Dos o más Estados se consideran aliados cuando, de común acuerdo, suman voluntad política para afrontar retos y oportunidades compartidas. Esta fórmula genérica es la base del sistema multilateral convenido en la Conferencia de San Francisco de 1945, de la cual nació la Organización de Naciones Unidas (ONU) para estimular la solidaridad entre los pueblos y evitar nuevos conflictos. De entonces a la fecha, y no sin dificultad, la comunidad mundial ha mantenido esa alianza, que se sustenta en un sistema internacional sujeto a reglas. No obstante, el paso del tiempo y el natural reacomodo de los países en el tablero de la economía y la política globales, han ido desgastando las pautas de aquella coalición fundacional y, también, las de todos aquellos pactos que se conformaron alrededor de las variadas manifestaciones de la antigua Guerra Fría. La reflexión aplica por igual a mecanismos que procuran la seguridad (eg. OTAN), así como a otros cuya vocación es más amplia y cubren temas de cooperación, en sentido amplio (eg. OEA, UA, LEA ANSEA). En efecto, la modificación del reparto del poder, el surgimiento de nuevas amenazas a la paz, y la reconfiguración de hegemonías y zonas de influencia, han alterado de raíz los equilibrios y consensos que existían al finalizar la Segunda Guerra Mundial. En esa línea, se ha erosionado la alianza germinal del sistema liberal y, en paralelo, se han diluido los mandatos de los organismos internacionales debido a las insuficiencias estructurales de su andamiaje institucional, a vicios burocráticos crecientes y, de manera destacada, al inmovilismo que propicia el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la misma ONU. Ante este panorama, algunas naciones abrigan dudas sobre los alcances de la soberanía que cedieron al suscribir, en condiciones distintas a las actuales, compromisos bilaterales y multilaterales. Es por ello que, con inusitada frecuencia, tienden a pasarlos por alto o a asignarles un menor valor político-diplomático. Quienes así proceden buscan el acomodo que resulte más propicio a su interés nacional, para sobrellevar, con pocos sobresaltos, la compleja transición entre el viejo arreglo de la segunda posguerra y el que necesariamente habrá de sustituirlo.
La idea convencional de alianza que ha regido en las últimas ocho décadas, está cediendo a otra que se arma alrededor de metas específicas (no siempre claras) y para el corto plazo. Como resultado, la buena gobernanza mundial sufre y se enrarece la comunicación entre los Estados. En esta inédita versión de las alianzas, convergen actores disímbolos que no siempre comparten valores ni lealtades pero que, por presiones o conveniencia, se unen para compensar eventos disruptivos y focalizados, como ocurre con ciertos conflictos regionales. Tal conducta, por lo común coyuntural, realinea fortalezas y capacidades de agentes influyentes frente a circunstancias que trastocan intereses económicos sustantivos y equilibrios de poder en diversas latitudes. Ciertamente, hay indicios de que las responsabilidades de los Estados que derivan de los instrumentos (alianzas) que han suscrito, están siendo desplazadas por otras edificadas para contextos bien delimitados, que muchas veces violentan el espíritu y letra de la Carta de la ONU y del Derecho Internacional. Debido a ello y aunque parezca obvio, para bien del multilateralismo la sociedad de naciones, más que ser guiada por algunos, debe ser la que conduzca la convivencia armónica y edificante de todos los pueblos. Non ducor, duco.
El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
