De regreso a Sevilla, el niño se fue curioso al puente de Triana, aquel puente mágico que Ambrosio le indicó. Efectivamente, estaban las gitanas que habían sobrevivido a la «Gran Redada» ordenada por Fernando VI y le ofrecieron su ramito de romero. «¿Me quieres leer la mano para ver mi futuro?», le preguntó a una de ellas, una mujer bajita y de piel oscura. «No, no —le respondió ella—, mírate si tú eres más gitano que yo. Anda, ve tú y dime mi porvenir más bien». El niño no entendió en ese momento de su vida lo que la gitana regordeta y ya entrada en años le estaba diciendo, pero sonaron muy fuerte las campanas de la Capilla de la Virgen del Carmen, llamando al niño a la realidad. El sueño quedó inconcluso porque el niño poeta no comprendía todo lo que estaba sucediendo; sin embargo, con los años todo se le aclararía.
Aquella fue una tarde misteriosa y fascinante que lo embarcó por el Guadalquivir, con sus suaves ondas, hasta la noche andaluza. Ambrosio tenía razón cuando le dijo que llorara en el centro del Puente de Isabel II, mientras el campanario se dejaba escuchar.
Llegó la noche y Sevilla mostró sus hermosas luces y sus colores dorados en medio de su oro y sus callecitas angostas. Sintió hambre y fue a buscar unas tapas: su inseparable ensaladilla y las aceitunas lo estaban llamando. Fue por eso que le dijo al duende que esperara y que volvería en un día o en cuatrocientos años, como el espíritu de Ambrosio, pero que volvería mientras estuviera en el mundo de los que respiran. «De Sevilla nunca me voy aunque quiera, y menos que nunca me he querido ir. Sevilla te marca en el alma y te deja caminar por la eternidad entre sus balcones y sus sevillanas, así tomes un barco y trates de emigrar al otro lado del mundo; y por eso hasta el día de hoy, No-madeja-do». Tal y como le ocurrió a El Sabio, el rey Alfonso X, cuando sufrió la traición de su misma sangre —nada menos que la de su propio hijo, Sancho— cuando le quitó y le arrebató casi todo el reino de Castilla. Tal parece que las familias codiciosas y hambrientas de poder y riquezas vienen en la historia del mundo de los que respiran este aire azul que nos hace falta.
Dicho esto, caminó descalzo rumbo a la Plaza de España, ya que los carruajes estaban silenciados y los caballos descansando luego de pastar en algún descampado cercano.
A esa hora no podría conseguir uno de esos carruajes en los que había recorrido las calles con su hermosa y pequeña Rocío, «mi arma», como la llamaba. Haciendo el amor con su Chari durante una eternidad mientras las ruedas del coche, tirado por una yegua cartujana, torda de capa, se despegaban del cielo para volar por el suelo colorido de aquel pedazo de aire movido por las ondas del campanario que siempre se escuchaban. Trocito de paraíso, puertita al Edén unido por un camino con el que podía remontar el vuelo rumbo a Cartago, cumpliendo por fin con el sueño de Ambrosio de encontrar sus letras robadas, descubrir los gritos que querían salir de su corazón rojo, los poemas que tanto le callaron a fuerza de miedo. Los cuentos que no dejaban de implorar por salir de aquella prisión terrible en la que los de su propia sangre —partida de buitres sedientos de oscuridad— no lo dejaban escapar; malditos asesinos de la prosa y el verso, detestables animales descoloridos que no lo dejaron por muchos años volar lejos, emprender el vuelo a la orilla de la libertad. Pero al fin llegó el trance mágico que se eleva sobre el océano y estaba ya cerca la hora de llegar de nuevo a la verde Cartago, ciudad de brumas y fríos vientos, volcanes activos y huecos profundos al centro de la tierra con extensiones de leche y patatas.
Su mágico sueño se interrumpió por la pregunta del camarero en la terraza: «¿A ver, niño, gitanito, qué te pongo?». «¡Oye, perdona! ¿Me puedes poner una ensaladilla, un tinto de verano, también una tapa de cola de toro y una porción de carrillada ibérica?».
La expresión del camarero no se dejó esperar: «Anda, que tienes hambre. Ya te lo traigo; mientras, te dejo unas aceitunas». En tanto intentaba esperar, se propuso escribir sus poemas encerrados en el calabozo de la traición familiar. Recordando con mucha nostalgia a su padre, ya fuera del mundo de los que respiran: aquel hombre moreno, alto, de voz muy fuerte como el sonido de las campanas; varón de mil luchas, pocas victorias, muchas derrotas, pero que llegó al atardecer naranja de su vida convertido en un ganador. Un hombre que luchó de frente a la vida y la sujetó por el cuello cada vez que pudo. Hijo también del linaje que sembró Ambrosio en Cartago, con la sangre llena de Andalucía, amante del toro bravo y de la Giralda. Pero que, sin saberse sevillano, siempre lo fue, aunque su vida la vivió entre las luchas políticas que no lo dejaban dormir en paz. Hombre bueno y solitario que aprendió tarde a dar un abrazo y nunca pudo decir un «te amo». Caballero que lloró por no poder sostener en su regazo a su hijo menor, al niño poeta. Hombre criado en los vacíos afectivos que obligaban a los hombres por generaciones a sentir amor, pero con manos pequeñas por no saber acariciar. Generación de cofradía e iglesia que sonaban a incienso y olían a campanario; hombre triste sin permiso de llorar y alegre sin permiso de reír, serio, plano, vacío, de ojos brillantes por la emoción, mutilados por su propia masculinidad que los amarraba a no expresar sus sentimientos.
Esto era otro tipo de jaula, similar a la castrante infancia del niño poeta, hoy asomo de un gitano poeta. Jaula de oro, pero, después de todo, una prisión sin barrotes que no dejaba escapar a los de su tiempo por la lealtad absurda a un modelo de masculinidad esteril y que nadie entendía, ni tan siquiera ellos mismos. Ya era entonces hora de tomar una decisión: volver al puente de Triana, vagar eternamente por Brenes o volver a Cartago.
San José, Costa Rica
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