En los años noventa se dijo, a los grandes grupos de la opinión pública no especializada, que los negociadores mexicanos del TLC se habían “chamaqueado” a los norteamericanos. Lo dijeron sobre todo los sindicatos norteamericanos que, según sus dirigentes, habían resultado perjudicados.
La supuesta “chamaqueada” fue porque los mexicanos consiguieron un tratamiento asimétrico en los temas relacionados con los ingresos de los trabajadores. Sencillamente, dijeron los mexicanos, no se puede obligar, porque sería imposible cumplir, a un empleador de Puebla que pague los mismos salarios que uno de Pittsburg. Se trata -decían los mexicanos- de una realidad asimétrica que exige un tratamiento en las mismas coordenadas. Seguramente, con el tiempo, los salarios en uno y otro país tenderán a ser menos desiguales. Finalmente, para eso es, era en ese momento, el Tratado de Libre Comercio.
El asunto viene a tema porque, en las nuevas negociaciones, el asunto de los diferenciales en los salarios va a salir a relucir.
Ese asunto y el que se relaciona con las independencias sindicales y la libertad para elegir la organización que los represente por parte de los trabajadores, sin duda alguna, va a hacer ruido y ya se presentó un caso en los días pasados. Ahí nuestros negociadores deberán estar muy atentos y hacer acopio de los mejores argumentos, sobre todo, para resaltar los pasos que se han dado en la dirección apropiada.
Lo del renglón cualitativo -el monto- de los salarios no es tan difícil como lo parece. En realidad, la alusión a las asimetrías de unos y otros países son tan ciertas que constituyen un problema en sí. Es decir, el argumento sigue siendo válido y, no solo eso, sino que esas diferencias salariales ya se aceptan -entre los empresarios- sin mayores problemas. Sencillamente, son aprovechadas por los inversionistas de Canadá y Estados Unidos que han traído sus capitales a nuestro país.
Por supuesto, no nos debe enorgullecer el hecho de que somos más competitivos por nuestros bajos salarios, pero esa realidad no es una causa, sino un efecto de nuestros problemas estructurales. Problemas entre los cuales se encuentra, por supuesto, el de nuestras balanzas comerciales siembre sombreadas por los déficits de viejo y nuevo cuño.
Por ahora, y hay que decirlo tal como es, los costos de producción son menores relativamente en México y a ese clavo debemos agarrarnos. Ya vendrá, y urge, una nueva etapa del T-MEC que nos permita tener otras ventajas comparativas y lo lograremos porque es posible. Por supuesto, con una integración más completa y estimulante para nuestros sectores empresariales.
¿Chamaqueamos al gabacho o no lo chamaqueamos? En realidad, no hubo tal chamaqueo y unos y otros resultamos ganadores, por lo general. Lo que sucedió fue que hubo un excelente proceso de negociación a pesar de que los mexicanos no tenían mayor experiencia en esas tareas.
Lo que se desprende de aquella experiencia es la necesidad de recurrir ahora a las mayores habilidades posibles. En aquellos años nació la pollita de los huevos de oro y no podemos caer, ahora, en este tiempo, en la peregrina actitud de matarla.
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