George Orwell (Eric Arthur Blair, Bagdad 25 de junio de 1903-Londres, 21 de enero de 1950): vivió apenas 48 años y en ese lapso, con dos de sus obras, La rebelión de la granja y 1984, logró un puesto indiscutible en la literatura universal. Fue un hombre de izquierda, luchó con el bando republicano en la guerra civil española y ocupó con maestría la trinchera del periodismo. Trasncribo las primeras líneas de su texto “Un ahorcamiento”, traducido por Federico Patán.

Fue en Birmania, una empapada mañana en el periodo de lluvias. Una luz enfermiza, como papel de estaño amarillo, se alargaba sobre los altos muros del patio carcelario. Esperábamos fuera de las celdas de los condenados, una hilera de cobertizos con barrotes dobles, como pequeñas jaulas de animales. Cada celda medía unos diez pies por diez y el interior estaba del todo desnudo, excepto por una plancha donde dormir y un jarro de agua potable. En algunas de ellas, hombres morenos se acuclillaban ante los barrotes interiores, las mantas envolviéndolos. Eran los condenados, por ahorcar en una o dos semanas.

A un prisionero lo habían sacado de su celda. Era un hindú, una miniatura de hombre, la cabeza rapada y los vagos ojos húmedos. Tenía un grueso e hirsuto bigote, absurdamente excedido para su cuerpo, más bien parecido al mostacho de un cómico de película. Seis altos carceleros indios lo vigilaban, disponiéndolo para la horca. Dos al lado, con rifles y bayonetas dispuestos, mientras los otros lo esposaban, le pasaban una cadena por las esposas, que entonces fijaban a sus cinturones, y le amarraban apretadamente los brazos a los costados. Se amontonaban muy cerca de él, manoseándolo todo el tiempo en lo que era una sujeción cuidadosa, acariciadora, como si todo el tiempo lo estuvieran tocando para asegurarse de que estuviera alli. Parecían hombres que manejaran un pez aún vivo que de un salto pudiera regresar al agua. Pero él se mantenía sin oponer resistencia, cediendo los flácidos brazos a las cuerdas, como si apenas notara lo que estaba sucediendo.

Sonaron las ocho y el llamado de un clarín, desoladamente tenue en el aire mojado, llegó flotando desde las barracas distantes. El superintendente de la cárcel, que estaba apartado de los demás, pensativamente escarbando en la grava con su bastón, levantó la cabeza en oyendo aquel sonido. Era médico militar, tenía un bigote gris como cepillo de dientes y una voz gruesa. “Por el amor de Dios, Francis, apúrate”, dijo irritado. “Ya tenía que estar muerto a esta hora. ¿Aún no están listos?”

Francis, el jefe carcelero, un dravidiano gordo con traje de dril blanco y lentes de oro, sacudió su negra mano. “Sí señor, sí señor”, barboteó. “Todo está satisfactoriamente preparado. El verdugo aguarda. Enseguida procederemos”.

“Pues entonces, al trote. Los prisioneros no podrán desayunar hasta que se acabe con el trabajo”.

Nos encaminamos a la horca. Dos custodios marchaban a cada lado del prisionero, los rifles al sesgo; otros dos marchaban cerca de él, asiéndolo por el brazo y el hombro, como si a la vez lo empujaran y le dieran apoyo. El resto de nosotros, magistrados y similares, íbamos detrás. De pronto, cuando habíamos avanzado diez yardas, la procesión se detuvo sin que hubiera ninguna orden o advertencia. Algo terrible había sucedido: un perro, venido quién sabe de dónde, había aparecido en el patio. Llegó corveteando entre nosotros con una fuerte descarga de ladridos, y saltaba alrededor sacudiendo todo el cuerpo, enloquecido de gusto al hallarse con tantos seres humanos juntos.