Hay momentos políticos que terminan revelando mucho más de lo que inicialmente querían ilustrar.  Lo que ocurrió este fin de semana en Chihuahua es parte de estos. La “marcha por la soberanía”, como la llamó Morena, resultó ser, en cierto sentido, una muestra de algo bastante diferente: la profunda desconexión del partido gobernante con el sentimiento político, social e identitario de Chihuahua.

Hubo una intención desde el principio, utilizar el desmantelamiento de un laboratorio de drogas en el municipio de Morelos, para construir una narrativa nacional contra el Gobierno del Estado, y transformar una operación contra el crimen organizado en una ofensiva político-electoral.

No fue una movilización espontánea ni una causa ciudadana surgida desde abajo. Fue una maniobra política establecida desde el centro del país, con el objetivo de intentar presentar a Chihuahua como un ejemplo de supuesta subordinación a intereses extranjeros.

Pero la realidad resultó ser diferente.

Aunque Morena intentó proyectar una demostración masiva de fuerza al convocar a buena parte de su liderazgo nacional y movilizar estructuras políticas, a la presidenta Montiel solo la acompañó el hijo de AMLO. La reunión, sin embargo, reveló algo mucho más importante: la incapacidad del partido gobernante para conectar genuinamente con el pueblo de Chihuahua cuando intenta utilizar la agenda de seguridad pública con fines partidistas.

Porque el núcleo del conflicto nunca fue la soberanía nacional. El verdadero debate era otro: si Chihuahua debería castigar a un gobierno que luchó y desmanteló una operación criminal o, por el contrario, debería normalizar la idea de que actuar contra el narcotráfico puede convertirse en un motivo de persecución política.

Y ahí es donde Morena calculó mal.

Chihuahua tiene una relación históricamente diferente con el poder central. En el norte, hay una cultura política profundamente ligada a la autonomía, el carácter regional y la defensa de las propias decisiones contra el centralismo. Esta identidad no surgió ayer ni depende de un partido político. Es parte de la propia historia del estado, la defensa histórica por la democracia y el federalismo.

Y es por eso por lo que el esfuerzo de querer imponer una narrativa concebida para el consumo nacional desde el centro se topó con una resistencia —política e identitaria— mucho más fuerte de lo que el gobierno imaginaba. Lo que se mostró el sábado no fue simplemente una plaza con menos invitados de los anunciados.

Lo que se reveló fue el límite político de Morena en Chihuahua. Porque cuando una movilización realmente conecta con el ánimo social, tiende a desbordar incluso obstáculos, críticas o tensiones políticas. Lo que ocurrió aquí fue precisamente lo contrario: más expectativa mediática que fuerza territorial.

Mucho más aparato que convicción social. Y eso tiene importantes consecuencias políticas. Durante meses, la premisa fue que Morena inevitablemente se movería hacia el control político de Chihuahua. El gobierno apostaba a que la narrativa presidencial, los programas sociales y la fuerza electoral nacional serían suficientes para erosionar cualquier resistencia local.

Pero el episodio reveló otra historia: Chihuahua sigue manteniendo un fuerte escudo político e institucional contra las dinámicas de subordinación partidista impulsadas desde el centro del país.

La reacción ciudadana también dejó de lado una definición extra importante: en Chihuahua, hay una diferencia marcada entre combatir el crimen organizado y utilizar políticamente el tema de la seguridad pública.

Morena intentó enmarcar la operación en Morelos como una afrenta a la soberanía nacional. Sin embargo, para gran parte de la sociedad chihuahuense, la verdadera soberanía reside precisamente en impedir que el crimen organizado opere con impunidad dentro del territorio estatal.

Y ahí es donde yace el núcleo profundo del debate. Por ahora, la discusión no es solo legal o electoral. Es una discusión sobre el tipo de sociedad que México quiere ser y sobre los tipos de gobiernos que las entidades están dispuestas a aceptar.

En este contexto, el caso de Sinaloa inevitablemente se avecina.

No podemos ignorar lo que está sucediendo ahora en ese estado.

En Estados Unidos, se han realizado investigaciones, exfuncionarios de alto nivel se están entregando, las crecientes acusaciones de conexión entre las estructuras de gobierno y las organizaciones criminales están aumentando, al igual que el deterioro social y económico que ocurre dentro de esta entidad; una pregunta, profundamente incómoda para el país: ¿qué sucede una vez que el crimen organizado deja de infiltrarse en el poder y comienza a formar parte de él? Ese es el verdadero espectro que permanece sobre gran parte de México hoy.

Por eso la reacción de Chihuahua va mucho más allá de la disputa inmediata de cualquier partido. Muchas personas percibían que esta movilización no significaba más que girar hacia una nueva narrativa y normalizarla, y así comenzó a normalizarse una en la que luchar contra el crimen se vuelve incierto, pero políticamente estar con él es cada vez más aceptable.

Y eso explica buena parte del rechazo social que terminó enfrentando Morena.

Nadie puede afirmar seriamente que Chihuahua es inmune a los problemas de violencia e inseguridad que está experimentando el país. Pero precisamente por esto, también hay una conciencia cada vez más clara de lo que está en juego cuando las instituciones ceden terreno al poder criminal.

Sinaloa hoy representa, para muchos mexicanos, una advertencia dolorosa de lo que sucede cuando la línea entre el gobierno y el crimen comienza a desdibujarse.

Chihuahua, por otro lado, envió un mensaje político diferente este fin de semana. Uno que va mucho más allá de una marcha fallida. El mensaje de que amplios sectores de la sociedad chihuahuense no están dispuestos a aceptar que la seguridad pública se convierta en una herramienta electoral, ni que la lucha contra el crimen sea reemplazada por narrativas de conveniencia política.

Porque cuando se trata de defender la libertad, su soberanía y la dignidad contra el crimen y el centralismo político, Chihuahua no se raja, somos gente valiente, noble y leal.

El autor es senador de la República y presidente de la Comisión de Desarrollo Municipal

@MarioVzqzR