Fue la primera artista que empoderó a la mujer en la pintura.
Entre los siglos XIV y XVI, fueron poquísimas las mujeres que se animaron a pintar o a esculpir. Sofonisba Anguissola, Lavinia Fontana, Plautilla Nelli… Sus temas siempre fueron políticamente correctos: bodegones, retratos, escenas de familia y estampas religiosas. No más.
Tuvo que llegar el siglo XVII, superarse el Renacimiento y aparecer Artemisia Gentileschi (1593-1656) para que en la pintura europea comenzaran a pulular mujeres fuertes, audaces, que comunicaran vigor tanto físico como psicológico. La cautela anterior era entendible: “Cuando nació Artemisia”, recuerda Mary D. Garrard, su biógrafa más entusiasta, “las mujeres eran legalmente propiedad de sus padres o maridos. No eran dueñas de sus cuerpos, mucho menos de bienes, y buena parte de ellas eran peones económicos dispuestos en matrimonios concertados”.
Artemisia abrió brecha. Desde que fue testigo de la ejecución de una noble italiana que había asesinado su padre por haberla violado y abusado de ella en repetidas ocasiones, comenzó a preguntarse cómo debían reaccionar las mujeres ante un depredador sexual. Su primer cuadro, Susana y los viejos (1610), anticipaba esta inquietud. Fue una premonición.
A los 6 años murió su madre y ella entró como alumna al taller de su padre, un reconocido pintor. Antes de cumplir dieciocho, uno de los ayudantes la violó. “Para resarcir el daño”, el sujeto ofreció casarse con la joven, pero resultó que ya estaba casado. Resuelto a “restaurar su reputación”, el padre de Artemisia se apresuró a casarla con un modesto artista de Florencia, con quien ella se mudó a esa ciudad y tuvo cuatro hijos y una hija. Pero Artemisia nunca estuvo satisfecha con aquel marido, a quien despreciaba.
Ella era, sobre todas las cosas, pintora. Derrochaba talento y, a juzgar por sus cuadros, también rabia. Se dice que fue esta rabia la que movió su pincel a lo largo de su vida. En todo caso, comenzó a vincularse con dramaturgos, poetas, científicos – Galileo entre ellos – y con quienes pudieran financiar y promover su trabajo. Fue la primera mujer admitida en la Accademia del Disegne y consiguió el patronazgo de la poderosa familia Médici.

Influida por el naturalismo descarnado de Caravaggio, echó mano de luces y sombras – el tenebrismo –, que deformaban la expresión de heroínas y villanos, haciéndolos parecer más dignos o más crueles; más bondadosos o aterradores. Así ocurre en Judit decapitando a Holofernes (1620), donde la campeona bíblica degüella al general que amenazaba devastar a su pueblo. En el cuadro, no se limita a darle un tajo con la espada sino que, con la otra mano, inmoviliza a su víctima para que no tenga forma de escapar, mientras ella se hace a un lado para eludir el chorro de sangre. Donde Caravaggio mostró repulsión (1599), ella desplegó saña.
En el citado Susana y los viejos, la virtuosa joven revela una mezcla de miedo y asco. Esta imagen contrasta con otras Susanas de la pintura: con las indiferentes, de Allori o de Guercino; con la sorprendida, de Rubens, o con las sensuales de Tiépolo, Cesari y Tintoretto. Urgía una perspectiva de género – ¿cómo se sentía y cómo reaccionaba una mujer ante el acoso? – y Artemisia la aportó. Lo mismo hizo en Sansón y Dalila (1635), donde mostró el rostro amable de la filistea que delató al legendario juez de Israel.
En sus autorretratos, se pintó como mártir, como Santa Catalina de Alejandría, como laudista, como alegoría de la pintura… “Sí, soy yo”, parece decir: “¿Y qué?”. Las mujeres son, invariablemente, protagonistas de sus cuadros. Esto acabó convirtiéndola en símbolo del empoderamiento de la mujer y, más aún, en precursora del feminismo, como lo ha destacado Mary D. Garrard.
No había cumplido los treinta años, cuando ya se había separado de su marido, se ganaba la vida por ella misma, tenía el control sobre su dote y estaba asociada con un noble que, a juzgar por sus cartas, era su promotor empresarial y amante. Esto último no gustó a los Médici, por lo que ella se fue a Roma, donde contó con el respaldo del Papa Urbano VIII. Más tarde, viajó a Nápoles, a Venecia y hasta a Londres.
En cada ciudad aceptó encargos, decoró edificios y desafió a los puritanos. Vendrían óleos como María Magdalena, Judith y su sirvienta, Esther y Asuero, Tarquinio y Lucrecia y Corisca y el sátiro que, hoy día, se exhiben en museos y galerías de todo el mundo. Nadie, como ella, encarna a la mujer en el arte barroco y pocas, como ella, ayudaron a redefinir el papel de la mujer en la pintura y la sociedad.
