El pasado 25 de marzo se conmemoró el centenario del natalicio del singular y notable poeta chiapaneco Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926-Ciudad de México, 1999), uno de los más reconocidos y leídos de la lírica mexicana del siglo XX. Un poeta muy popular, en el mejor sentido del término, consiguió reunir en vida una auténtica cofradía de correligionarios sabinistas apasionados de su universo poético, de su auténtica voz lírica, de su no menos personal manera de sentir y de decir la poesía. En un mundo de cada vez más escasos lectores de poesía, Sabines y su obra volvieron el género a su origen oral, se podría decir que incluso dramático, pues la poesía es una experiencia esencialmente solipsista ––tanto en su creación como en su lectura––, pero también lo puede ser colectiva. Y si no pensemos en ese maravilloso proyecto lidereado por Juan José Arreola, “Poesía en voz alta”, en el cual también llegó a participar el mismo Sabines, entre otros extraordinarios grandes poetas y prosistas, dramaturgos y actores.
Tradición y originalidad, recordando otra vez el formidable ensayo de Pedro Salinas en torno a su coterráneo renacentista Jorge Manrique, el autor de ese enorme texto de transición que es “Coplas a la muerte de su padre”, nuestro poeta también alcanzó grandes momentos donde pasado y presente confluyen en formidables textos de notable hallazgo. Un ejemplo de ello es precisamente su no menos hondo y conmovedor poema “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, en la medida en que su padre fue determinante en su formación y en el descubrimiento de su verdadera vocación. Cronista lírico en primera instancia de su personal y accidentado transitar existencial, “Doña Luz” sería la catarsis inmediata y necesaria a la pérdida de su señora madre, tan dolorosa y radical como la de su padre. Ambas, en palabras de él, partieron su vida en dos, mejor sería decir en cuatro, y su escritura significaría la bocanada de aire necesario para seguir respirando. También poeta del amor y el desamor, quizá sea “Los amorosos” uno de sus textos más conocidos y leídos.
Quien en 1943 se trasladó a la Ciudad de México para iniciar sus estudios como médico en la Escuela Nacional de Medicina, su encuentro con ese otro sí médico de profesión y también no menos rotundo poeta Elías Nandino sería muy aleccionadora. El Doctor Nandino fue uno de los primeros más entusiastas promotores de su poesía, y mucho me gusta su carta sincera y convincente, escrita en su revista Estaciones, a la aparición del poema determinante Tarumba, de 1954. Sabines se convertiría desde entonces en colaborador asiduo de esa importante publicación, y para no repetir los juicios certeros que ya se han vertido sobre su poética, prefiero citar parte de esa misiva que muy bien define la esencia de la voz lírica de Sabines, y que incluyo en mi libro Elías Nandino: Poeta de la vida, poeta de muerte:
Me parece que, sin usar espuelas ni hablar de nopales y tunas, su poesía es netamente mexicana y de voz universal. Habla desde donde se nutre, goza y sufre, y la tragedia que bebe es la que contempla y respira en ese pedazo de tierra que es una célula de México.
Su vocabulario nace del paisaje que lo rodea. Huele y sabe al fruto virgen y al agudo dolor de la espina. Por esto sus poemas tienen la virtud de comunicarse; porque son de cosecha directa, humanos, vividos, de un ser que participa en el goce y la pena de los demás.
Solamente le hago notar un pero y, con perdón de Usted, se lo voy a señalar.
Si es que piensa que tengo razón, hágame caso, y si no, con no tomar lo dicho en cuenta habrá cumplido.
Su poesía es directa, limpia (agua fresca de cántaro), íntegra, sencilla, honda. Si es así ¿para qué entonces recurrir a las palabras procaces? Existen, pero para otro uso, mas nunca para la Poesía. No las use. Cuando se está gozando de una catarsis con su poema, son como una piedra en un espejo. No olvide que el poema es como una esposa, que hay que amarlo pecando, pero sin pervertirlo ni empañar su castidad. No imite a esos poetas que, como los charros, necesitan tirar balazos y proferir malas palabras para que la gente los descubra. No; usted es poeta de verdad y debe respetar su jerarquía.
