La noche del 24 de junio, en el bulevar Lázaro Cárdenas de Cabo San Lucas, una multitud que celebraba el triunfo de México ante República Checa rodeó el automóvil de Roberto Arellano Acevedo, un trabajador del sector turístico que viajaba con sus dos hijas. Lo zarandeó, le bloqueó el paso y, cuando el hombre aceleró para escapar del cerco, atropelló a diecisiete personas. La misma turba que había cerrado la calle lo bajó del vehículo a golpes. Arellano fue ingresado en código rojo, entró en coma inducido por un traumatismo craneoencefálico severo y murió seis días después en el Hospital Salvatierra de La Paz. Días antes, la clasificación de México ante Ecuador había convocado a más de 1.4 millones de personas sobre el Paseo de la Reforma; la aglomeración fue tal que cuatro personas murieron asfixiadas entre la multitud que festejaba. Este es el saldo, hasta ahora, de un Mundial que México organiza en casa: no un accidente aislado, sino un patrón que exige ser leído con las herramientas de la sociología, la historia comparada y la filosofía política, no solo con el vocabulario de la nota roja.

 

Una cronología que ya no puede llamarse folclor

Durante décadas, el anecdotario de la afición mexicana en los Mundiales se archivó bajo la categoría benévola del folclor: el sombrero colocado sobre una estatua de Nelson Mandela en Sudáfrica 2010, gesto que Pretoria interpretó como agravio nacional; el grito homofóbico que le costó multas reiteradas de la FIFA a la Federación Mexicana de Futbol desde Brasil 2014 hasta Rusia 2018. Ese registro folclórico convivía, sin embargo, con episodios trágicos que rara vez se integraban al relato dominante, como el salto mortal de Jorge Alberto López Amores desde un crucero en Recife en 2014, cuyo cuerpo nunca fue recuperado. Lo ocurrido en 2026 rompe esa clasificación cómoda. Ya no se trata de un exceso individual ni de una ofensa simbólica a un tercer país: es la propia afición, en su propio territorio, linchando a uno de los suyos y asfixiando a otros en el éxtasis de la celebración. El desplazamiento es significativo: de la burla al extranjero a la violencia contra el vecino.

Basta repasar el anecdotario previo para medir la distancia recorrida. En Francia 1998, un aficionado alcoholizado apagó orinando la Llama del Soldado Desconocido bajo el Arco del Triunfo, un exceso individual que derivó en incidente diplomático pero que no costó vidas. En Corea-Japón 2002, otro hincha ebrio activó por primera vez en la historia el freno de emergencia de un tren bala, colapsando por horas el sistema ferroviario japonés: torpeza de borracho, no violencia colectiva. En Alemania 2006 hubo detenciones por consumo de alcohol en la vía pública y la estampa casi entrañable de un aficionado que amaneció dormido dentro de un búnker militar en Hannover. Incluso en Qatar 2022, con sus prohibiciones de alcohol, lo más grave documentado fueron riñas callejeras contra hinchas argentinos y contrabando menor de bebidas. Se trata, en todos los casos, de anécdotas de individuo aislado o, cuando mucho, de fricción entre aficiones rivales: nunca de una multitud propia que mata a uno de los suyos ni de una concentración masiva que asfixia a sus integrantes por su propio peso.

 

El mecanismo del chivo expiatorio

Una multitud eufórica, sin mando ni deliberación, convierte en enemigo absoluto a quien un instante antes era apenas un conductor atrapado en una calle cerrada por la fiesta. Eso es, en esencia, lo que ocurrió en Cabo San Lucas, y es también, casi al pie de la letra, el esquema que René Girard describió como mecanismo del chivo expiatorio. Cuando una comunidad alcanza un umbral de tensión colectiva que no sabe nombrar, tiende a resolverla canalizándola hacia una víctima arbitraria a la que atribuye, retroactivamente, toda la culpa. La turba no distingue entre causa y efecto —el cerco que ella misma impuso provocó la reacción que después castigó—; simplemente necesita un cuerpo sobre el cual descargar la energía que la victoria futbolística ha desatado y que la vida cotidiana, de otro modo, no permite expresar. Es, en el sentido casi religioso que Girard le daba al término, un sacrificio: la comunidad se purga a sí misma linchando a uno de sus miembros y sale del episodio convencida, falsamente, de que la violencia ha quedado atrás en lugar de reconocerla como propia.

