Demostró que una mujer oriental podía plantar cara a cualquier varón.
Uno de los argumentos más gastados de los que suelen echar mano algunos musulmanes para pisotear los derechos de las mujeres, prohibirles trabajar y obligarlas a cubrirse cabeza y rostro con un velo, es que la liberación femenina es producto de la perniciosa civilización occidental. Una mujer que se respeta, aducen, debe dedicarse a complacer a su marido y criar a sus hijos. Nada más. Así ocurría antes de que Occidente se entrometiera en la vida de estos piadosos pueblos.
Pero, a lo largo de la historia, hubo muchas mujeres de estos piadosos pueblos que no se ajustaron, en lo absoluto, a un modelo tan precario. Bath-Zabbai, que pasó a la historia como Zenobia (240-274) fue la más emblemática. Era reina de Palmira y se caracterizó por su inteligencia, cultura… y ambición. Hablaba arameo (su lengua), latín, griego y egipcio.
Roma atravesaba, en aquel entonces, un período de escandalosa inestabilidad. Entre los cincuenta años que transcurrieron de 235 a 285, hubo más de treinta emperadores. La muerte de Sapor I, monarca del Imperio Sasánida, que capturó a Valeriano, césar de Roma, y lo mantuvo prisionero hasta su muerte, así como las invasiones godas que saqueaban las tierras romanas un día sí y otro también, provocaron que Zenobia concluyera que Palmira no tenía por qué ser sólo una colonia de un imperio que se desmoronaba.
Palmira, a la que se conocía como Tadmor –“lugar de los dátiles”– era un “puerto en el desierto”, un oasis y emporio comercial entre Roma, los sasánidos -la antigua Persia-, Arabia y la India. Ya se había ganado el respaldo de Adriano, que le confirió libertades a granel, y de Septimio Severo, que concedió la ciudadanía romana a los palmirenses, en virtud de que Julia Domna, su esposa, provenía de dicha región. ¿Por qué tenían que seguir pagando impuestos a Roma? Era el momento de convertirla en un reino independiente.
Cuando Odenato, su marido, fue asesinado, ella se nombró regente de su hijo Vabalato, decretó la ejecución de Meonio, un pretendiente al trono y, fascinada por Semiramis, Artemisia y, sobre todo, por Cleopatra, anunció que ella era descendiente de esta última. Luego, reunió en su corte a un grupo de filósofos neoplatónicos –a Longino, entre ellos– y vistió una armadura para dirigir personalmente a su ejército contra Bostra, donde destruyó los templos romanos.
Apoyada por Zabdas, general de su ejército, pero marchando al frente de sus arqueros y catafractos –los temibles jinetes blindados–, siguió con Antioquía. Más tarde, con Jordania, Israel, Palestina, Libano y Siria. Fue de victoria en victoria, desdeñando a los emisarios romanos que le ofrecieron negociar. En 269, derrotó a Probo, gobernador de Egipto, y se apropió de esas tierras. Fue esta incursión la que implicó la ruptura definitiva con Roma.
Una vez proclamada Augusta del imperio de Palmira, nos cuenta Zósimo en su Historia Nova y lo confirma la Historia Augusta, acuñó monedas con la imagen de Vabalato y, más tarde, con su propia efigie. La historia habría cambiado si Roma hubiera estado encabezada por Lucino Galieno o Claudio Gótico, el ineficaz y efímero césar contra quien ella se levantó. Pero Caludio falleció a causa de la peste y Quintilio, el sucesor, fue depuesto por Aureliano.
Aunque también efímero –lo asesinaron más tarde sus propios soldados–, Aureliano está considerado uno de los emperadores más eficaces de Roma. Acosó a Zenobia y la derrotó, primero en la batalla de Immae y, luego, en Emesa. Al advertir cómo la táctica de Aureliano de golpear, huir, volver y retroceder le hacía ganar terreno, varias ciudades conquistadas por Zenobia declararon su lealtad al romano.
Posteriormente, éste sitió Palmira. Se cuenta que le ofreció a Zenobia respetarla si ella se rendía, pero Zenobia, citando a Cleopatra, respondió que prefería morir antes que claudicar. La verdad es que esperaba apoyo de los sasánidos, el cual nunca llegó. Aureliano capturó a la reina, a quien llevó a Roma, encadenada, exhibiéndola por todas las ciudades por donde pasaba, como trofeo de guerra… y como advertencia.
¿Qué ocurrió después con Zenobia? Los románticos aseguran que Aureliano quería evitar nuevas revueltas en oriente y la casó con un senador, para mantenerla en Roma, a manera de rehén. Conociendo a Aureliano, a quien apodaban “mano en la espada”, lo más probable es que la haya mandado ejecutar. Haya muerto como haya muerto, inspiró poemas, ensayos y novelas a Geoffrey Chaucer, Cristina de Pisán y a Pedro Calderón de la Barca, entre otros. Albinoni, Paisello y Rossini la hicieron protagonista de sus óperas y el cuadro que le dedicó Tiepolo es memorable.
Zenobia es, hoy por hoy, emblema de rebeldía y un recordatorio –en especial para los pueblos árabes– de que las mujeres inteligentes y audaces no son producto de la decadencia occidental.
