Por razones conocidas, el Papa está de moda y, en su doble condición de jefe de Estado de la Santa Sede y jerarca máximo de la Iglesia católica, goza de gran prestigio. En el ejercicio de ambas investiduras, se afirma que no hace política porque su reino no es de este mundo. No obstante, los hechos y voz del Sumo Pontífice son referentes en temas que interesan a la comunidad de naciones. Libres del antiguo dogma de la infalibilidad, los pronunciamientos de León XIV confirman la gran influencia que ejerce, entre otros, en capítulos relacionados con la moral, la justicia y la paz. En efecto, a lo largo de la historia pero señaladamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los sucesivos sucesores de Pedro, en mayor o menor medida, han sido arquitectos del orden global. Lo mismo para denunciar la guerra que para impulsar la solidaridad y el compromiso con los menos favorecidos, el punto de vista papal no puede pasarse por alto porque trasciende el ámbito de lo religioso. Esa opinión, fundamentada en los concilios vaticanos Primero y Segundo, traza rutas para la conducta ética de personas, pueblos y naciones, con base en lo que dispone el Derecho Natural. Ello explica que la pedagogía eclesiástica del Papa estadounidense descarte la servidumbre, condene la guerra y ponga en alto a la paz, como estado ideal donde prosperan la justicia y la tolerancia, el diálogo cultural e interreligioso y la opción preferencial por los pobres.

Tras los llamados de Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris y de Paulo VI en Populorum Progressio, Juan Pablo II tuvo el acierto de posicionar a la sede petrina como actor central de las relaciones internacionales, en el momento crucial del desmoronamiento del bloque socialista. Con ese bagaje, sus sucesores Benedicto XVI y Francisco I ejercieron su labor pastoral con ánimo de contribuir al entendimiento universal, en la compleja etapa de la posguerra fría. Ambos lo hicieron desde una plataforma de fortaleza doctrinaria, que llevó al obispo alemán a denunciar el relativismo y a criticar al “palacio de cristal”, como llamaba a la ONU, por apartarse del jusnaturalismo en aras, decía, de un desarrollo progresivo equivocado del Derecho Internacional. Ello explica el permanente rechazo de Ratzinger a la imposición de bloqueos contra países determinados, por ser una práctica disfrazada de legal pero claramente violatoria del Derecho Internacional Humanitario. Por su parte, Bergoglio retomó las enseñanzas conciliares para denunciar la situación de los migrantes, proteger el patrimonio natural y denunciar lo que llamó la “cultura del descarte”, en alusión a los efectos perniciosos de la economía neoliberal en el desarrollo sustentable y entre los sectores sociales menos favorecidos. Hoy, en un entorno mundial tenso y peligroso, León XIV replica estas enseñanzas en su narrativa religiosa y en el ejercicio de su apostolado, dentro del espíritu misionero agustino que lo formó como sacerdote. Cierto, Robert Prevost, con humildad pero firmeza, hace señalamientos que incomodan al poder porque subrayan el deber ser, que entiende como servicio a la comunidad y no como culto a la personalidad y al dinero. Despúes de todo, lo que hace como pastor resume dos mil años de historia cristiana y aspira a hacer del planeta un hogar seguro y viable para toda la humanidad. Así lo sugirió al inicio de su reinado, el 8 de mayo de 2025, cuando pidió apoyo e invitó a que todos le ayuden a construir puentes  de diálogo “para ser un solo pueblo, siempre en paz”. (Opus iustitia pax)

El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.