Hay algo que Morena no termina de entender sobre Chihuahua. Los chihuahuenses estamos acostumbrados a resistir. Resistimos el desierto y lo conquistamos. Resistimos las sequías. Resistimos las distancias. Resistimos la violencia cuando ha querido arrebatarnos la tranquilidad. Y cuando es necesario, también resistimos al poder.

Por eso me parece que hay quienes siguen sin comprender lo que ocurrió en las últimas semanas. No están molestos únicamente con una gobernadora o con una fuerza política. Están molestos porque Chihuahua decidió levantar la voz.

Y cuando eso sucede, la soberanía popular se reduce a la voluntad de un grupo político.

México no debe ser piñata de nadie. En eso, todos los mexicanos podemos estar de acuerdo.

Nadie está de acuerdo en la injerencia indebida del extranjero en asuntos electorales de los mexicanos, pero tampoco se está de acuerdo en que la delincuencia organizada ponga gobernantes, que el gobierno entregue la estructura del Estado a los criminales o que el crimen organizado influya en las elecciones.

La defensa del Estado mexicano debe ser en que la soberanía debe, por esa razón, ir a defender a la Nación y no a proteger a los poderosos ni a los delincuentes, sin embargo, en la lógica de morena, la soberanía ya no es un principio republicano; es un arma política cuando se utiliza como justificación de lo indefendible.

Morena debe entender que aquí hay una sociedad que no va a quedarse callada cuando piensa que algo es injusto. Porque aquí hay mujeres y hombres que entienden que la democracia no consiste en aplaudir al poder, sino en exigirle rendición de cuentas.

Porque aquí, en Chihuahua, hoy tenemos una gobernadora que ha demostrado carácter frente a la adversidad y ha elegido dar la batalla política aun cuando eso implique enfrentar toda la fuerza del aparato oficial.

Quizá por eso el oficialismo se incomoda tanto. Así que tal vez por eso desde el centro hay una insistencia en desacreditar, descalificar y confrontar a aquellos que piensan diferente.

Y es en ese contexto donde vale la pena detenerse a reflexionar sobre una palabra que Morena utiliza cada vez con más frecuencia: soberanía.

La soberanía es un tema demasiado importante para ser un eslogan partidista. La soberanía es la independencia de una nación, pero la soberanía también es el respeto a sus instituciones, sus estados, sus ciudadanos y sus leyes.

Por eso es preocupante que quienes hablan de soberanía hoy en día parezcan entenderla solo cuando les resulta políticamente útil. Porque la soberanía no solo se defiende contra otros países. También se defiende en México.

La soberanía se defiende respetando el federalismo. Se defiende reconociendo la diversidad de las entidades federativas. Se defiende entendiendo que la República no termina en Palacio Nacional.

México es una federación. Fue concebido como tal y debería serlo. Pero en los últimos años hemos experimentado una creciente concentración de poder político, administrativo y presupuestario. Cada vez más decisiones se toman desde el centro. Los estados tienen cada vez menos espacio para sus prioridades. Los municipios dependen cada vez más de la voluntad del gobierno federal.

No se trata solo de recursos públicos. Se trata de la capacidad de decidir. Se trata de saber que nadie conoce las necesidades de una comunidad mejor que aquellos que viven en ella.

En Chihuahua lo sabemos bien. Lo vimos cuando hubo un intento de tomar nuestra agua sin escuchar a quienes dependen de ella. Lo vemos cuando hay un esfuerzo por estandarizar realidades profundamente diferentes desde oficinas a cientos o miles de kilómetros de distancia. Vemos que el gobierno federal actúa como si los estados fueran solo extensiones administrativas y no entidades libres y soberanas que son parte de un pacto federal.

Pero la contradicción es aún más profunda. La soberanía tampoco pertenece a un partido político. Pertenece a los ciudadanos. Y los ciudadanos mexicanos son mucho más que Morena. También son aquellos que votaron de manera diferente. Son disidentes. Son aquellos que cuestionan. Son aquellos que exigen transparencia y rendición de cuentas.

Sin embargo, el discurso oficial parece dividir permanentemente a México entre quienes están con el régimen y quienes están contra él. Entre los buenos y los malos. Entre los que merecen ser escuchados y los que deben ser descalificados.

Esa no es la lógica de una democracia plural. Es la lógica de quien confunde mayoría con unanimidad. Y cuando eso ocurre, la soberanía popular termina reducida a la voluntad de un solo grupo político.

Por eso resultan tan reveladoras algunas de las discusiones que hemos visto en los últimos días. Hemos escuchado llamados a defender la soberanía nacional frente a posibles injerencias extranjeras. Hemos escuchado advertencias sobre intentos de influir en la vida pública de México. Hemos escuchado discursos encendidos sobre la necesidad de proteger nuestras decisiones como país. La defensa de la soberanía nacional siempre será una causa legítima. Lo que no resulta legítimo es utilizarla de manera selectiva.

Durante años, Morena celebró investigaciones, procesos judiciales y actuaciones de autoridades estadounidenses cuando involucraban a personajes vinculados con gobiernos anteriores. Entonces no había discursos sobre intervencionismo. Entonces no se cuestionaban los mecanismos de cooperación internacional. Entonces se presentaban esas acciones como una muestra de justicia.

Cuando las acusaciones llegan a personas cercanas al gobierno, el discurso cambia. No le corresponde a la oposición determinar la culpabilidad. Ese es el papel de las autoridades y los tribunales. Pero basta con llamar la atención sobre una diferencia que millones de mexicanos reconocen plenamente. El PAN nunca salió a defender a García Luna. Morena sí ha salido a defender políticamente a los suyos, a Rocha Moya y su pandilla.

Y esa diferencia importa. Porque una cosa es defender el debido proceso. Y otra muy distinta es convertir la soberanía en un escudo político. Los chihuahuenses sabemos distinguir entre defender a México y defender a los políticos.

Sabemos distinguir entre justicia y conveniencia. Y por eso vale la pena recordar algo fundamental. La soberanía no fue creada para defender a los gobiernos. Nació para defender a la Nación.

La soberanía no nació para proteger a los funcionarios. Nació para asegurar que nadie esté por encima de la ley. No nació para ser concentrada. Nació para dar ese poder a ciudadanos libres y a instituciones y estados fuertes que puedan determinar su propio destino.

La soberanía deja de ser una causa nacional cuando se utiliza para encubrir responsabilidades políticas. Y cuando eso sucede, lo que se está defendiendo ya no es México. Lo que se está defendiendo es el poder.

El autor es senador de la República y presidente de la Comisión de Desarrollo Municipal

@MarioVzqzR