herbert von Karajan, con él cantó y grabó con autoridad, de Mozart, con la Filarmónica de Berlín, el Sarastro de La flauta mágica, y el titular de Las bodas de Fígaro,  y su Requiem y su Misa de coronación. Con un amplio y variado repertorio, que igual cubría con solvencia la ópera, la música sacra y la canción en varios idiomas, con el famoso director salzburgués grabó además, de Beethoven, el ministro don Fernando de Fidelio, y la Misa Solemnis y por supuesto la Novena Sinfonía. Además del torero coprotagónico de la arriba citada ópera de Bizet, otras grabaciones de antología con Karajan son la ópera Peleas y Melisande, de Debussy, y el Requiem alemán, de Brahms.

José van Dam cantó y grabó también con otros importante directores, como los franceses Georges Prêtre, Pierre Boulez, Lorin Maazel y Michel Plasson; los británicos sir Neville Marriner, Raymond Leppard, John Eliot Gardiner y Antonio Pappano; los norteamericanos James Levine y Kent Nagano (con él estrenó el San Francisco de Asís, de Olivier Messiaen); los italianos Claudio Abbado y Riccardo Muti; el húngaro Georg Solti y el suizo Charles Dutoit. Igual actuó en las más importantes casas de ópera del mundo, como la Scala de Milán, la Ópera de París, el Covent Garden de Londres, la Metropolitan Opera House de Nueva York, la Staatsoper de Viena, la Ópera de Berlín, y muy especial, por obvias razones, fue su estrecha relación con la Monnaie de Bruselas. Quien abordó con autoridad distintos repertorios en italiano, francés, alemán, ruso, español y hasta checo, en su amplio y ecléctico acervo estaban igualmente obras de Gounod y Massenet (otro de sus autores predilectos, fueron memorables su estelar de Don Quijote y su Conde des Grieux de Manon), de Offenbach y Debussy, de Gluck y Richard Strauss, de Verdi y Wagner, de Berlioz y Rossini, de Enescu y Mussorgsky, de Puccini y Alban Berg, de Ravel y Milhaud. De antología es su grabación del Edipo, precisamente del rumano Georges Enescu, con la mezzo alemana Brigitte Fassbinder, la contralto eslovena Marjana Lipovsek, la soprano norteamerica Barbara Hendricks, el barítono francés Gabriel Bacquier y el tenor sueco Nicolai Gedda,  bajo la dirección de Lawrence Foster y con la Filarmónica de Montecarlo.

Un artista completo y con enorme presencia escénica, José van Dam transitaba con sobrada solvencia del aplomo de un Boris Godunov a la ironía feroz de un Falstaff, de la devoción atormentada de un San Francisco de Asís a la desgarradora introspección de un Edipo Rey, de la perversa seducción de un Mefistófeles a la hilarante sabiduría de un don Quijote, de la autoritaria megalomanía de un Felipe II a la fanática intransigencia de un Jochanaan, del melancólico cinismo de un Leporello a la desparpajada arrogancia de un Escamillo. No había contradicción en su repertorio; había continuidad, una línea ininterrumpida que iba del barbero de Sevilla al profeta del Apocalipsis, del escudero al rey, del bufón al mártir, porque en su canto, siempre penetrante y persuasivo, cada rol era una variación del mismo tema: la dignidad irrenunciable del ser que canta, aun en la caída, aun en la vejez, aun en la enfermedad. Y es que fue sobre todo un maestro, no por título, sino por esencia; no enseñaba técnicas, transmitía presencia. En Le maître de musique, la citada película ya de culto de su paisano Corbiau, su rostro arrugado por el tiempo y la verdad no representa a un artista en decadencia, sino un río que, al acercarse al mar, no se agota, sino se amplía, se vuelve más profundo, más capaz de contener y de expresar. Su generosidad no era gesto, era esencia genuina.

José van Dam poseía un bellísimo instrumento, de un color aterciopelado, con un auténtico timbre de bajo-barítono, una vocalidad fronteriza que rara vez se determina con tanta claridad como en su caso. Así se sumó a la selecta nómina de los Hans Hotter, los John Shirley-Quirk, los George London, los Thomas Quasthoff, los Friedrich Schnorr, los Samuel Ramey, los Bryan Terfel. Van Dam era además un intérprete elegante, fidedigno representante de una escuela de canto pareciera ya en extinción, y por lo mismo ha dejado una huella profunda e indeleble. ¡En paz descanse!