 

Psicología de las masas

Lo notable del Mundial 2026 es la facilidad con que una masa festiva se transforma en una masa de persecución sin solución de continuidad. La misma multitud que en Reforma se abraza y llora de alegría es, en Cabo San Lucas, la que rodea un automóvil y golpea hasta matar. Ya a finales del siglo diecinueve, Gustave Le Bon había advertido que el individuo disuelto en una muchedumbre pierde el freno moral que ejerce en soledad y adquiere, en cambio, un sentimiento de poder invencible y de anonimato que le permite ceder a instintos que reprimiría de estar solo; medio siglo después, Elias Canetti afinaría esa intuición distinguiendo precisamente entre esos dos estados de la masa —la que busca crecer y descargar euforia, y la que necesita una presa común para consumar su unidad—, sin negar nunca que una puede mutar en la otra casi sin aviso. No hay, entonces, dos aficiones —una noble y otra criminal—; hay una sola masa cuya energía puede volcarse indistintamente hacia la fiesta o hacia la cacería, según el estímulo que reciba en el momento exacto en que pierde el control de sus propios límites.

 

Durkheim y la efervescencia que se desborda

El futbol mexicano ha explotado con enorme eficacia simbólica lo que Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva: ese momento en que un grupo, reunido en torno a un símbolo compartido —una bandera, un gol, un himno—, experimenta una intensidad emocional que trasciende la suma de sus individuos y que, en su forma sana, refuerza la cohesión social. La Selección funciona como tótem nacional y cada triunfo produce una comunión genuina. Pero el propio Durkheim advirtió que esa efervescencia, cuando no encuentra un cauce ritual que la contenga, degenera en anomia: la norma social se suspende temporalmente y el grupo actúa como si las reglas ordinarias —no atropellar, no linchar, no asfixiar al vecino— quedaran en pausa mientras dura la fiesta. Vistas así, las muertes de Reforma y de Los Cabos no son la negación de la efervescencia colectiva; son su desenlace cuando ninguna institución —autoridad municipal, protocolo de movilidad, cultura cívica— construye a tiempo los cauces que la contengan.

 

Nacionalismo banal y masculinidad de exhibición

En un Mundial jugado en casa, lo que Michael Billig bautizó como nacionalismo banal —esos gestos cotidianos, aparentemente inofensivos, con que una nación se recuerda a sí misma que existe y que compite— se intensifica hasta volverse ruidoso y, a menudo, agresivo. El boicot de sueño frente al hotel de Ecuador, con pirotecnia y bocinazos hasta el amanecer, o la bienvenida hostil a la delegación inglesa en Santa Fe —cerca de un centenar de personas coreando insultos y consignas como la amenaza de hacerles «probar el chile nacional»— no persiguen un objetivo táctico real: son, en el lenguaje de Raewyn Connell, actuaciones de una masculinidad hegemónica que necesita medirse constantemente contra un otro extranjero para reafirmarse frente al rival y frente a la propia tribuna, aun a costa del prestigio internacional del país anfitrión. La prensa británica llegó a hablar de «sabotaje» al filtrarse la ubicación del hotel inglés, aunque conviene precisar, con el rigor que exige el oficio, que ni la Federación Inglesa ni Thomas Tuchel formularon una denuncia oficial en ese sentido: el término fue acuñado por comentaristas, no por las partes involucradas, y el propio arribo del equipo transcurrió, según reportes locales, sin incidentes mayores. Aun así, el patrón de acoso nocturno documentado con Ecuador sí motivó una queja formal ante la FIFA y un dispositivo de seguridad excepcional para Inglaterra.

El caso ecuatoriano ilustra con particular nitidez cómo el ritual precede y anuncia la violencia mayor. Antes del duelo de eliminación directa, cientos de aficionados mexicanos organizaron frente al hotel de la delegación un boicot de sueño con pirotecnia, bocinas y altavoces sostenido durante toda la madrugada. No hubo golpes ni heridos, pero sí una federación extranjera presentando una queja formal ante la FIFA por acoso. Leído junto al episodio de Cabo San Lucas, el patrón resulta revelador: la misma energía colectiva que una noche se descarga en insultos rítmicos contra un hotel puede, en otro contexto y con otro detonante, escalar hasta el linchamiento. No son fenómenos distintos sino gradaciones de una misma disposición: la convicción, compartida por la masa, de que la euforia futbolística la autoriza a suspender temporalmente las reglas de convivencia con el otro, sea ese otro un rival deportivo o un vecino atrapado en el tráfico.

 

La banalidad de la crueldad recreativa

Ninguno de los cientos de asistentes que rodearon el auto en Cabo San Lucas planeó matar a nadie esa noche; sin embargo, entre todos produjeron una muerte. Es la misma paradoja que Hannah Arendt identificó como la banalidad del mal: la atrocidad no requiere monstruosidad excepcional, sino individuos ordinarios que actúan sin reflexión dentro de una lógica colectiva que no cuestionan. Zygmunt Bauman, décadas más tarde, encontraría el correlato de esa banalidad en lo que llamó modernidad líquida, donde la responsabilidad se diluye entre tantos actores —cada quien empujó un poco, cada quien gritó un insulto, cada quien grabó con el celular en vez de intervenir— que nadie termina por sentirse autor de la consecuencia final. Esa es, precisamente, la definición operativa de la crueldad contemporánea: ya no requiere crueles, solo una masa suficientemente numerosa y suficientemente convencida de su propia inocencia individual.