También admiro mucho la devoción profunda de su innato panteísmo y su adentrado amor por su suelo. Esto es ser mexicano, escribir desde la tierra que pisamos.
No sé cuál preferir de sus poemas, pero sí debo decirle que no tiene ninguno que esté vacío. Todos encierran su angustia, su desesperación, su trágica ironía, su verdad agobiada y el apego instintivo al nativo polvo a donde se denuncia unido con hambre de raíz.
La respuesta del poeta más joven cierra el círculo para esta comprensión más cabal de la lírica de Sabines. Son dos voces y opiniones en apariencia distantes, pero a la vez complementarias, porque la poesía constituye en esencia una línea continua, desde sus orígenes hasta la eternidad, en la medida en que ha acompañado a la condición humana en su continuo caer hacia abismo. El encuentro de dos generaciones, y por lo mismo de dos visiones distintas de la poesía, revela mucho del espíritu ––a manera de síntesis creativa–– de ambos autores. Curiosamente, Nandino escribiría a la postre sus propios poemas “procaces” (Erotismo al rojo vivo), y Sabines los suyos más límpidos y metafísicos. Admirador y promotor de su obra, como de la de otros jóvenes, Nandino refirió alguna vez la manera en que el hermano de Sabines rescató un poema (“Tío Changua”) de las llamas, en medio de una borrachera, y se lo dio a Rubén Salazar Mallén para publicarlo en Estaciones:
Leí hace unos días su carta publicada en Metáfora. Quiero darle las gracias por ella. Me conmueve su sinceridad tan fraternal, su interés de hermano mayor, su bondad.
Me he preguntado muchas veces cuáles son los límites de la poesía (hasta dónde es lícito ensuciarla, revolcarla en lo cotidiano, emputecerla como a una esposa, llevarla a la blasfemia como a un santo, a la traición como a un héroe, al horror como a un niño; retorcerla: colocarla en lo absurdo; darla a lo monstruoso […]) Pero, ¿cuáles son los límites míos?
Creo que uno es el aspecto estético y otro el moral. El único límite de la poesía es la verdad, la autenticidad, la conformidad con el hecho emocional.
¿Qué derecho tengo yo, ni nadie, a quitar de la boca de un poeta las palabras groseras y vulgares, si éstas expresan el momento vulgar y grosero que vive el poeta? Quitarlas sería adulterar el poema, falsear la verdad, pura hipocresía e inmoralidad.
No quiero decir que la poesía deba ser un ramillete de procacidades, pero sí que puede, en algún momento, respirar a pesar de ellas.
Coloquemos al poeta en otra circunstancia y será otra su poesía. Esto quiero que sea la poesía: una cosa viva, de carne y hueso, con mis defectos y mis virtudes, con mi lucha; no uniforme, ni parecida siempre a sí misma como una idea.
Después de todo, la poesía no es más que un testimonio, un relato, una carta de lo que vivimos.
Tenga piedad de mí, o moléstese conmigo, no con mi poesía. Yo soy el que arroja esa piedra contra el espejo cuando aparece Dios. Me gusta Tarumba porque es entero y fiel. No me gusta el poeta de Tarumba porque es un hombre en crisis, desorientado, torturado y sin ganas ––no me gusto yo, aquí, sin hacer nada, sin vivir nada––. Es probable ––es necesario–– que me vaya a México a fines de año. Aquí me estoy perdiendo, hundiendo, nada más.
Miembro de una generación prominente, a su regreso a la Ciudad de México coincidió, en la carrera de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM, con Emilio Carballido, Sergio Magaña, Ramón Xirau, Sergio Galindo y su coterránea Rosario Castellanos. Lector agudo, entre otros, de la obra de Ramón López Velarde, César Vallejo, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Pablo Neruda, entre otros autores que le iluminaron el camino, lo cierto es que Jaime Sabines consiguió delinear una voz poética única e inconfundible. Ya escribió el mismo Octavio Paz un día de él, con la claridad de pensamiento que lo caracterizaba: “Su humor es un chaparrón de bofetadas, su risa culmina en un aullido, su cólera es acelerada y su ternura colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de operaciones. Para Sabines, todos los días son el primero y el último día del mundo”.
