Hay oportunidades que se dan una vez en la vida y que, si no se aprovechan, quedan como en el “Muelle de San Blas”: una nación entera se convierte en “la loca del muelle”, como una posibilidad suspendida en el tiempo y en el imaginario de un país; una esperanza inalcanzable, un ciclo sin cerrar que continúa ocupando espacio en la memoria colectiva como un eterno “volveré” que nunca se cumplió.
Esto ocurrió con el Mundial de Fútbol que Colombia debía organizar en 1986. A dicha sede renunció oficialmente su presidente en 1982, indicándole al pueblo que el país no podía cumplir con los requerimientos de la FIFA. Las exigencias de la entidad eran, entre otras:
12 estadios con capacidad mínima de 40,000 personas para la primera fase.
4 estadios con capacidad mínima de 60,000 personas para la segunda fase.
2 estadios con capacidad mínima de 80,000 personas para el partido inaugural y la final.
Una torre de comunicación en Bogotá.
Congelamiento de tarifas hoteleras para los miembros de la FIFA a partir del 1 de enero de 1986.
Emisión de un decreto de libre circulación de divisas internacionales en el país.
Una flota de limusinas a disposición de los directivos de la entidad.
Una red de trenes que comunicara a todas las sedes.
Aeropuertos con capacidad para aviones tipo jet en todas las sedes.
Una red de carreteras que permitiera el fácil desplazamiento de la afición.
Nuestra América Latina, y particularmente Colombia, no alcanzaron la modernidad frente a una realidad social marcada por la desigualdad económica, conflictos militares, crisis social y limitaciones estructurales.
La historia comenzó formalmente en 1974, cuando Colombia logró que la FIFA le otorgara el derecho de organizar el XIII Campeonato Mundial de Fútbol. Fue un verdadero éxito deportivo que, para muchos colombianos, confirmaba que el país estaba listo para eventos globales. Pero, ¿era realmente Colombia el país que imaginaban sus dirigentes?
La candidatura surgió en un contexto donde ya no bastaba con gobernar; también era necesario proyectar una imagen internacional. Los gobiernos comprendieron que los eventos religiosos, culturales o deportivos podían funcionar como vitrinas. En Colombia existían antecedentes importantes, como la visita del papa Pablo VI en 1968, que movilizó enormes concentraciones humanas y convirtió el territorio en escenario mediático mundial. Se pensó que, si el país podía organizar un acontecimiento religioso de esa magnitud, también podía con un mundial.
Bajo el liderazgo de Alfonso Senior Quevedo, se impulsó la candidatura. El gobierno de Carlos Lleras Restrepo respaldó la iniciativa y, posteriormente, el presidente Misael Pastrana fortaleció el proyecto mediante decretos y estructuras destinadas exclusivamente a dar forma a “Colombia 86”.
El ambicioso plan contemplaba doce ciudades sede, nuevos estadios, mejoras aeroportuarias, una red ferroviaria moderna y un gigantesco estadio para Bogotá con capacidad para cien mil espectadores. No se limitaba al fútbol; era una visión de país. El Mundial se convertiría en la oportunidad para modernizar la infraestructura y atraer inversión.
En junio de 1974, la FIFA confirmó oficialmente la sede. La alegría fue inmediata. Los dirigentes hablaban de prestigio y soñaban con progreso económico. Sin embargo, pronto aparecieron las dudas. El país sufría tensiones sociales graves, desigualdades económicas y una distancia creciente entre la clase política y los sectores sociales. Muchos empezaron a cuestionar si un Mundial era compatible con las urgencias de la nación.
Durante el gobierno de Alfonso López Michelsen, se creó una comisión técnica. Al inicio, la bonanza cafetera de mediados de los setenta alimentaba el optimismo, pero esa prosperidad fue pasajera. Cuando la bonanza terminó, desaparecieron los recursos para el proyecto. A finales de la década de 1970, Colombia enfrentaba dificultades económicas y conflictos laborales, mientras que las obras requeridas prácticamente no avanzaban.
El gobierno de Julio César Turbay intentó salvar el proyecto involucrando al sector privado. No obstante, hacia 1980, los indicadores económicos eran preocupantes y los costos crecían constantemente. La situación se complicó aún más al cuestionarse el manejo financiero de algunos grupos empresariales involucrados.
Mientras tanto, la FIFA observaba con preocupación cómo Colombia dejaba pasar años valiosos sin avances significativos. En 1982, durante el Mundial de España, la presión aumentó: se exigieron cronogramas claros y compromisos reales. Pero el contexto colombiano era crítico. Ese mismo año asumió la presidencia Belisario Betancur, quien recibió un país golpeado económicamente.
El nuevo gobierno determinó que la inversión necesaria era incompatible con la realidad nacional. El dilema era inevitable: ¿debía un país con graves carencias en hospitales, escuelas e infraestructura destinar tales recursos a un espectáculo deportivo?
El 25 de octubre de 1982, mediante un mensaje televisado, Betancur anunció la renuncia oficial. Argumentó que el país necesitaba invertir en su gente antes que en exigencias protocolarias —aunque, al final, no se invirtió lo suficiente en ninguna de las dos—.
Nunca antes un país había renunciado a organizar una Copa Mundial tras haber sido designado sede. Para algunos fue un acto de sensatez; para otros, una evidencia de incapacidad nacional. La FIFA, molesta, trasladó el campeonato a México, país que terminó organizando uno de los mundiales más recordados, marcado por la “Mano de Dios” de Diego Armando Maradona.
Para Colombia, la lección sigue vigente. Cada vez que surge la posibilidad de un gran evento, reaparece el fantasma de 1986. Quedó en evidencia cómo estos espectáculos funcionan como escenarios donde los gobiernos venden versiones utópicas, pero cuando las limitaciones estructurales permanecen intactas, el evento termina revelando precisamente aquello que pretendía ocultar.
El Mundial que nunca ocurrió es recordado como el sueño fallido que Colombia no pudo cumplir y en el que, para colmo de males, ni siquiera pudo participar, no logró clasificar a la Copa. El país descubrió que proyectar una imagen al mundo exigía, primero, resolver los conflictos internos, buscar remedios para detener la guerra, buscar medidas para atacar el narcotráfico, eliminar la abismal brecha social que polariza a los colombianos y mantiene en condiciones muy graves de desigualdad a la sociedad a nivel de oportunidades de educación, trabajo, desarrollo individual y social.
San José, Costa Rica
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