A esa dilución de la responsabilidad se suma un ingrediente que ni Arendt ni Bauman pudieron anticipar del todo: la cámara de celular. Medio siglo antes de que existieran las redes sociales, Guy Debord ya advertía que en la sociedad del espectáculo la vida se experimenta cada vez más como representación destinada a ser vista antes que como acto con consecuencias reales, y pocas escenas lo confirman con tanta crudeza como los videos del atropello en Los Cabos, de la golpiza posterior y de las aglomeraciones asfixiantes en Reforma, que circularon primero como contenido viral —con hashtags y cuentas de espectáculo deportivo compitiendo por viralizar la escena— y solo después, cuando la indignación pública lo exigió, como evidencia judicial. Esa inversión del orden —espectáculo antes que auxilio, difusión antes que intervención— no es un detalle anecdótico de la era digital: es, quizás, la condición que permite que decenas de personas rodeen y zarandeen un automóvil sin que ninguna se sienta individualmente responsable de detener a las demás, porque todas están, simultáneamente, actuando y grabando cómo actúan.

 

Hostilidad ritual y guerra simbólica

Conviene distinguir dos registros de violencia que el Mundial 2026 ha entrelazado. Uno se dirige hacia adentro —el linchamiento, la asfixia, la agresión a un periodista al que se arrebató una manta con fichas de personas desaparecidas durante los festejos de Reforma— y revela una sociedad incapaz de contener su propia efervescencia. El otro se proyecta hacia afuera —el acoso a la delegación ecuatoriana, las burlas de corte racista documentadas hacia influencers coreanos en el Estadio Akron, la recepción hostil a Inglaterra— y funciona como una declaración de guerra simbólica en la que el rival deportivo se convierte, momentáneamente, en enemigo nacional. Ambos registros comparten una misma raíz: la incapacidad de sostener la intensidad del entusiasmo dentro de un marco que reconozca límites, ya sea el límite físico de una calle cerrada, ya sea el límite ético de tratar al visitante como huésped y no como blanco.

 

Un diagnóstico, no una sentencia

Sería un error leer estos episodios como prueba de una violencia esencial o genética del mexicano, tesis tan cómoda como falsa; el hooliganismo inglés de los años setenta y ochenta, el ultraísmo argentino o los disturbios de Heysel en 1985 demuestran que la turba futbolera no conoce fronteras nacionales, solo condiciones que la hacen más o menos probable. Lo que el Mundial 2026 expone, más bien, es la fragilidad de los dispositivos mexicanos de contención cívica —protocolos de movilidad urbana, cultura de autoridad, educación emocional colectiva— frente a una efervescencia que las instituciones deportivas y políticas fomentaron sin medir su capacidad de absorción. La pregunta que este país debe hacerse no es si sus aficionados son buenos o malos, sino por qué, cada vez que la euforia colectiva alcanza su punto más alto, la respuesta institucional llega tarde, y alguien —el conductor de un automóvil, la mujer que pide que no la empujen entre la multitud, el periodista al que le arrebatan una manta— termina pagando el precio de una fiesta que nadie supo organizar con la misma pasión con que se supo convocar.

Conviene, finalmente, no ceder a la tentación contraria de exculpar a la afición disolviendo toda responsabilidad en la abstracción sociológica. Que la turba sea un fenómeno estudiado desde Le Bon no vuelve inocentes a quienes golpearon a un hombre hasta la muerte, del mismo modo que comprender la anomia durkheimiana no absuelve a quienes arrebataron una manta con fichas de personas desaparecidas a una madre buscadora, ni a quienes profirieron burlas de corte racista contra visitantes coreanos en el Estadio Akron. Explicar no es justificar. La filosofía y la sociología ofrecen aquí un mapa de las condiciones que hacen probable la violencia colectiva, no una coartada para ella; y ese mapa, leído con honestidad, señala responsabilidades concretas y verificables: la ausencia de vallas y protocolos de movilidad en calles donde se sabía de antemano que se congregarían decenas de miles de personas, la lentitud de la respuesta institucional ante los primeros minutos de un linchamiento que pudo detenerse, y una cultura mediática —la propia, la de las notas rojas virales— que celebra la espontaneidad de la fiesta popular sin exigir, al mismo tiempo, que las autoridades garanticen que esa fiesta no termine en cadáveres.

El Mundial que México soñó durante años como consagración terminó, a la mitad del torneo, funcionando como un espejo incómodo: no de lo que el país quiere mostrar al mundo, sino de lo que, bajo la superficie de la fiesta, ya estaba ahí. La pregunta que queda pendiente para lo que resta del torneo —y para los cuartos de final que México disputará si supera a Inglaterra— no es si habrá más celebraciones multitudinarias, porque las habrá, sino si el país aprenderá, entre un partido y el siguiente, a distinguir la efervescencia que une de la efervescencia que mata.

El autor es reportero y escritor. Estudió arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México. Su último libro es HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos.