Una de las estrellas femeninas más importantes en la historia del cine

 

Conocí a Ingrid Bergman (1915-1982) en la película Asesinato en el Oriente Express (1974), donde hace el papel de una enfermera asustadiza. La actriz sueca no me causó ninguna impresión memorable. La reencontré en Gaslight (1941), convertida en una esposa a la que su marido intenta hacer creer que está loca y ella, en efecto, está al borde de perder el juicio. Más tarde, en Anastasia (1956), donde se esfuerza en persuadir al mundo de que ella es la heredera legítima de la corona rusa. Me convencí entonces de que estaba frente a una de las grandes actrices del siglo.

Cuando la vi como Ilsa Lund, en Casablanca (1942), quedé cautivado. Era casi imposible no enamorarse de aquella joven que destilaba, al mismo tiempo, coquetería, sensualidad, elegancia y profundidad psicológica.

De acuerdo con el American Film Institute, Bergman es la cuarta estrella femenina más importante en la historia del cine, precedida por Katherine Hepburn, Bette Davis y Audrey Hepburn. Sin regatear los méritos de estas mujeres, me quedo con la sueca: con la intensidad de sus miradas, que desatan todo género de fantasías y que hoy, en 2026, se siguen antojando irresistibles. “Esta mujer haría la alegría de cualquier hombre”, dice de ella una guerrillera española en Por quién doblan las campanas (1943). Y no cuesta trabajo creerle…

Volví a encontrarla en Notorious (1946), film noire de Alfred Hitchcock, en el que es inducida por el policía al que ama para que seduzca a un nazi que se ha ido a refugiar a Brasil y obtenga información. En Spellenbound (1945), también de Hitchcock, encarna a una psicoanalista que se enamora de un impostor y no descansa hasta desenmascararlo y aliviar su trauma. Estas películas de suspenso contrastan con otras, como Sonata de otoño (1978), la densa cinta de Ingmar Bergmar, donde resentimientos y rencor son los ejes del tenso diálogo entre una madre que lo abandonó todo para centrarse en su carrera de pianista y su hija.

Lo que convirtió en gran actriz a esta mujer, que no podía imaginar la vida fuera de la actuación, que se casó tres veces y que tuvo cuatro hijos – entre ellos Isabella Rossellini –, fue la combinación perfecta de naturalidad (casi no se maquillaba) y versatilidad: en ninguna de sus películas puede reconocerse sólo a Ingrid Bergman: uno está viendo en la pantalla a la virginal Juana de Arco, a la intransigente Golda Meir o a la monja tuberculosa en Las campanas de Santa María (1945).

En este camino le resultó de enorme utilidad hablar alemán, inglés, italiano, francés y sueco – grabó en los cinco –, así como las controversias que zarandearon su vida. “El escándalo que rodeó muchos de sus papeles en pantalla”, escribió Steven Jay Anderson, “acabó penetrando en su vida personal”.

En Intermezzo (1936), su primera película, representa a una pianista que tiene una aventura con un hombre casado. Tras una forzada reflexión, ella decide abandonarlo para que él pueda volver con su familia. Tenía veintiún años y ya era un ángel y un demonio: “Santa y pecadora, todo en un mismo exquisito empaque”, sintetizó Miguel Cane en su Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs.

Se aficionó a los papeles de adúltera y, cuando rodó Stromboli (1950) y conoció a Roberto Rossellin (ambos estaban casados con otra persona) él la embarazó y provocó que, en su hipócrita custodia de la moral, Estados Unidos la designara persona non grata. Los dos se divorciaron y se casaron, pero el matrimonio resultó turbulento. Duró escasos siete años. Aun así, ella había desafiado el estereotipo de la mujer caída. Pronto volvió a Estados Unidos.

A lo largo de su carrera, recibió 3 óscares, 4 globos de oro, 2 premios Emy y otras distinciones. Aunque también trabajó en teatro y televisión, se le considera una leyenda del cine clásico.

En plena lucha contra el cáncer, organizó una comida en su casa de Londres. “No me arrepiento de nada de lo que hice, pero sí de lo que no hice”, declaró. Al terminar, se sintió indispuesta y se fue a echar una siesta de la que ya no despertó… Ese día, cumplía sesenta y siete años.