Charles Dickens (7 de febrero de 1812-9 de junio de 1870) fue un narrador natural, especialmente dotado para la novela por entregas, esa que requiere estimular la curiosidad del lector hasta el punto de esperar con pasión cada nuevo capítulo. En su obra construyó un mosaico histórico que documenta los problemas sociales y los cambios polítcios del final del siglo XIX. Transcribo las primeras líneas de su apasionante Historia de dos ciudades (tomo la traducción de Gregorio Lafuerza publicada por Cumbre).
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la época de la sabiduría y la época de la bobería, el periodo de la fe y el periodo de la incredulidad, la era de la luz y la era de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos derecho al cielo y rodábamos precipitados al abismo. En una palabra, era tan parecido aquel periodo al actual, que las autoridades coincidían al afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo es aceptable la comparación.
Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de los grandes almacenes de pan y de pescado de ambos países veían claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre.
Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un periodo tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones espirituales.
Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado, pronosticando que estaba todo dispuesto para que se tragase la tierra a Londres y Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural de originalidad, revelaron los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo.
Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores, permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos, le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó al alcance de su vista, a una distancia de cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya en los bosques de Francia y de Noruega los añosos árboles que la sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tan terrible celebridad ha conquistado en la historia.
