En vísperas del 8 de marzo (8M), mientras el mundo vuelve a preguntarse cuánto falta para que la igualdad deje de ser promesa y se convierta en realidad, la voz de Gisèle Pelicot vuelve a sacudir conciencias. Lo hace ahora con la publicación simultánea, en veinte países, de su testimonio “Un himno a la vida”, un libro que no es solo una narración personal: es una denuncia poderosa contra una de las formas más profundas y persistentes de violencia contra las mujeres.
La historia de Pelicot estremeció al mundo cuando se hizo pública: durante años, su esposo la sedó sistemáticamente para que otros hombres la violaran mientras ella permanecía inconsciente. Más de cincuenta agresores fueron identificados.Lo verdaderamente perturbador de esta historia no es únicamente la brutalidad del crimen, sino algo aún más inquietante: los responsables no eran monstruos ocultos en los márgenes de la sociedad. Eran hombres comunes. Había jóvenes y hombres mayores; solteros y casados; padres de familia; profesionales y obreros; hombres de fe y hombres ateos. Hombres de distintas edades y clases sociales, perfectamente integrados en la vida cotidiana.
Ese es, precisamente, el punto más incómodo de esta historia.
Durante décadas, la cultura popular ha intentado tranquilizarnos con la idea de que los agresores sexuales son aberraciones individuales: sujetos aislados, desviados, monstruos que habitan en los rincones más oscuros de la sociedad. Esa narrativa es cómoda porque permite pensar que la violencia sexual es un fenómeno excepcional.
Pero el caso de Gisèle Pelicot rompe esa ilusión.
Nos obliga a mirar de frente algo mucho más perturbador: la violencia sexual no es un accidente social; es una expresión extrema de estructuras culturales profundamente arraigadas.
Entre ellas, la llamada cultura de la violación, ese entramado de creencias, silencios, justificaciones y complicidades que trivializan o normalizan la violencia contra las mujeres. Una cultura que cuestiona a la víctima antes que al agresor; que pregunta qué llevaba puesto, dónde estaba o por qué no se defendió; que convierte el consentimiento en una zona gris y la dignidad de las mujeres en algo negociable.
En el caso de Pelicot aparece, además, otro elemento particularmente siniestro: la sedación química. El uso deliberado de sustancias para anular la voluntad y la conciencia de una persona no solo constituye un crimen; es la manifestación brutal de una idea profundamente arraigada en ciertos imaginarios patriarcales: la idea de que el cuerpo de una mujer puede ser apropiado, administrado o entregado por otro.
En este caso, por su propio marido.
Durante siglos, el matrimonio fue precisamente eso: una institución que otorgaba a los hombres un poder casi absoluto sobre el cuerpo de sus esposas. No es casual que la violación dentro del matrimonio haya sido reconocida como delito en muchos países apenas en las últimas décadas.
El caso Pelicot revela que esa lógica de apropiación no ha desaparecido del todo. A veces se transforma, se oculta o se desplaza a espacios más privados. Pero sigue operando.
En esta historia, decenas de hombres participaron en una cadena de violencia sistemática. Ninguno denunció. Ninguno detuvo la maquinaria. Nadie dijo basta.
Ese silencio colectivo también forma parte del problema.
Y es aquí donde aparece una de las reacciones más frecuentes cada vez que se intenta hablar de violencia estructural contra las mujeres: la indignación de los llamados “ofendiditos”. Aquellos que reaccionan con molestia cuando se utilizan expresiones como “los hombres”.
“No somos todos los hombres”, dicen.
Y es cierto.
No todos los hombres violan.
No todos los hombres agreden.
No todos los hombres participan en actos de violencia sexual.
Pero esa respuesta, aunque aparentemente razonable, suele perder de vista algo fundamental: la discusión no se refiere únicamente a individuos, sino a estructuras culturales de poder y complicidad.
Las estadísticas globales son contundentes. La abrumadora mayoría de las agresiones sexuales en el mundo son cometidas por hombres. Las víctimas son, en su inmensa mayoría, mujeres. Los patrones se repiten en distintas culturas, países y contextos sociales.
No se trata de acusar a todos los hombres como individuos.
Se trata de reconocer que la violencia sexual es un fenómeno profundamente atravesado por relaciones de poder de género.
Cuando una mujer puede ser violada durante años mientras permanece sedada, cuando decenas de hombres consideran aceptable participar en ese acto, cuando nadie denuncia y el silencio se convierte en complicidad, lo que estamos viendo no es un simple conjunto de decisiones individuales.
Estamos viendo una cultura.
Por eso el testimonio de Gisèle Pelicot es tan importante.
Porque decidió romper el silencio.
Porque decidió enfrentar públicamente su historia.
Porque se negó a aceptar la vergüenza que tantas veces se impone a las víctimas.
Y porque su voz transforma el dolor en algo distinto: una denuncia colectiva y una invitación a mirar la realidad sin anestesia.
Por eso una frase se convirtió en el símbolo de esta historia y de muchas otras: “La vergüenza tiene que cambiar de bando.”
Durante demasiado tiempo la vergüenza se ha impuesto a las víctimas. A ellas se les exige discreción, silencio y prudencia. A ellas se les pide no incomodar, no exagerar, no destruir reputaciones.
