Cementerios de antaño: la historia bajo nuestros pies
Lo que Ariès hizo con testamentos, epitafios y monumentos funerarios, Mendoza lo hace con una base documental que rara vez se ve reunida en la historiografía regional.
Lo que Ariès hizo con testamentos, epitafios y monumentos funerarios, Mendoza lo hace con una base documental que rara vez se ve reunida en la historiografía regional.
De ahí su obra de traductora, que es ya una forma mayor de escritura. En Si no, el invierno vertió los fragmentos de Safo con una conciencia aguda del estado en que han llegado hasta nosotros: rotos, comidos por el tiempo, suspendidos sobre el vacío.
Desde las ciencias sociales y humanidades, la pregunta por las reliquias no es «¿existe lo sagrado en estos huesos?», sino «¿qué hace una sociedad al declarar que existe?».
El mismo adulto que le pide a un adolescente una utilidad que jamás se exige a sí mismo cuando se pierde una tarde generando autorretratos ochenteros está, sin saberlo, poniendo en evidencia que el reclamo nunca fue realmente sobre la productividad.
La reacción adulta no se hizo esperar, y fue tan previsible que casi podría haberse escrito antes de que ocurriera la tendencia misma: «ojalá hicieran algo de provecho».
El propio proceso de registro reveló, además, un tono que la prensa local no dudó en calificar de hípico.
Esa herencia agraria es la que se escucha cuando la Unión Ganadera Regional exige que «se les permita comercializar su ganado» y que el sector «no quede atado por las restricciones sanitarias»
Ese desplazamiento tiene nombre en la sociología de la violencia de género y no es nuevo. La antropóloga argentina Rita Segato ha mostrado que la violencia feminicida funciona como un lenguaje dirigido a un auditorio, no sólo como un ataque a la víctima inmediata: es una «pedagogía de la crueldad»…
La función manifiesta de un espectacular que denuncia deficiencias en el IMSS es, se puede aceptar de buena fe, informar a la ciudadanía; su función latente, la que opera sin necesidad de declararse, es de posicionamiento electoral.
Ya no se trata de un exceso individual ni de una ofensa simbólica a un tercer país: es la propia afición, en su propio territorio, linchando a uno de los suyos y asfixiando a otros en el éxtasis de la celebración.
No dice nada sobre si la evidencia existe o no existe. Sólo dice cuánto gana quien la pide, y apuesta —con razón, a juzgar por su éxito habitual— a que eso bastará para que nadie note la ausencia de argumento.
Hay además otro elemento que Mancera-Valencia introduce y que incomoda por su concreción: hay documentación académica, dice, de que grupos promotores del reconocimiento apache han estado convenciendo a personas de comunidades pima para sumarse a la causa apache, aparentemente porque las gestiones rinden más frutos bajo esa identidad que bajo la propia.
La historia de los sistemas de salud demuestra que las enfermedades rara vez son exclusivamente biológicas. Virchow entendió que el tifus prosperaba allí donde el Estado había fracasado en garantizar condiciones mínimas de existencia.
Más allá de quién tenga razón —y la razón, en estos casos, rara vez es absoluta—, la polémica resulta reveladora porque obliga a formular una pregunta que casi nunca aparece en el debate público: ¿qué significa la soberanía cuando un recurso vital como el agua depende, cada día más, del conocimiento técnico?