Estoy intrigado con la situación política en México; aquí llegan noticias de la herencia partidaria de la distinguida señora presidenta. No sé si ella es mandataria o es mandada; si ella se impone en sus decisiones o más bien fue que la impusieron; si ella sostiene al país o el país la tolera a ella. Es todo un laberinto de información que nos “fumiga” diariamente en estas latitudes fuera de las fronteras mexicanas.

La preocupación para mí es grande porque algo semejante está por pasar en Costa Rica este próximo ocho de mayo, cuando tendremos un cambio de poderes de nuestro actual presidente de la República, Rodrigo Chaves, y asuma la presidencia Laura Fernández Delgado, a quien muchos consideran su heredera política tras su contundente victoria electoral en febrero pasado. Lo que me gustaría entender es si las señoras Laura Fernández Delgado y Claudia Sheinbaum Pardo realmente serán consecuentes con sus ideas políticas y honestas con los pueblos que les corresponde gobernar, y si tendrán argumentos para ser reconocidas por la historia como mujeres valientes que tuvieron el coraje de no ser manipuladas por sus antecesores políticos.

Entonces, ¿será que son y serán consecuentes con ellas mismas o dejarán pasar esta oportunidad histórica que la vida les dará una sola vez? Bueno, entonces será otra similitud entre nuestros dos países: dos expresidentes con liderazgo fuerte, longevo y de no muy grata memoria para muchos, y dos estimables damas que, acompañadas de sus príncipes consortes, sonríen bonito a la cámara por las mañanas.

Este tema me tiene tan intrigado que superó la confusión que ya tenía por entender si ahora, cuando se habla de Morena, puedo seguir encendiendo velitas a la Virgen o ya no, y más bien es solamente una agrupación política.

Costa Rica y México de verdad que tienen mucho en común. Por ejemplo, tenemos una escuela que se llama República de México y un barrio capitalino que se llama Barrio México, que cuenta con una estatua de José María Morelos. Tenemos el valioso obsequio del Gobierno mexicano de una placa conmemorativa a propósito de los doscientos años de vida llamada independiente —la “Placa del Bicentenario”— en la que se da fe y testimonio de la amistad fraterna entre nuestros dos países. Esta placa es del año dos mil veintiuno; a lo mejor, si recuerdo quiénes gobernaron en ese año, pueda resolver la incógnita que tengo con las señoras presidentas, o a lo mejor eso no me aclare esta duda que tantas noches me quita el sueño.

Igualmente, tenemos las hermosas Alas de México en el centro de San José, en medio del nostálgico Parque Francisco Morazán, cuyo nombre viene de un héroe de la patria quien además fue jefe de Estado y que, en su momento —y en cumplimiento de las reglas más propias de la política nacional— fue fusilado; para luego de matarlo hacerle un bellísimo homenaje poniéndole su nombre y apellido al parque donde hoy las encontramos. Se trata de una obra que simboliza la posibilidad de trascender y de ser libre con solo colocarse en medio de estas piezas en bronce del maestro mexicano Jorge Marín. Yo me he tomado la foto allí y, pues, tengo mis reservas sobre trascender y ser libre, pero vamos, que la intención es buena y de gran calidad artística.

No puede faltar en la capital la representativa  estatua a Benito Juárez en el Parque de Barrio México, ni tampoco la de Miguel Hidalgo en el imponente Parque Nacional.

Una de las casas más bellas de San José es la Embajada de México, que data de principios del siglo pasado y donde se encuentra la mesa donde se firmó uno de los  pactos más importantes del siglo veinte para poner fin a una revuelta militar que algunos llaman la Revolución del cuarenta y ocho. El Pacto de la Embajada de México, en abril de mil novecientos cuarenta y ocho, evitó que los rebeldes entraran a la capital y nos ahorró un baño de sangre. Curiosamente, a las fuerzas militares del gobierno se les llamaba “mariachis” porque se protegían del frío con coloridas frazadas que usaban como ponchos.

Este pacto fue uno de los acontecimientos más importantes de la primera mitad del siglo  veinte y, gracias a la intervención de la misión diplomática mexicana, terminó la revuelta encabezada por José Figueres Ferrer, quien había estado exiliado en México. Al final, su rival, Rafael Ángel Calderón Guardia, también acabó exiliado en tierras mexicanas. Tenemos, pues, a dos expresidentes enemigos que acabaron una guerra gracias a la intervención de México.

Y si todo lo anterior no fuera suficiente para valorar la influencia mexicana, ¿qué tal la frase que más nos identifica en el mundo? El “Pura Vida”. Pues sí, también es mexicana. Resulta que en mil novecientos cincuenta y seis, el comediante Clavillazo protagonizó la película ¡Pura vida! y bastó que repitiera esa frase para que la sociedad costarricense de la época la adoptara como su filosofía de vida.

Lo que sí me sigue atormentando son dos cosas: la primera, ¿todavía se le pueden prender velitas y pedir favores a la Morena del Tepeyac o solo se puede votar por ella? Y la segunda, con respecto a lo que nos depara la historia sobre las dos damas que ejercen la presidencia: ¿Será que gobiernan ellas?

San José, Costa Rica

Jobrenes@brenesybrenes.com