Como nunca, es necesario avanzar hacia un estadio que permita al género humano vivir en paz y con arreglo a normas de aceptación universal. Sin embargo, no hay certeza acerca de los acuerdos y componentes que debería tener ese orden alternativo. En ese proceso, ineludible pero estancado, tienen un papel crucial los nacionalismos y los esencialismos culturales. En efecto, la presunción de líderes políticos y élites intelectuales, de que la nación ofrece una amalgama de cualidades identitarias que les permite reivindicar su presunto derecho étnico-nacional a tomar distancia de las grandes tendencias y transformaciones internacionales, opera en sentido contrario a la esperada renovación de la arquitectura liberal que rige desde 1945. Debido a ello, se incuba la tendencia de algunos Estados a encerrarse y no rendir cuentas a la comunidad mundial sobre sus acciones y omisiones en capítulos sensibles como Derechos Humanos, Estado de Derecho y gobernanza democrática. Esa errónea presunción reafirma el rancio nacionalismo del modelo estatal westfaliano; asimismo, erosiona la habilidad de la diplomacia multilateral para avanzar hacia un sistema de convivencia mundial transcultural, que vaya más allá de antiguos y nuevos colonialismos e imperialismos. El tema es doblemente complejo porque esos nacionalismos cerrados actuan como agentes anti occidentales y, a la vez, cuestionan las raíces mismas de la cultura política democrática consolidada a escala global. Como resultado, se fracturan los consensos que permiten la cohabitación de pueblos y culturas distintas alrededor de tradiciones jurídicas y políticas comunmente aceptadas, que han probado ser útiles para limar asperezas y buscar que impere el ideal tomista del bien común.
Los nacionalismos autoritarios y competitivos son peligrosos porque proyectan una falsa idea de superioridad cultural. Cuando ocurren, sin importar filiaciones ideológicas y al amparo de liderazgos redentoristas, desprecian instituciones, polarizan sociedades y merman el debate público y la democracia. Este tipo de nacionalismos también propician la guerra. De ahí que, cuando se presume que todos los Estados se han ajustado a los valores de occidente, se falte a la verdad. Es así porque son precisamente esos valores los que menoscaban los líderes de potencias cuyas acciones nutren políticas predatorias, belicosas, unilaterales, excluyentes y no cooperativas con la comunidad de naciones. En este intrincado teatro, la sorpresa es mayúscula cuando se acredita que no siempre son los fundadores del orden liberal de la Segunda Posguerra, sino los países del Sur Global – muchos de los cuales adoptaron (obligados) la cultura occidental – los más interesados en resarcir contenido a los valores profundos que son la base del Derecho Internacional y del sistema multilateral. La paradoja es clara: el nacionalismo que acompaña a los Estados es edificante si abraza la tolerancia cultural y la democracia que postula la tradición filosófico-política heredada del mundo clásico. En sentido contrario, cuando los líderes recurren al nacionalismo para justificar proyectos antidemocráticos, se merman los valores y principios que, a pesar de todo, hacen posible la convivencia mundial. Por estas razones y a través de la buena diplomacia, el Sur Global está llamado a seguir trabajando para que no se minusvalide la posibilidad de que, el futuro ordenamiento, supere al que hoy no acaba de sucumbir. Porque es mayoría, la pelota está en su cancha; es ahora o nunca. Nune aut nunquam.
El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
