Los años que nos pasan por encima nos obligan a tomar decisiones; ya no es el año de mil novecientos sesenta y cuatro y ya no estamos en Cariari, ni siquiera en un pueblo capitalino. Esto es una montaña cálida de Nicoya; tampoco es el frío Cartago, pero eso no es problema si del pueblo de Brenes se llega a donde sea, a Nicoya por ejemplo. Aquí ya el niño poeta se convirtió en el gitano poeta, porque quedarse en Sevilla no era la misión, no era el fin del camino; sobre todo si los seres oscuros no lo rodeaban, más bien ya están muriendo en vida, opacando una existencia estéril y maldita de la que no pueden devolverse, carcomidos por su propio egoísmo y sin conciencia de todo el mal que provocaron con su veneno. Es por eso que las plumas de las alas de los ángeles en manos del andaluz pueden escribir los poemas más hermosos, cuentos fantasiosos y novelas misteriosas.
Desde Sevilla hasta Asturias, mirando de nuevo con ojos verdes cómo los Picos de Europa se llenaron nuevamente de «helado de crema» de nieve y se cargaron de frío entre la neblina espesa de la luz brillante que nunca nadie podrá opacar ni esconder; tampoco la magia de los cuerpos de las cabras salvajes alcanzando entre saltos los encumbrados cerros.
La poesía se sembró sola con el verbo fino y elocuente, lleno de palabras filosas como dagas, donde encontró cómo labrar sus cimientos para continuar escribiendo.
Ya los años que lo apagaron se acabaron; el corazón sanó, las campanas tocaron más fuerte que nunca en todos los templos y con agua nueva se apagó el fuego que por años había dominado su pluma para componer las palabras de sus misteriosas fantasías, que ya le volaban libres por el alma.
Inspirado por el árbol que siempre tiene a su lado —ese árbol maravilloso que fue su propia madre y que nunca murió, solamente durmió, cerró los ojos, pero todas las noches lo llega a tomar de la mano con la tibieza de la tranquilidad, devolviéndole la sonrisa de niño y poniendo la alegría que se lleva las lágrimas para siempre—: «Vamos conmigo —le dice cada noche—, ya es hora de dormir en mi regazo mientras te acaricio la cabeza con mi mano; déjame sanar tus heridas todavía sangrantes que llevas ya cargando por mucho tiempo, deja que tu alma cicatrice el dolor de sentir a tu sangre venirse en tu contra. Ya todo pasó y el remedio está en tus versos; déjalos salir del corazón y serán como un bálsamo para el resto de tu vida». Como todo final y la mayoría de las despedidas, lo mejor es no mirar atrás; pero eso sí, que sea antes de viajar a las Indias a tomar el tren blanco con rumbo a la Barceloneta para que la bella Rocío pueda poner celoso al Mediterráneo con sus pezones retadores. El frío del mar los hará más prominentes para provocar la ira de las olas, que se van a tener que retirar reducidas por la humillación de ser destronadas por aquella pequeña mujer tricolor. Pero aún no me quiero marchar de España: «Vamos, Rocío, a Madrid y hagamos nuestro el Paseo del Prado; hagamos una paradita en el jardín vertical, que el recuerdo nos quede como el gustito a jamón en aquel museo en el que te lo venden con ensaladilla y una caña fría, con esa espuma que sube en el vaso y baja el calor». Ya la vida es otra y por fin llegaron los imponentes cisnes negros al lago del Parque del Retiro, que nadan serenos y majestuosos junto a las pequeñas tortuguitas que se asoman pidiendo un bocado de los curiosos que se acercan a mirarlas frente al Palacio de Cristal. Y antes de irnos de España vamos a llorar escuchando al gaitero cuando al atardecer le cante al mar hasta que anochezca entre recuerdos en la Praia de Raxó en Pontevedra; eso sí, no se te ocurra acercarte al gallego mientras toca su gaita, a menos que quieras alejar su nostálgica soledad.
«Escucha, Ambrosio —le dije—, queda mucho por recorrer todavía, pero tendré que volver en los próximos cuatrocientos años igual que tú, porque España no saldrá nunca de mi corazón. Dile a las gitanas de Triana que al volver les leeré la mano y su buenaventura, y al duende le dices que me espere en el puente, justo en medio, para llorar otro poquito. Y vamos, que quiero que en el hotel blanco me guarden los secretos que no se le pueden decir a nadie —aunque debería— y que conserven las sábanas solo para Rocío y para mí». El viaje inició y no vamos a mirar atrás. Nos vamos a las Indias, a las tierras que el indio cultivó y que España unió. Nos vamos caminando sobre las aguas del Atlántico, que no es poca cosa, y a mitad del camino se nos hará de noche para llegar de día. Nos vamos a sembrar el camino con letras y disparates, misterios que pocos van a comprender y que muchos van a leer durante mucho tiempo, y que van a durar aún más que el recuerdo de Ambrosio en Brenes y en Cartago. Vamos a cambiar la piel blanca por las caras morenas de los niños que nos van a leer; a mudar las tapas de jamón y calamar con ensaladilla por tamales, cuajadas y arepas. El sonido del gaitero solo se escuchará en la memoria y el mar será tan blanco y azul desde el Pacífico hasta el Caribe.
Menos pan y más arroz; eso sí, sin discusión, la paella. El niño poeta murió y al fallecer nació el gitano que siempre debió existir: sin miedos ni heridas, alejado del mundo como el gaitero y con la pluma en su mano haciendo llorar, soñar e imaginar a los que lean sus versos. Ya se llegó al final del primer vuelo en libertad que salió de Cádiz y llegó hasta las Indias. Con esto le pongo el punto final a la semblanza de Ambrosio de Brenes y Vinda, señor de los mares, audaz y sinvergüenza, respetado en toda la provincia de Cartago y además en Panamá; y que, sin darse cuenta y a lo mejor sin planearlo, inició un apellido sin linaje, pero que inició con él y que hoy dejó un hijo andaluz nacido en las Indias que se liberó y nunca dejó de escribir.
San José, Costa Rica
