Así  cantaba la folclorista chilena, Violeta Parra en la segunda década del siglo pasado, y justamente a los diecisiete años volvió otra extraordinaria mujer  a su natal México y digo que nació en México porque ella misma se inmortalizó con aquel manifiesto casi anarquista y desafiante para una mujer de su época,  ¨Los Mexicanos nacemos donde nos da la gana¨, pues si estoy hablando de María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, una mujer con una filosofía de vida que descansaba sobre los pilares de la libertad, del dolor, de la existencia convertida en su forma  dramática de cantar. Enamorarse de ella era fácil se interpreta sin arrepentimiento de una carta escrita por la misma Frida Kahlo, incluso era capaz de usufructuar el erotismo de la manera más audaz con resultados exitosos para llegar y hacer llegar al cielo y volar en las alas del placer, con sus delicadas alas propias, alitas de mariposa que se tocaban con suavidad explosiva y húmeda.

Nació en Costa Rica, pero se construyó así misma como mexicana y compartió con el mismo José Alfredo Jiménez hasta el último trago antes de que él partiera de este mundo. El icónico Tenampa con sus mariachis y su duende, fue el escenario de su sed de tequila y de mezcal, que fueron las únicas bebidas que lograron silenciarla, pero no por muchos años. Volvió después de vivir un siglo de alcoholismo y con gran sabiduría logró descifrar los signos de su vida. Se rescató a sí misma sin dejar de vivir en el Boulevard de los sueños rotos donde vivió el resto de su existencia hasta morir de fatiga, dolorosamente feliz, completa y destrozada por dentro, arrepentida de lo que si acaso le faltó vivir pero no de lo que vivió.

Ejemplo de mujer libre que supo enfrentar el machismo, que nadó pero nunca naufragó en una sociedad cerrada que la rechazó por su valentía y por eso voló con alas propias  a México y lo hizo a su manera, sin miedo al qué dirán, disfrutando plenamente su poderosa naturaleza de mujer para gozarla como quería, ella se quitaba los pantalones con quién quisiera, hombre o mujer aunque como reconoció ella misma en su vida tardía, era manifiestamente, libre y decididamente lesbiana y para molestia de los moralistas así fue feliz y auténtica.

Fue dueña de su nacionalidad, de su música, de su sexualidad y voló libre por la vida, pero llevando el dolor en sus canciones y en su propia voz, no logró separar su alma de su música, no cantaba con el alma, ponía a su alma a cantar, le daba voz a su dolor y a  su sufrimiento y lloraba en cada letra que salía de su boca. Definitivamente sus heridas nunca cerraron, ni las heridas del rechazo que vivió en Costa Rica ni las que no contó pero que le abrieron  el corazón en México.

Ella podría ser la modelo del poeta costarricense Julián Marchena cuando escribió una de las mejores apologías a la libertad:

“Vuelo Supremo

Quiero vivir la vida aventurera

de los errantes pájaros marinos;

no tener, para ir a otra ribera,

 la prosaica visión de los caminos.

Poder volar cuando la tarde muera

entre fugaces lampos ambarinos

y oponer a los raudos torbellinos

 el ala fuerte y la mirada fiera.

Huir de todo lo que sea humano;

embriagarme de azul… Ser soberano

de dos inmensidades: mar y cielo,

y cuando sienta el corazón cansado

morir sobre un peñón abandonado

con las alas abiertas para el vuelo”

El riesgo que tomó de asumir su propio camino la llevó a vivir nueve décadas de libertad y no solo en lo político o en lo social, más bien en lo íntimo de su condición de mujer. Sin embargo, el precio de su libertad la colocó en una condición de mucha soledad, será porque cuando una persona decide ser auténtica el entorno la vuelve a colocar en una condición de desprecio. Soledad al romper con su familia y romper con el desprecio que sufrió durante sus primeros años de vida, soledad al decidir en donde quería nacer y comenzar su propio nacimiento desde su convicción seria y amorosa de que nació, vivió y murió mexicana. Yo al menos no conozco a otra persona tan valiente que pueda nacer en donde le dé la gana, imagino que hasta el ombligo se lo quitó ella sola y vivió las contracciones de su propio parto durante toda su vida.

Quién puede decir que escucha a Chavela Vargas y no se detiene un ratito a llorar con ella, sea  con lágrimas o con el corazón, es imposible reír escuchándola, ella es parte de ese selecto grupo de valientes que deja atrás todo para hacerse de nuevo, en un doloroso parto que la escuchó cantar una ranchera al nacer, nacimiento que vivió durante toda su vida y volvió a nacer cuando murió pero siempre en soledad, decía Chavela que ser libre no era tolerado por muchas personas pero igual no le importó y siguió cantando.

El próximo diecisiete de abril será el día en que se debe recordar que en mil novecientos diecinueve nació una de las mujeres más valientes de las que he podido leer y aprender, lo único que siempre voy a lamentar es no poder decir que ella fue mi compatriota, pero mi admiración por su valentía, su seguridad, su lucha contra dos sociedades muy cerradas. Chavela Vargas nos enseñó que se puede volar ¨entre fugaces lampos ambarinos y oponer a los raudos torbellinos el ala fuerte y la mirada fiera¨.

Y que se puede ¨Huir de todo lo que sea humano¨. Incluso de la patria que te vio nacer. Gracias Chavela por esa escuela de vida que enseñaste con tu propio ejemplo, gracias por renegar de mi país porque eso era parte de lo que tenía que pasar, gracias por enseñarme a vivir, solo quisiera pedirte prestadas tus alas para tener el valor algún día de que ¨cuando sienta el corazón cansado morir sobre un peñón abandonado con las alas abiertas para el vuelo.¨

El autor escribe desde San José, Costa Rica.