En los años 70 se cumplieron 100 de la publicación de El capital, un libro escrito por un genio llamado Carlos Marx y un industrial de origen aristocrático, también alemán y también genio, llamado Friedrich Engels.

Aquellos años fueron también de los ánimos mundialistas de 1970 en nuestro país y esos ánimos eran muy mal vistos por los seguidores de la izquierda victoriana, que consideraban al futbol -al igual que la religión- como un opio del pueblo.

A estos marxistas “ortodoxos” les hacían falta lecturas, sobre todo de Gramsci e incluso del mismo Capital. Gramsci se ocupó de aquello que el marxismo llamaba la superestructura, a lo que rodea a las relaciones de producción. Marx decía que lo decisivo eran las fuerzas productivas y sus relaciones en el proceso de genera los bienes y los excedentes.

Sin embargo, a diferencia de sus seguidores de coeficientes intelectuales menores – a los de Marx por supuesto- El hombre de Treveris se refería a la cultura de los pueblos como un elemento también decisivo y expresaba claramente que, entre la estructura y la superestructura, había una relación dialéctica.

Gramsci describió la teoría e hizo aportaciones para entender por qué la gente hace lo que hace en la religión, en su manera de pensar, de caminar, de amar, de ver el teatro, de asistir a las corridas de toros o al futbol.

Por eso es importante hacer nuevas preguntas para buscar nuevas respuestas sobre por qué, para citar una expresión de Jorge Valdano, los mexicanos sufrimos más frente al televisor que los propios jugadores dentro de la cancha.

Necesitamos saber por qué vamos más a Paseo de la Reforma que a la Basílica de Guadalupe cuando llega a ganar la selección nacional. Tal vez haya un Dios oculto en el Ángel de la Independencia que sea más milagroso que el Niño del Futbol de Xochimilco. Tal vez.

Cuando hay futbol, estamos en el futbol…faltaba más. Por eso en vez de referirnos al capítulo XXV del Capital -que examina las necesidades de expansión de los mercados y sus efectos sobre el orden internacional-, citamos a otro pensador: el argentino Jorge Valdano ya mencionado.

Se trata sin duda alguna del jugador más inteligente -dentro de la cancha- de la historia del futbol. Valdano pensaba el juego y diseñaba los movimientos en el momento preciso -lo que hoy hace Messi-. En el mundial de 1986 en México Valdano trazó el juego y Maradona puso la gambeta: así de sencillo.

Hay futbol y estamos en el futbol. Pero también hay T-MEC y debemos estar en el T-MEC. Por eso mismo necesitamos a Jorge Valdano -brincos diéramos si él estuviera en el tricolor-, de sus ideas.

Pues bien, este argentino recomendaba “abrazarse al marcador” cuando el adversario tuviera más recursos que nosotros. La idea es magnífica porque necesitamos, en el caso de América del Norte, abrazarnos al T-MEC. El marcador en los renglones ligados a este acuerdo comercial nos favorece ampliamente. Lo abracemos para que no nos vaya a llegar la goleada, sobre todo del marxismo populista que pasó de noche por el capítulo XXV de El Capital.

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