Los cuentos de la danesa Isak Dinesen (Baronesa Karen Blixen-Finecke17 de abril de 1885-7 de septiembre de 1962) están cargados de una magia gótica y encantadora. La autora que supo mirar a las comunidades kenianas y entregar la inmortal Africa mía, escribió 47 relatos. Transcribo las primeras líneas de “El relato del gurmete”.

Cuando el bricbarca Charlotte hacía la travesía entre Atenas y Marsella, el cielo estaba oscuro y la mar arbolada, secuela de tres días de tempestad. Agarrado a un obenque, un pequeño grumete llamado Simón miraba desde la balanceante y mojada cubierta hacia los negros nubarrones que cruzaban el cielo y hacia la verga del juanete del palo mayor.

Un pájaro que había buscado refugio en el mastelerillo tenía las patas enredadas entre los cabos del aparejo de la driza, y allí, en las alturas, luchaba por liberarse. Desde la cubierta, el grumete podía ver su desesperado aletear y sus bruscos movimientos de cabeza.

Su propia experiencia de la vida había convencido al muchacho de que, en este mundo, cada uno debe cuidar de sí mismo sin esperar ayuda de los demás. Pero aquella lucha silenciosas y mortal le tenía fascinado desde hacía más de una hora. Se preguntó qué pájaro sería. Durante los últimos días, un gran número de pájaros habían venido a posarse en los cabos del bricbarca: golondrinas, codornices y una pareja de halcones peregrinos; pensó que debía tratarse de un halcón peregrino. Recordó entonces, que muchos años atrás, en su propio país, y en las proximidades de su casa, había conseguido acercarse mucho a un halcón peregrino que estaba posado en una roca y que de pronto se elevó hacia los cielos. A lo mejor es el mismo, pensó. Ese pájaro es como yo: un día en un sitio y al otro en el otro.

Este pensamiento generó en él un sentimiento de camaradería, como si la tragedia del pájaro fuese también la suya; y siguió mirándolo con el corazón en la garganta. Como no vio por allí a ningún marinero que pudiese burlarse de él comenzó a pensar en la forma de trepar por la jarcia para liberar al halcón. Se echó hacia atrás el cabello, se arremangó, miró a su alrededor y comenzó a trepar. El balanceo de la jarcia le obligó a detenerse un par de veces.

Al llegar a lo alto del palo comprobó que se trataba de un halcón peregrino. Cuando su cabeza estuvo al nivel de la del halcón, éste dejó de luchar y se le quedó mirando con unos ojos amarillos, furiosos, desesperados. Simón tuvo que agarrarle con una mano mientras sacaba el cuchillo y cortaba los cabos del aparejo. Cuando miró hacia abajo se asustó, pero al mismo tiempo tuvo la satisfacción de saber que nadie le había ordenado subir, y sintió el orgullo de vivir su propia aventura y una rara sensación de paz, como si el mar y el cielo, el barco, el halcón, y él mismo fueran una sola y misma cosa. Tan pronto desenredó al halcón, éste le picó en el dedo gordo, haciéndole sangrar, y entonces estuvo a punto de soltarle, pero le dio un rabioso golpe en la cabeza, lo metió debajo de la chaqueta y descendió a cubierta.

El piloto y el cocinero estaban allí parados observándole y le preguntaron a gritos qué se le había perdido allá arriba. El grumete estaba tan extenuado que se le saltaon las lágrimas. Sacó al halcón y se lo enseñó: el pájaro se movió de su mano. Los dos hombres se alejaron riendo. Simón posó al halcón en la cubierta, retrocedió unos pasos y se le quedó mirando […] lo volvió a coger y lo puso encima de un rollo de lona. Un momento después el halcón comenzó a alisarse las plumas, dio dos o tres saltos hacia adelante y emprendió el vuelo.