Gisèle Pelicot decidió hacer exactamente lo contrario. Renunció al anonimato. Se colocó frente a sus agresores y frente al mundo con el rostro descubierto. Habló con su nombre, con su historia y con su dignidad intacta.
Pero esa frase que hoy resuena en todo el mundo no nació en 2024.
Mucho antes, otra Gisèle la había pronunciado: la abogada feminista Gisèle Halimi.
En 1978, Halimi defendió a dos mujeres que habían sido violadas por tres hombres en un caso que se convirtió en un parteaguas para la sociedad francesa: el proceso de Aix-en-Provence, conocido como el caso Tonglet-Castellano. Halimi se negó a que el juicio se celebrara a puerta cerrada. Quería que la sociedad entera participara del debate. Quería que el país mirara de frente la violencia sexual. Y, ¡lo logró!
Ese juicio produjo una ruptura social, política y legislativa en torno a la violación. Halimi insistió en algo que hoy parece evidente, pero que entonces resultaba revolucionario: la violación no es sexo, es dominación.
Sostuvo que las mujeres no pueden verse obligadas a elegir entre ser violadas o defenderse hasta la muerte. Defendió el derecho de las mujeres a caminar, vivir y decidir sin miedo.
De ese proceso surgieron cambios fundamentales. En 1980 Francia reformó su legislación sobre violencia sexual: amplió la definición de violación, endureció las penas y modificó los procedimientos judiciales para que los juicios por violación dejaran de celebrarse a puerta cerrada.
En otras palabras: la sociedad cambió su manera de comprender la violencia sexual.
La frase de Halimi “la vergüenza tiene que cambiar de bando” se convirtió entonces en un poderoso eslogan feminista.
Casi medio siglo después, el caso Pelicot volvió a colocar esa frase en el centro del debate público. En 2024, en Aviñón, Gisèle Pelicot se colocó frente a 52 hombres que la habían violado (entre ellos su propio esposo) y lo hizo con la cabeza en alto y el rostro descubierto.
Antes de cada lucha siempre ha habido otra.
Halimi estuvo antes que Pelicot. Y gracias a esa lucha anterior, el caso Pelicot pudo abrir un nuevo capítulo.
Después de su juicio, Francia ha iniciado nuevamente un debate profundo sobre la definición legal de violación, particularmente sobre la centralidad del consentimiento y sobre la gravedad de la sedación química como forma de violencia sexual.
Las transformaciones legales, como sabemos, no ocurren espontáneamente. Son el resultado de luchas sociales persistentes.
La lucha contra la cultura de la violación y contra la normalización de la violencia es, desde luego, una lucha de mujeres. Pero es también una lucha por una sociedad distinta. Una lucha que involucra a mujeres y hombres comprometidos con desmontar las estructuras de dominación que han permitido que estas violencias persistan durante siglos.
El testimonio de Gisèle Pelicot marca, para mí, un antes y un después.
La destrozaron por dentro y por fuera y, aun así, convirtió todos esos pedazos en fuerza para seguir adelante. Su libro, su juicio y su decisión de seguir habitando el mundo con dignidad son un acto de valentía extraordinario.
No solo sobrevivió a actos terribles. Se convirtió en una voz que hoy habla en nombre de todas las mujeres que han sido víctimas de violencia sexual.
A mí su relato me llegó profundamente al alma.
También el de su hija Caroline Darian, quien en 2022 publicó un libro titulado Y dejé de llamarte papá, donde narra el impacto devastador que la violencia tuvo sobre toda la familia. Ese testimonio revela algo que muchas veces olvidamos: la violencia sexual no destruye solo a una persona, desgarra comunidades enteras.
Frente a estas historias, la respuesta no puede ser el silencio ni la incredulidad.
Debemos hacer lo que nos corresponde como sociedad.
Porque sin educación, sin políticas públicas que prevengan estas violencias, sin instituciones capaces de proteger a las víctimas y sancionar a los agresores, y sin un tejido social que funcione, estas conductas seguirán siendo toleradas o minimizadas.
En un mundo donde todavía existen quienes intentan minimizar la violencia contra las mujeres o ridiculizan el 8 de marzo, historias como la de Pelicot nos recuerdan por qué esta lucha sigue siendo necesaria.
Cada vez que una mujer decide hablar, cada vez que rompe el silencio, cada vez que se niega a cargar con una vergüenza que no le pertenece, la historia avanza un poco.
El título de su libro, Un himno a la vida, puede parecer paradójico frente a la brutalidad de lo vivido. Pero encierra una verdad profunda: sobrevivir, hablar, nombrar la violencia y exigir justicia también es una forma de afirmar la vida.
Su voz no solo cuenta una historia personal.
Nos obliga a mirar de frente una realidad que muchas veces preferimos no ver.
Y quizás ese sea el primer paso para cambiarla.
Porque si algo nos enseñan Gisèle Halimi, Gisèle Pelicot, Caroline Darian y tantas otras mujeres valientes que han alzado la voz, es que cuando la vergüenza cambia de bando, también comienza a cambiar el mundo.
