Dos países hermanos y con muchísimos elementos culturales, históricos y políticos en común, están pasando por particularidades y desafíos muy importantes; algunos son comunes y otros tienen características profundamente distintas.

En Costa Rica se debate con gran preocupación cómo mantener la estabilidad democrática y social en medio de un endurecimiento de la política criminal que cada vez nos acerca más al modelo Bukele en El Salvador. Históricamente, Costa Rica se caracterizó en la región por la distribución de pesos y contrapesos y el respeto a la división de poderes desde una perspectiva constitucional republicana independiente; el temor es cómo abordará el gobierno recién entrado estos asuntos y como actuará  la integración de la nueva Asamblea Legislativa en temas de nombramiento de nuevos magistrados. Por su parte, México tiene problemas de control y gobernanza a nivel político, económico y territorial. La ubicación territorial y su frontera con los Estados Unidos, sumado al control político y militar que ejerce el narcotráfico en varios estados, le hace perder el control incluso de su soberanía. Hoy se habla de que México tiene en riesgo su soberanía frente a su vecino del norte, pero el poder soberano se ha cuestionado en regiones que se mantienen bajo el control de narco estructuras muy bien organizadas.

En México, la inseguridad es un tema presente en la preocupación ciudadana. El narcotráfico no se considera un problema delincuencial, sino más bien una serie de empresas gerenciadas de manera disciplinada que han tomado el control en muchos aspectos de la vida pública, la economía y la política, y son parte del día a día que, desgraciadamente, se han normalizado. Los cárteles de la droga cuentan con una capacidad financiera inmensurable en bastantes estados de la república. El debate sobre seguridad está comprometido con las solicitudes de extradición de los Estados Unidos y, además, relacionada con temas migratorios que comprenden no solamente a los ciudadanos mexicanos, sino también a la gran cantidad de personas traficadas de Centro y Suramérica, al igual que caribeños que utilizan a México como el último peldaño para el ingreso a la Unión Americana.

Costa Rica, por otro lado, atraviesa una transformación acelerada de su propia realidad en materia de inseguridad. Ya no somos aquel país del “Pura vida” considerado el más feliz del mundo, como nos percibimos durante muchos años; estamos dejando de ser una excepción en Centroamérica y hasta estamos creando una mega cárcel similar al CECOT salvadoreño. Ya no basta decir que somos un país sin ejército, con estabilidad electoral, porque los índices de violencia e inseguridad han aumentado tremendamente en comparación con los países vecinos de la región. El aumento del narcotráfico está golpeando duro al país; los homicidios y el sicariato han cambiado esa percepción de paz social que habíamos tenido por décadas. Hoy la inseguridad es nuestra mayor preocupación y eso está dando pie a políticas represivas que buscan combatir el delito elevando penas y creando presidios. Esta crisis que estamos enfrentando puede que no sea tan novedosa para México, ya que viene sufriendo de estos problemas desde hace mucho tiempo, siendo ya una crisis histórica de larga data; sin embargo, para Costa Rica es una tragedia real relativamente novedosa y que provoca un fuerte impacto político que influyó mucho en la elección de la actual presidenta de la república en las recientes elecciones presidenciales y legislativas.

Otro eje temático que refleja similitudes y diferencias es que México está atravesando una intensa polarización ideológica. La llegada al poder de Morena transformó la discusión política mexicana y abrió temores sobre la concentración del poder, reformas a la Constitución y la búsqueda de un Estado diferente. Las posiciones con respecto a la soberanía nacional, la pérdida de garantías en materia procesal penal y la discusión sobre la elección de jueces en el Poder Judicial han generado una confrontación política ya rutinaria. El país ve la fortaleza institucional en debate permanente, generando dudas sobre el equilibrio y la legitimidad de sus instituciones.

En Costa Rica, la polarización política es evidente, pero no adopta una lucha ideológica clásica. Me atrevo a afirmar que en Costa Rica se han dejado de lado las ideologías a cambio del oportunismo político y las cuotas de poder que buscan los buitres políticos; sí se puede observar cómo predomina una profunda desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales que han sufrido desastrosas derrotas en las últimas elecciones. El grueso del pueblo está cansado de los partidos históricos y de la visión de instituciones estatales ineficientes en materia judicial, de obra pública, seguridad y calidad en la formulación de leyes. Similar a lo que ocurrió en El Salvador, se han generado liderazgos populistas que ofrecen lo que el pueblo quiere escuchar: ataque a la ineficiencia estatal, a la clase política tradicional e incluso a los medios de comunicación tradicionales, que son constantemente atacados. La discusión costarricense no se da en torno a modelos de izquierda o derecha, sino que gira sobre la esperanza honesta y melancólica de recuperar nuestro auténtico modelo democrático que cuenta con denominación de origen.

El tema de la cultura también evidencia diferencias interesantes. México hoy en día exporta como nunca su cultura: la música se viraliza cada día más, la gastronomía se puede probar en muchos países y vive un momento de enorme expansión cultural. La diversidad de su música —que no es una, son muchas— y el hecho de que cada estado tiene su marca regional mexicana es una maravillosa identidad que se proyecta al mundo con alegría. En Costa Rica esto no ocurre; más bien estamos frente a una crisis vivencial e introspectiva sobre la recuperación de nuestra identidad nacional que sentimos que se nos va de las manos. Se ve con nostalgia la pérdida de valores tradicionales, ya no basta con la ausencia de fuerzas militares, la educación pública gratuita, la tranquilidad. En Costa Rica se siente una transformación negativa vertiginosa impulsada en gran medida por el narcotráfico. La lucha es en busca de recuperar una identidad pacífica y democrática que se considera menoscabada y, en algunos casos, perdida.

Los modelos históricos de nuestros países están sub judice, sub examine. México enfrenta el peso de mantenerse grande y Costa Rica enfrenta el miedo de perder esa identidad histórica que lo ha caracterizado como un país y una gente que hacen la diferencia en el continente. El reto para ambos países no es poca cosa y dependerá del patriotismo de sus dirigentes y de la madurez política de sus habitantes.

 

San José, Costa Rica

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