Esta semana quise escribir sobre un tirano dictador y su arruinada mujer, quienes traicionaron a mi juventud. A finales de la década de los años setenta, recuerdo con gran entusiasmo cómo la revolución nicaragüense nos convocaba a luchar contra el dictador Anastasio Somoza y su dinastía familiar, la cual venía gobernando desde hacía muchos años. Somoza era un dictador que, como muchos en Latinoamérica, usurpaba el poder al servicio de intereses transnacionales, tanto privados como públicos. Era la opresión y represión contra un pueblo que había normalizado el día a día de un país cuya “natural suerte” era aceptar la ausencia de democracia.
Sin embargo, ese recuerdo me lleva en línea directa a lo que sucede hoy en día: los jóvenes comandantes que nos hicieron creer que luchaban por la democracia hoy se han robado la revolución, la han matado y ya no queda nada del idealismo entusiasta de quienes esperábamos un destino de libertad e igualdad para Nicaragua. Mejor dicho, engañaron a todos los que confiamos en ellos. Incluso se han traicionado entre ellos mismos, hasta entre los propios hermanos Ortega.
Cuando uno ve a personajes que pasan por la historia vendiendo un discurso y haciendo todo lo contrario al alcanzar el poder, descubre que estamos en presencia de una sociedad enferma que nos presenta la misma obra de teatro, pero con distintos actores. Hoy Nicaragua está peor que con los Somoza; la dinastía ahora es de los Ortega Murillo. Han creado disparates constitucionales como la figura de la copresidencia y ya anuncian, como un gran logro nacionalista, la eliminación de las elecciones, como si eso fuera parte de las potestades de un gobernante.
La dictadura volvió por la deslealtad y la vileza de los mismos que nos hicieron creer en una lucha por establecer la democracia basada en la justicia social y el equilibrio de poderes. Nos engañaron a quienes estábamos emborrachados por la música de protesta de la época y conmovidos por las imágenes de campesinos víctimas de tortura, muerte y opresión.
Costa Rica fue sometida a la amenaza constante de ser invadida por Somoza y su bien preparado ejército si el entonces presidente Rodrigo Carazo apoyaba a la guerrilla sandinista. Una intrusión similar ya había ocurrido en 1955, cuando Rafael Ángel Calderón Guardia, tras su exilio en México, intentó tomar el poder en Costa Rica por las armas con la ayuda del ejército nicaragüense y el respaldo militar de Anastasio Somoza. Pero, como siempre que Nicaragua ha intentado invadir suelo costarricense —y parafraseando al expresidente Francisco J. Orlich—, “de la Vieja Hacienda Santa Rosa nunca han podido pasar”. Así ocurrió también con el invasor filibustero en 1856, cuando los costarricenses aún contábamos con ejército y nuestras fuerzas armadas vencieron al esclavista norteamericano William Walker. En aquel momento, fue el ejército de Costa Rica el que liberó a Nicaragua, lo que hoy parece una triste ironía.
Actualmente, la historia nos desnuda una realidad repugnante, pero con muchos elementos en común con aquellos tiempos de ocupación: discursos anacrónicos sobre la absurda teoría del “robo” del territorio de Guanacaste (tras más de doscientos años de la anexión voluntaria del Partido de Nicoya); el tiránico anuncio de la eliminación definitiva de las elecciones (como si el fraude electoral y el encarcelamiento de opositores no fueran suficientes); y la persecución a sacerdotes católicos. Además, han prohibido las celebraciones religiosas en la Semana Mayor y en las conmemoraciones patronales bajo pena de cárcel, tortura y desaparición; una situación impensable para un pueblo tan conservador, tradicional y religioso.

Hoy es el peor momento por el que atraviesa el pueblo nicaragüense. Vive en medio de la violencia política, sufriendo un golpe de Estado constitucional que modifica normas como si fuera tachar productos en la lista del supermercado. Los copresidentes acomodan a su nueva dinastía familiar en los puestos que más les convienen y eliminan, al estilo de Corea del Norte, a todo aquel que de manera paranoide consideren enemigo del régimen: un traidor y su copresidenta de aspecto preocupante, que más parece perdida en el tiempo y en el espacio.
Ambos caen en el mayor error histórico en el que se convencen los tiranos: creer que su poder será perpetuo, que tendrán apoyo popular interno permanente y que los intereses extranjeros que los respaldan nunca los van a abandonar. Sin embargo, la dictadura nicaragüense no se sostendrá por mucho tiempo. Con la muerte de los actuales copresidentes vendrán las luchas de sus herederos políticos, quienes terminarán destruyéndose entre sí.
Estamos en el atardecer político del comandante que vendió la revolución para convertirse en todo lo que criticó y por lo que muchos dieron la vida. Sin el apoyo decidido de Cuba, Venezuela o Rusia, y con el fracasado proyecto chino del canal interoceánico, Nicaragua cae en una noche oscura: con la religión escondida pero no extinguida; con un pueblo que disimula el hambre pero la sufre; con un nacionalismo forzado y un sandinismo fallido. Todo ello aderezado con discursos contra Anastasio Somoza como si todavía estuviéramos en los años setenta, y con el alarido antiimperialista que aclaman las masas obligadas a rendir pleitesía al dictador, como si lo de Vietnam hubiera ocurrido ayer.
La envejecida dictadura de esta pareja sufre un serio deterioro cognitivo, prácticamente demencial. Se les ve con trajes coloridos y zapatillas deportivas en actos masivos, o con gorras militares, como si el tiempo no hubiera pasado. Se les acabó el discurso; traicionaron la misión que les encargó un pueblo dentro y fuera de su país. Se les olvidó el tiempo, la lectura de su realidad se les borró y quedaron ante un papel en blanco sin renglones, en el que solamente pueden escribir lo que recuerdan de décadas anteriores.
La riqueza que prometieron devolver a su pueblo está hoy en manos de una sola familia, pero no la familia Somoza, sino la familia Ortega Murillo. La democracia se escondió a esperar la muerte de estos monarcas centroamericanos. Hoy solo queda aguardar el inevitable desenlace de los dictadores y ver cómo su inmensa riqueza termina dividiendo a una parentela que, sin duda, tirará a matar por reclamar la gran herencia robada por sus desgastados abuelos. El anuncio de que no volverán a tener elecciones en Nicaragua es, en realidad, el inicio del fin de tantos años de opresión.
San José, Costa Rica
