En el “círculo de lectura dedicado a explorar cómo la novela ha pensado el poder, la violencia, la revolución y la memoria histórica a lo largo de los siglos”, su director, Pedro Aguirre, ha incluido El guerrero a la sombra del cerezo (Suma, 2017), segunda novela de David B. Gil (Cádiz, 22 de septiembre de 1979), por estar “ambientada en Japón a finales del siglo XVI y comienzos del periodo Edo, cuando el país pasa de la ‘Era de los Estados en Guerra’ a un proceso de reunificación y pacificación bajo el shogunato. Presenta intrigas entre clanes, la figura del daimyo y del samurái y el desplazamiento político del emperador a un segundo plano”. Transcribo las primeras líneas del “Prólogo”.

Los cascos batían la tierra levantando barro y gravilla a su paso. Sobre su cabeza, la tormenta iluminaba el cielo nocturno, para, al instante, estremecer el suelo bajo sus pies. Viento y lluvia le mordían el rostro mientras cabalgaba contra su propia desdicha “¡Ryaaaa, ryaaaa!” gritó a la yegua, que compartía la mirada desquiciada del jinete.

Kenzaburo Arima se esforzaba por controlar al animal valiéndose de sus piernas y de la única mano con la que sostenía las riendas; con la otra abrazaba al niño que se aferraba a él con desespero, la mejilla aplastada contra el ensangrentado peto de la armadura. Aquella criatura de apenas nueve años era Seizo Ikeda, probablemente el último superviviente de la familia Ikeda una vez amaneciera y, por tanto, su señor. Su absoluta prioridad era ponerlo a salvo, protegerlo con su vida. Kenzaburo estrechó su abrazo en torno a Seizo, cubriéndole con la mano el rostro para resguardarlo de la tormenta, y exigió un poco más a su montura. Aún escuchaba a su espalda el choque del acero, los gritos y los llantos, el rugido del fuego hambriento… Se obligó a serenarse. “Llevas media noche cabalgando, esos gritos sólo resuenan en tu cabeza”. Pero volvió a espolear a la yegua por la sinuosa vereda.

Incluso consumido por la angustia, Kenzaburo Arima continuaba siendo un estratega. Conocía a la perfección aquellas tierras: en cada arroyo se había lavado, en cada cueva había dormido y en cada bosque había cazado. Tenía que hacer valer su ventaja, así que se alejó de los caminos que figuraban en los mapas y voló como el viento por las borrosas sendas que sólo conocían los labriegos y los cazadores. Vadeó arroyos para dificultar que siguieran su rastro, cambió de dirección en varias ocasiones, incluso se internó campo a través entre raíces y resbaladiza hojarasca. Siempre sin dejar de cabalgar, siempre alejándose de la pesadilla en que, súbitamente, se había convertido su vida.

Sólo cuando el animal comenzó a temblar comprendió que su huida había dejado de ser desesperada para convertirse en temeraria, así que tiró de las riendas y se detuvo en un claro barrido por la lluvia. Palmeó el cuello del animal. Si continuaba así, sólo conseguiría caer descabalgado por alguna rama o que su yegua se rompiera una pata. Aguzó el oído: nada, ningún sonido ajeno a la noche o a la tormenta.

—Señor Seizo, ¿se encuentra bien? —susurró al oído del pequeño.

Éste se estremeció por un momento y, sin dejar de abrazarle, se separó un poco de su pecho para mirarlo a la cara. Asintió sin decir palabra. Era un niño hermoso, de unos profundos ojos negros como el mar de noche, pero que ahora aparecían desbordados por las lágrimas, lívido el rostro.

—Bien, no hable. Aún no estamos a salvo.