Nakajima Ton (Tokio, 5 de mayo de 1909-4 de diciembre de 1942) fue un erudito atormentado por el abandono de sus padres, lo que imprimió a su narrativa la búsqueda del sentido de la vida. Transcribo las primeras líneas de su relato “El experto” (traducido del japonés al inglés por Ivan Morris, y del inglés al español por Irene Peypoch).
En la ciudad de Hantan, capital del antiguo Estado chino de Chao, vivía un hombre llamado Chi Ch’ang que aspiraba ser el mejor arquero del mundo. Después de muchas averiguaciones, supo que el más importante maestro del país era un hombre llamado Wei Fei, cuya puntería era tan perfecta que tenía la reputación de ser capaz de hacer blanco con todas las flechas de una aljaba en una misma hoja de sauce a una distancia de cien pasos. Chi Ch’ang se dirigió hacia la lejana provincia donde vivía Wei Fei y fue su alumno.
Lo primero que Wei Fei le ordenó fue que aprendiese a no parpadear. Chi Ch’ang regresó a su hogar y, tan pronto como hubo entrado, se deslizó bajo el telar de su esposa y se quedó allí acostado sobre la espalda, con la intención de mirar sin pestañear el pedal que subía y bajaba directamente ante sus ojos. A la mujer le sorprendió verle en aquella postura y dijo que no podía hilar con un hombre mirándola desde aquel extraño ángulo, aunque fuese su propio marido. Pero sus quejas no le sirvieron de nada y tuvo que seguir tejiendo.
Día tras día, Chi Ch’ang ocupó su puesto bajo el telar, tratando de no parpadear. A los dos años lo había conseguido, aunque una de sus pestañas fuese atrapada por el pedal. Cuando salió de debajo la máquina por última vez, advirtió que su larga disciplina había dado sus frutos. Nada podía hacerle parpadear, ni un golpe sobre el párpado, ni una chispa de fuego, ni una nube de polvo levantada de pronto ante sus ojos. Tan a fondo había entrenado los músculos de sus ojos a la inactividad que, aun mientras dormía, permanecían abiertos. Un día en que estaba sentado con la mirada fija ante, sí, una minúscula araña tejió su tela entre sus pestañas. En aquel momento se sintió suficientemente preparado para presentarse ante su maestro.
—No parpadear es el primer paso —observó Wei Fei cuando Chi Ch’ang le hubo contado afanosamente la historia de su progreso—. Ahora tienes que aprender a mirar. Practica mirando las cosas y si llega el momento en que lo diminuto te parece llamativo y lo que es pequeño se te haga descomunal, vuelve a visitarme.
De nuevo Chi Ch’ang volvió a su casa. Esta vez fue al jardín y buscó un insecto diminuto. Cuando halló uno apenas visible a simple vista, lo colocó sobre una brizna de hierba que colgó de la ventana de su estudio. Se situó en el otro extremo de la habitación y se sentó allí, día tras día, mirando al insecto. Al principio casi no lo discernía, pero después de diez días empezó a verlo ligeramente mayor; al final del tercer mes parecía haber crecido hasta llegar a ser del tamaño de un gusano de seda y podía vislumbrar con claridad los detalles de su cuerpo.
[…]
Durante tres años, casi no abandonó su estudio; pero un día advirtió que el insecto de la ventana le parecía tan grande como un caballo.
—¡Lo he logrado! —exclamó golpeándose una rodilla. Salió corriendo de su casa. Se le hacía imposible creer lo que veía: los caballos eran tan altos como montañas, los puercos eran como elevadas colinas y las gallinas como torres de castillo. Saltando de alegría entró de nuevo en su hogar e inmediatamente puso una delgada flecha Shuo P’éng en un arco hueco. Tomó puntería y la clavó directamente en el corazón del insecto, sin tocar la brizna de hierba sobre la cual reposaba.
