Las noticias sobre lo que ocurre en el mundo son alarmantes, tanto o más que los desplantes de poder unilateral de algunos dirigentes. El desorden anuncia la ruptura del orden liberal establecido en 1945 y la transición hacia un escenario incierto y sin rendición de cuentas. Ya asoman perfiles autoritarios que van a contrapelo de la experiencia del género humano para coordinarse en temas que contribuyen a su bienestar, porque apuntalan la seguridad sostenible y la paz. En este contexto, el deterioro de la ONU y su cansancio institucional van de la mano de su incapacidad para contener conflictos y traducir riesgos en oportunidad de progreso. Cierto, la evolución de las relaciones internacionales ha alterado el equilibrio del poder que a duras penas subsiste en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La realidad actual impacta negativamente ese diseño de gobernanza y alienta el fortalecimiento de viejas y nuevas hegemonías, que aspiran a ocupar un lugar preponderante a nivel regional o universal. Este diagnóstico tiene historia. La primera llamada de atención ocurrió tras la caída del Muro de Berlín, hecho que marcó pauta para la conducta diferenciada de los Estados en la posguerra fría. En efecto, el optimismo inicial que nutrió la idea de que el socialismo real había sido derrotado, abrió la puerta a la globalización, entendida como una estrategia de apertura de mercados que derramaría sus beneficios en todo el orbe y consolidaría la democracia y el Estado de derecho. Poco duró el encantamiento. El resultado fue inverso; a partir de entonces la riqueza se concentró en pocas naciones y la gran mayoría de los pueblos afrontó el crecimiento de la pobreza. En el renglón estratégico, los ataques terroristas del 9/11 y sus secuelas en las guerras en Iraq y Afganistán, marcaron un punto de inflexión en la forma en que las potencias habrían de reaccionar a eventos que desarticulaban los teoremas clásicos de la estabilidad. En esa tesitura, se comenzó a omitir que la política mundial debe conducirse dentro de parámetros normativos aceptados por todos los países.

El panorama, poco promisorio e incluso desolador, deja ver que coexisten varias visiones del mundo, conflictuadas entre sí, que no aciertan a encontrar el acomodo que permita a los estados mantener un mínimo de soberanía y vigorizar la cooperación horizontal y triangular en los temas cruciales de la agenda global. En esta amarga coyuntura pocos, muy pocos, están dispuestos a abrevar de la experiencia de tantas tragedias para evitar una tercera conflagración universal, que sería catastrófica. En la anarquía, urge que la comunidad de naciones trabaje para darle fisonomía y consistencia a un sistema eficaz de paz y seguridad mundiales, anclado en liderazgos positivos, legítimos y confiables. La humanidad no requiere polarización ni iluminados políticos; necesita certezas y no el chantaje o la imposición a través del uso de la fuerza. La circunstancia exige hacer un alto en el camino, que dote de contenido el anhelo de emancipación colectiva que guió los trabajos de la Conferencia de San Francisco de 1945. Para ello y como  nunca, hay que priorizar a las personas por encima del Estado y propiciar ánimos de solidaridad y empatía con los que menos tienen, con aquellos cuyas vidas están siendo desgarradas por la infamia de la guerra. Parafraseando a Winston Churchill en la época aciaga de la Segunda Guerra Mundial, la lucha de hoy no es de príncipes, dinastías o ambiciones nacionales, sino de pueblos y causas. Hay que actuar, porque el tiempo vuela (tempus fugit).

El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.